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Velázquez crece: la tercera mulata también es suya

A los cuadros que presentan a una sirvienta en la cocina que cuelgan en Chicago y Dublín se une una nueva que se guarda en Houston. Se trata de un claro ejemplo de las versiones o calcos del maestro sevillano.

  • Alargado y con menos detalles «La mulata» que Zaira Véliz Bomford atribuye ahora a Velázquez podría contemplarse como un detalle del que se conserva en el Instituto de Arte de Chicago, más apaisado que éste
    Alargado y con menos detalles «La mulata» que Zaira Véliz Bomford atribuye ahora a Velázquez podría contemplarse como un detalle del que se conserva en el Instituto de Arte de Chicago, más apaisado que éste
Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

09 de noviembre de 2018. 01:06h

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Gema Pajares.  Madrid. 9/11/2018

Que los artistas, hagan distintas versiones de una misma obra no ha sido infrecuente a lo largo de la historia del arte. Si, además, hablamos de Velázquez, el tema crece en enjundia. Según revela la publicación online «The Artnewspaper» la obra conocida como «La mulata» (h. 1620) cambiaría su condición y pasaría de ser tenida por «hecha por el círculo de Velázquez» a ser directamente atribuida al padre de «Las Meninas». Así lo revela la experta Zahira Véliz Bomford, del Museo de Bellas Artes de Houston, donde cuelga la obra. Lo que en principio definió como una corazonada, tras concienzudos estudios y un detallado proceso de restauración desveló que debajo de varias capas de barniz, resina y pintura se hallaba un verdadero tesoro y se escondía el trazo del pintor sevillano y no de su círculo. «La obra posee belleza y calidad», asegura la experta, quien señala que podría haber sido un encargo para un estancia concreta. Lo primero que llamó la atención de Bomford fue el rostro de la criada, de un indudable parecido con una obra sí tenida por velazqueña, «Escena de cocina», de entre 1618 y 1622, que es propiedad del Art Institute de Chicago, y que podríamos definir como una ampliación de la de Houston, con la que guarda una serie de similitudes que llevaron a la experta a colegir que tenían el mismo autor.

El rostro y el turbante

Curiosamente cuando la pintura formó parte en junio de la muestra «España: 500 años de pintura» estaba catalogada como de su círculo. A mediados de este mes la cartela dirá otra cosa. En ese momento, la directora del centro de arte pensó que se trataba de la mano del maestro. No solamente ella lo vio, sino que los comisarios y eruditos que se desplazaron para ver la exhibición compartieron el mismo criterio. Por tanto estaríamos ante la tercera mulata del sevillano, tras la citada de Chicago y la que guarda la National Gallery de Dublín, que a diferencia de la anterior enmarca en una ventana en el margen izquierdo de la obra a los discípulos de Emaús sentados a la mesa.

Existen, pues, y son evidentes una serie de similitudes entre los tres trabajos. El rostro es prácticamente idéntico en ellos (el de Houston podría ser tenido como un fragmento del más ampliado de Chicago). El turbante que luce la mujer guarda increíbles analogías, aunque quizá se observe más detalle en el de Houston. La disposición de una tela arrugada en primer plano coincide, así como los utensilios de cocina. Curiosamente unos platos que se pueden ver en «Dos jóvenes comiendo en una mesa humilde», de la misma época, 1622, en la Apsley House en Londres, son prácticamente iguales a lo que muestran las versiones de Chicago y Houston y que apunta en el margen derecho la recién atribuida.

En un estudio publicado en el número de octubre de la revista especializada «Colna- ghi Studies Journal» y con el título de «Velázquez composes: prototypes, replicas and transformations» Bomford ya atribuye la obra a Velázquez y establece las comparaciones entre los lienzos de los museos ya citados y el de Dublín, y utiliza el trío de sirvientas mulatas, las tres con la mirada perdida y el cuerpo inclinado hacia adelante, como uno de los escasos ejemplos para apoyar la idea de que Diego Velázquez pudo haber utilizado ayuda para crear algunas de sus obras. Es lo que se denomina versiones o calcos y cuyas similitudes se aprecian perfectamente cuando se superponen los trabajos. ¿Se podría haber hecho la segunda versión con una plantilla? ¿Era el hermano de Velázquez, que trabajaba con él en el taller en Sevilla y que le acompañó posteriormente a Madrid, quien se encargó de versionar una misma obra? Puede ser. No es extraño pensar en varias copias de una misma pintura teniendo en cuenta que se trata de la época de juventud velazqueña y el pintor, que no había alcanzado aún la plena madurez, necesitaba dinero.

Los expertos señalan que de las varias versiones de un mismo motivo en este caso la sirvienta en la cocina, siempre hay una que es superior. En este caso apuntan directamente a la de Dublín para destacar su valía por encima de las otras. Gracias al sistema del copiado por puntos, para el que utilizaba una silueta y grafito para marcar en la tela blanca, se conseguía la aproximación del motivo de un lienzo a otro.

Una donación de 1955

Bomford ha utilizado la técnica de la superposición, entre otros métodos en el artículo que citamos, lo que le permite deducir que ambas no son idénticas, pero sí bastante parecidas y que la de Houston es de Velázquez. «La sirvienta» llegó al museo de Houston en 1955 mediante la donación realizada por Carroll Sterling Masterson y Harris Masterson III, quienes también ofrecieron otras importantes obras de arte, así como una imponente colección de porcelana. La casa que compartió el matrimonio, que se llamaba Rienzi en honor al abuelo de Harris Masterson fue legada al Museo del Bellas Artes de Houston y que se dedicó a albergar una importante colección de artes decorativas.

Otro de los casos más conocidos de calcos lo tenemos en «Sor Jerónima de la Fuente», con una versión que posee el Museo del Prado de hacia 1620, a la que se une la de Fernández de Araoz y una tercera de la colección Apelles de Londres, de medio cuerpo y cuya autoría también ha defendido Bomford, a pesar de que cuenta con la oposición de Jonatahn Brown, uno de los máximos expertos en la obra de Diego Velázquez, que no la considera como salida de la mano del pintor. Las dos primeras procedentes del convento de Santa Isabel la Real de Toledo, de donde salieron en 1931, procedentes del convento de Santa Isabel la Real de Toledo y que representa a la fundadora y primera abadesa del convento de Santa Clara de la Concepción de Manila en las Islas Filipinas.

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