Literatura

Unas memorias «buenrollistas»

Pese a su juventud, Daniel Gascón publica una autobiografía en homenaje a su familia

Daniel Gascón
Daniel Gascón

Para qué esperar a los 80. Eso fue lo que pensó Daniel Gascón antes de escribir, recién entrado en la treintena, «Entresuelo» (Mondadori), una autobiografía indirecta en la que ha querido hacer unas memorias familiares y en la que se va retratando ante el lector «sin darse cuenta». A través del piso al que se mudaron sus abuelos a finales de los 50, este escritor maño va plasmando los años de toda una generación. Los tiempos de «apertura mental» en los que España cambió el campo por la ciudad (en este caso, Enjulve por Zaragoza), a la vez que se iba «adquiriendo cierto grado de cosmopolitismo y se fueron asimilando los valores democráticos», cuenta el autor.

«Con material suficiente para escribir una novela larga», Gascón ha querido condensar en poco más de un centenar de páginas la historia de su familia «con un montaje rápido y desordenado, como funciona la memoria», explica. «Antes de empezar tenía dos ideas claras, dos restricciones: el piso era el centro y no podía tirar de literatura personal, sin invenciones», aclara el escritor, que compara el proceso de creación con «un deshielo en el que los riachuelos van llegando al río principal». Así, Daniel Gascón se valió de una entrevista a su abuela, preguntas encubiertas durante las cenas familiares, fotos, archivos de la casa, textos tanto de su padre (Antón Castro) como de su hermana (Aloma Rodríguez) y, sobre todo, de mucha memoria y muchos recuerdos; pues como él cuenta, «llevo toda la vida documentándome para hacer esta novela».

Apasionado de las películas italianas, ha plasmado esas comidas cinematográficas, y a la vez tan mediterráneas, en las que todo el mundo habla al mismo tiempo; las sobremesas repletas de historias que se cruzan y conversaciones que se van pisando. Un particular homenaje a la familia en el que el lector se traslada a la suya propia y donde se evocan esas leyendas de estar por casa que existen en todos los hogares; en parte, gracias a la facilidad con la que el escritor hace al lector empatizar desde el principio con este entresuelo del ensanche zaragozano. A ello contribuye el lenguaje sencillo –haciendo buena la frase de Camus que recoge la contraportada del libro: «La mejor manera de hablar de lo que se ama es hablar a la ligera»–, que emplea para mezclar diferentes tipos de humor. «El que me gusta a mí, que sería el irónico, pero también el que llega de tradición oral y del hogar», detalla Gascón. Una «ensalada de humor» en la que se hace un guiño a Azcona a través de su abuelo con esa obsesión por la comida y cierta escatología.

Precisamente son sus abuelos, Isabel y Leoncio, los dos protagonistas encubiertos de la obra. Al margen de que sea el autor quien narra en primera persona las aventuras que suceden en Goya 88, son su dos ascendientes los que llevan gran parte del peso de la trama, a raíz de ese cambio de residencia. Él, un superviviente de la polio, lo que le provocó una cojera crónica que le dio una personalidad propia; y ella, una mujer que refleja a la perfección la apertura de ideas que va sufriendo España con el paso de los años y, en su caso concreto, gracias a la nueva vida en la ciudad.

Todo ello contribuye a un libro «buenrollista» en el que Daniel Gascón ha querido buscar un «tono general positivo» donde primase «la alegría y la felicidad matizada». Una lectura fácil, entretenida y rápida en la que, aparte de conocer los entresijos de esta saga de escritores, es el propio lector el que termina rememorando antiguas batallitas familiares.