Conmemoración

Yiyo, 40 años de luto

El mes de agosto de 1985 no pudo acabar peor. No hacía un año desde que un toro había segado la vida de Paquirri en Pozoblanco cuandoYiyo caía ante “Burlero” en Colmenar Viejo

El torero José Cubero "El Yiyo"
El torero José Cubero "El Yiyo"Agencia EFE

Curro Romero mandó parte facultativo y se cayó del cartel de aquella corrida del 30 de agosto en la plaza madrileña de Colmenar Viejo. Tomás Redondo, su apoderado, cogió la sustitución para lidiar toros de Marcos Núñez junto a Antoñete y José Luis Palomar.

Entró a ley a matar al sexto, «Burlero», y pese a que el estoque quedó enterrado en todo lo alto, el toro tuvo aún un último impulso para, estirando el cuello, prenderle por debajo del brazo izquierdo y levantarlo de la arena, penetrando el cuerno en la cavidad torácica y alcanzando el corazón. La cuadrilla acudió presta al quite, pero Yiyo, ya tendido, expiraba. «Pali, ese toro me ha matado», tuvo aún fuerzas para dirigirse a su peón de confianza. Llevado urgentemente a la enfermería, hasta donde le acercaron las dos orejas de «Burlero», el joven torero no respondió a los estímulos que le provocaron, haciendo inútiles los esfuerzos del equipo médico. «Rotura cardiaca por asta de toro que provoca una parada cardiorrespiratoria irreversible», rezaba el parte. Yiyo había muerto.

La confusión y sobrecogimiento que la cogida había provocado entre los profesionales que tomaron parte en aquella corrida se trasladó a los alrededores de la enfermería, donde se disparaban rumores y noticias contradictorias sobre el estado del torero, hasta que la emisión del parte médico oficial despejó, de manera definitiva y nefasta, todas las dudas. Yiyo había fallecido.

Más de 2.000 personas, que comentaban las noticias que llegaban confirmando toda la tragedia, se agolpaban en las inmediaciones. La llegada del juez para el levantamiento del cadáver fue el dato infalible que convenció a los más incrédulos de la fatal realidad.

Mientras, su madre, a la que llegaron noticias confusas, tomó un taxi con el ánimo de saber dónde estaba siendo atendido y dando la dirección de algunos hospitales. Pero el taxista que la llevaba, al ser preguntado por ella si la radio había comunicado algo sobre la corrida de Colmenar Viejo, desconociendo la identidad de su pasajera, le soltó a bocajarro: «Ese chico, «Yiyo», ha muerto, lo ha matado un toro...».

Su cadáver fue conducido al domicilio familiar de Canillejas, en la calle de Canal del Bósforo, número 30, de camino a Barajas, donde fue amortajado con un traje burdeos y azabache, que había estrenado en la anterior Feria de San Isidro, siendo trasladado a la parroquia de Nuestra Señora del Camino, donde quedó instalada la capilla ardiente y por la que desfiló una multitud de amigos y admiradores.

El sepelio, celebrado la tarde siguiente, constituyó una impresionante y multitudinaria manifestación de duelo que culminó en la vuelta al ruedo de la plaza de Las Ventas.

Hijo de emigrantes españoles, nació en Burdeos, el 16 de abril de 1964, pero desde su regreso a España residió en el barrio madrileño de Canillejas. La tradición familiar (su padre fue banderillero y sus hermanos Miguel y Juan también fueron toreros), su afición y vocación influyeron pronto y con tan solo 11 años de edad lidió y mató a un becerro en la localidad valenciana de Tabernes.

Alumno de la primera promoción de la Escuela Nacional de Tauromaquia de Madrid, junto a sus condiscípulos Julián Maestro y Lucio Sandín formó una cuadrilla a la que llamaron Los Príncipes del Toreo, actuando en buen número de festejos económicos durante la temporada de 1979, entre ellos el del 28 de septiembre en Algemesí, en el que paseó un total de tres orejas y un rabo de novillos de la ganadería de La Laguna en una función en la que alternó con su amigo Maestro.

El 2 de marzo de 1980 debutó con picadores en San Sebastián de los Reyes, lidiando novillos de María Lourdes Martín junto a Carlos Aragón Cancela y Antonio Amores, arrancando una temporada en la que intervino en 56 novilladas, entre ellas la de su presentación en Las Ventas, en la que sin tocar pelo dejó una muy grata impresión. También sumó bastantes festejos en la categoría novilleril en 1981, 24, hasta que el 30 de junio de aquel año, en Burgos, Ángel Teruel, en presencia de José María Manzanares, le dio la alternativa al cederle la muerte del toro «Comadrejo», entrepelado, marcado con el número 3 y el hierro de Joaquín Buendía.

Confirmó en Las Ventas el 27 de mayo de 1982, en pleno serial isidril, con reses de Félix Cameno y apadrinado por Manzanares con Emilio Muñoz de testigo, cumpliendo aquella temporada un total de 36 contratos.

Su primer gran triunfo en la Monumental madrileña llegó el 22 de mayo de 1983, al cortar una oreja a un toro de Antonio Ordóñez aprovechando la sustitución de Roberto Domínguez, que poco antes había tenido un accidente de moto. Y, por fin, la Puerta Grande del coso venteño se abrió para él unos días más tarde, el 1 de junio, tras cortar dos orejas de toros de Alonso Moreno de la Cova y Bernardino Giménez. También por la misma salió una semana más tarde, pese a no haber obtenido sino una única oreja en la Corrida de Beneficencia, en la que actuó mano a mano con Luis Francisco Esplá ante ganado de Dairo Chica y Antonio Ordóñez. Ya estaba lanzado. 59 corridas toreó aquella campaña de 1983, a cuya finalización viajó a plaza americanas para actuar en ferias de Perú y Colombia.

Aumentó el número de actuaciones en 1984, con triunfos sonados en Albacete, en la corrida de Asprona, Pamplona, Santander, Dax o Zaragoza. Junto a Vicente Ruiz «El Soro» acompañó a Francisco Rivera en aquella tarde fatídica de septiembre de 1984, en la que de manera totalmente inesperada «Avispado», un toro de Sayalero y Bandrés, le mató. Y Yiyo dio muerte a aquel animal.

El 30 de agosto de 1985 estaba en blanco en su agenda, pero el destino quiso que Curro Romero se cayese del cartel y él completase el cartel junto a Antoñete y José Luis Palomar. «La muerte la llevamos en la cara todos los toreros. Pienso que un cuerno me va a arrancar el corazón. ¿Qué más da? Mejor morir de una cornada que en la M-30», había declarado unos meses antes a los micrófonos de RNE.

La fama negra de aquel cartel de Pozoblanco tomaba forma y se le comenzó a tener como maldito, máxime cuando años más tarde El Soro, único supervivente del mismo, tuvo que dejar la profesión debido a una lesión en su rodilla izquierda.

A modo de homenaje, tiene una escultura frente a la plaza de toros de Colmenar Viejo y un grupo monumental frente a Las Ventas, obra de Luis Sanguino.