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Una voz entre el susurro y el «parlato»

José Luis Pérez de Arteaga

Tiempo de lectura 2 min.

09 de abril de 2013. 16:31h

Comentada
9/4/2013

No tenía una gran voz, pero sabía utilizarla. Para algunos de sus exégetas –o detractores-, voz no tenía ninguna. Pero conocía los recursos de la expresión, y de la carencia hacía virtud. Fue una absoluta reina del cuplé, y en no poca medida de la copla, y ello careciendo de una formación canora estricta y fiándose sólo de su habilidad para generar recursos vocales basados en la palabra misma. Paradójicamente, la música definió su carrera desde edad casi adolescente. Un hombre del cine y el teatro, Vicente Casanova, le escuchó cantar una saeta durante una procesión de Semana Santa en Orihuela, y se planteó que la voz grave de la muchacha tenía posibilidades. Las únicas lecciones de canto que tuvo en su vida las recibió por entonces.

Cuando, convertida ya en una actriz de fama – «Veracruz», de Robert Aldrich, y «Yuma», de Samuel Fuller, signaron su carrera americana en los años 50–, volvió a España, no pudo negarle un favor al hombre que la había dado su primera oportunidad, Juan de Orduña (en 1948 con «Locura de amor»): intervenir en una película de bajo presupuesto y cobrando honorarios por debajo de los habituales. El filme era «El último cuplé», y todavía Orduña le pidió algo más: que ella misma cantara las canciones de la película. Lo surgido por la necesidad resultó ser un acierto absoluto: la voz grave de la Montiel, su estilo a mitad de camino entre el susurro y el «parlato», la dicción meticulosa de las palabras y hasta de las sílabas –la fragmentación silábica de los vocablos era uno de sus procedimientos más al uso–, la expresividad sinuosa y sensual del decir/canto, se convirtieron en el marchamo de su estilo.

Desde el «Fumando espero», que se convirtió casi en su emblema artístico, hasta «La violetera», el estilo de Sarita –primero–, luego Sara Montiel, se convirtió en una novedad que nada tenía que ver con la ,mayor o menor, ajustada técnica de Raquel Meller o Pastora Imperio, antes, o Lilián de Celis, después. Era plenamente consciente de sus capacidades, y de hasta dónde podía llegar. Algún director de orquesta le sugirió interpretar las partes vocales de «El amor brujo» de Manuel de Falla, paraje por el que han transitado no pocas 'cantaoras' de flamenco –y en algunos caso con menor formación musical que tenía la Montiel–, pero la artista manchega terminó por declinar la oferta: era meterse en un zarzal para el que la preparación, y los medios, debían ser, si no superiores, sí diferentes. Y ella siempre supo muy bien el terreno que pisaba.

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