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«Turandot»: Frialdad, simbolismo y luces

Lo mejor de la noche: la orquesta y el coro bajo el experto mando de Nicola Luisotti, con fuerza y también matiz

  • Irene Theorin como la princesa Turandot de la ópera de Puccini / Foto: Javier del Real
    Irene Theorin como la princesa Turandot de la ópera de Puccini / Foto: Javier del Real

Tiempo de lectura 4 min.

01 de diciembre de 2018. 01:57h

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Gonzalo Alonso 1/12/2018

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«Turandot» de Puccini. Irene Theorin, Gregory Kunde, Yolanda Auyanet, Raúl Giménez, Andrea Mastroni, Joan Martín-Royo, Vicenç Esteve, Juan Antonio Sanabria, Gerardo Bullón. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Dirección de escena, escenografía e iluminación: Robert Wilson. Dirección musical: Nicola Luisotti. Teatro Real. Madrid, 30 de noviembre de 2018.

En «Turandot» expresa Puccini todo el significado del amor en muchas de sus variadas expresiones y por ello estamos ante una ópera completa de principio a fin, aunque quedase incompleta. En la obra hallamos el amor encendido de una pareja –Calaf y Turandot–, el amor entre padre e hijo –Timur y Calaf o, en cierto sentido Altoum y Turando– , el amor resignado –Liú por Calaf–, etc. También encontramos sentimientos muy diversos y enfrentados como la frialdad de Turandot frente a la entrega y el candor de Liú o la ambición desmesurada de Calaf. Y Puccini tenía mucho que reflejar de lo personal en el papel de Liú, posiblemente recordando una sirvienta que se suicidó al ser acusada de mantener relaciones amorosas con él por su propia esposa. Falsamente ya que murió virgen. Además creó una música de una potencia arrebatadora muy especial en la orquestación, ya muy desarrollada en «La fanciulla del West», que contrastó con pasajes tan pintorescos como el trío de Ping, Pang y Pong «Ho una casa nell’Honan». Así mismo con más de media docena de temas originales chinos. El cómo habría él deseado concluir la partitura queda en el misterio. Alfano se limitó a continuar su estilo con los materiales que encontró. Otros, como Luciano Berio, han construido otros finales, que no han acabado de funcionar. Todo ello han de saber exponerlo cantantes, director de escena y director musical.

Bob Wilson vuelve a ser el mismo de siempre: frialdad, cantantes casi sin movimiento excluidos cabeza y manos, un pasito a atrás y otro adelante, un saltito, figurines, juego de colores y mucha luminotecnia. Todo muy inteligente y de nivel de teatro de primera división. El extremo opuesto a Zeffirelli. A unos les encantará el simbolismo y otros habrán echado de menos la parte sentimental de Puccini.

El primer reparto casi es sustituido por el segundo, al desaparecer Stemme y Alberola. Turandot ha de ser hierática y cruel, pero también algo más que casi nunca se llega a expresar, con una voz potente que sobrepase la orquesta y con un registro agudo muy sólido. Liú, la bondad, requiere la voz de una lírica capaz de dulzura en «Signore escolta» y de mucho mayor dramatismo en el «Tu che di gel sei cinta». Irene Theorin defendió bien la inclemente tesitura y Yolanda Auyanet también logró una digna Liú. Ambas sin más.

Calaf ha de ser un tenor con empuje, un lírico pleno o spinto, capaz de la comprensión del «Non piangere Liú», de convencer en el popularísimo «Nessun dorma» y de codearse en volumen en los «does» de su dúo con Turandot. Gregory Kunde no puede esconder su veteranía, sólido el registro agudo de su etapa belcantista, menos el registro grave y vacilante a veces. Un Calaf de los mejores de hoy pero lejos de aquellos que uno puede tener en el recuerdo en vivo como Domingo o Pavarotti en sus buenos años y, sobre todo, Corelli aún en los setenta en Verona. Muy sólido el resto del reparto.

Lo mejor de la noche: orquesta y coro bajo el experto mando de Nicola Luisotti, con fuerza y también matiz, aunque quienes estuviésemos en el Palau de les Arts en 2014 no podamos olvidar la lectura de Zubin Mehta. Tampoco la clásica, vistosísima y muy oriental producción de Chen Kaige, que habría colmado las apetencias de muchos espectadores del Real. Hubo lleno y mucho ambiente social.

El problema de esta coproducción entre Madrid, Toronto, Lituania y Houston es su frialdad. Puccini es sentimiento, sentimentalismo si se quiere, y el único que se emocionó fue Bob Wilson, al borde del llanto, al recordar a Montserrat Caballé, desde el escenario junto a Joan Matabosch, para dedicarle la representación.

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