Víctor Ochoa: «Todos los artistas conducen al arte»

El martes culmina su exposición «Original» en el Palacio de Boadilla.

El martes culmina su exposición «Original» en el Palacio de Boadilla.

Víctor Ochoa es un hombre seductor. Lo es por su buen porte, sus ojos verdes y su sonrisa, pero más aún por esas manos poderosas con las que gesticula de una manera muy personal, como si dibujara en el aire, al hablar de su obra. Son las mismas manos que han vivido durante décadas inmersas en la arcilla de la que nacían esas enormes esculturas que luego cubría de bronce y que tantas veces retrataban a personajes públicos que ahora, de vez en cuando, se entregan a la plastilina. Expresar su arte es una necesidad vital de la que habla con una pasión difícil de igualar. La misma que parece sentir también por la propia vida y que se refleja en la exposición «Original», que se puede visitar en el Palacio de Boadilla de Madrid hasta este martes.

–¿Se acabó el tiempo de las grandes escultura públicas?

–No, qué va. Ojalá pueda seguir haciendo esculturas gigantescas, pero sí creo que se está diluyendo ese interés por que dichos monumentos retraten a personajes públicos.

–Donde parecía imposible que cupieran esas enormes esculturas es en la escena y, sin embargo, usted coló una suya en una ópera...

–Te refieres a la escenografía de la ópera «Elektra» que hice para Montreal y que representaba el cuerpo encogido de un Agamenón traicionado que, de haberse alzado con sus más de veinte metros, hubiese roto el tejado del edificio... Es curioso cómo la escultura de un ser humano llena el espacio. Vemos lo que es y no lo que ocupa. Eso no pasa con las abstracciones o lo inorgánico. En la ópera aprendí que nuestro mundo es también una escena que se hace sublime cuando en ella participan otros actores: la música, la voz, las tinieblas, el silencio.., que en ella puedo cambiar mi escultura del bronce a la piedra, hacerla pesada como el plomo o bien hacerla desaparecer delante de nuestras narices. Si a esto sumamos el que fuera realizada y montada con casi tres mil piezas impresas en 3D y que se pudiera girar con un dedo, ya había suficientes alicientes para marcar un antes y un después en mis esculturas.

–Han cambiado muchas cosas en su obra en los últimos tiempos. Ahí está el color, que no siempre se entiende.

–Parece que lo que atrae en pintura asusta en escultura y que tenga tantos matices, en vez de la contundencia material que nos permita recorrerla con nuestros dedos, implica desvirtuar las realidades. El color hace su propio volumen y ese impacto transmite un carácter e intencionalidad que no estaba en el guion de quien posa. He realizado un busto monumental de mi gran amigo Miguel de la Quadra para la Complutense y era curioso ver la cara de los asistentes, que esperaban ver algo semejante en bronce a las que tengo en el mismo campus de Severo Ochoa, Camilo José Cela o Cisneros. De lejos, seguro que piensan que es un tótem o que la ha pintado un grafitero, pero conociendo a ese gran aventurero, seguro que le hubiera encantado ese último desafío.

–Usted es un escultor de mancharse las manos con la arcilla y llenarse los pulmones de bronce. Sin embargo, ahora se lleva, y de eso presume por ejemplo Damien Hirst, lo de no tocar la obra, solo decidirla y que la hagan en el taller. ¿Qué le parece?

–Cada uno es como es y puede que algún día su obra y la mía se encuentren. Todos los caminos conducen a Roma, dicen, y porqué no, todos los artistas conducen al arte.

–Lo cierto es que en estos momentos usted mismo utiliza otros materiales y otras técnicas distintas de las habituales de su obra. ¿Cuáles son?

–Básicamente la plastilina, la realidad virtual y la impresión en 3D. Me agotaban los procedimientos tradicionales, que conllevaban el esfuerzo de legiones de obreros durante meses, un proceso caro y costoso que muchas veces se desvirtuaba cada vez que dábamos un paso hacia su finalización. Y lo peor es que nosotros mismos convencíamos a los demás de que esa era la tarea, la esclavitud, del escultor. Hay una fotografía mía que ganó un premio de periodismo donde se me ve colgado de una grúa con un arnés, el buzo hecho polvo, lleno de manchas y con un punzón en la mano tratando de retocar una escultura mientras sobrevuelo un inmenso taller. Pues eso era el escultor, un pigmeo enfrentado a algo titánico y desproporcionado que se lleva su aliento.

–Todo eso cabe en la exposición «Original», que tiene ahora en el Palacio de Boadilla.

–Eso es lo que trato de exponer. No me amparo en lo sorprendente o técnicamente fascinante pa-
ra hacer valer mis esculturas y mi obra en general, no. La esencia de «Original» está en la creación y ésta empieza a vislumbrarse en poemas, caricias, recuerdos... Es decir, en impresiones y sentimientos que solo una capacidad o talento harán brillar. Yo me esfuerzo mucho porque lo que haga sea digno de materializarse. Otra cosa es que el efecto de ahora sea totalmente distinto a lo anterior. Parece que las salas se han llenado de imágenes de un templo hindú o la plaza ceremonial de una tribu.