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Whitney Houston, la fama es un holograma

  • A Whitney Houston se la llevaron las drogas y ahora la tecnología la trae de nuevo
    A Whitney Houston se la llevaron las drogas y ahora la tecnología la trae de nuevo

Tiempo de lectura 2 min.

22 de mayo de 2019. 01:06h

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Julio Valdeón 22/5/2019

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Corría el año 2012 y Whitney Houston naufragaba con lo puesto en su bañera. Zarpaba hacia el país del que no vuelves la cantante superdotada, icono de los ochenta, derribada por un zarpazo de cocaína, alcohol y Xanax. Murió como morían los viejos dioses del blues y el rock. Ahogada de venenos placenteros. De aburrimiento, lujuria y dinamita. No víctima de una sobredosis de opiáceos para enjuagar el trueno en la cadera, como Prince y Tom Petty, los pobres, que arrastraban lesiones de gladiadores tullidos y jubilados a punto del desguace. Ahora una empresa, Base Hologram, consciente del tirón de Houston, anuncia tour con, sí, su holograma. Por si hubiera dudas respecto a la naturaleza del cirio comentar que sus dueños son los tíos detrás del Circo del Sol en Las Vegas. Pirotecnia. Querencias kitsch y desparrame sentimental a falta de originalidad. El público paga y los hologramas cada vez imitan mejor. Será la cuarta gira de la compañía. La primera, a finales de 2018, estuvo dedicada a Roy Orbison, que falleció de un infarto de miocardio con 52 tacos después de haber rodado el vídeo de «You got it», incluida en el estupendo «Mistery girl», que le produjo, con todas las luces y las sombras del periodo, el siempre manierista, esforzado y pulcro Jeff Lynne. «In Dreams: Roy Orbison in concert». The hologram tour entregó lo que prometía. Un montaje espectacular. Un holograma de Orbison. Una orquesta auténtica con la que orlar el invento. Debió de funcionar en taquilla de forma inmejorable porque inmediatamente han añadido a otro ilustre fiambre, Buddy Holly, que hará duetos con el miope. Entre medias hubo gira con la diapositiva de Maria Callas dando tumbos por los teatros mientras seduce a un público que no tiene otra cosa que escuchar. Manda la nostalgia. Gana el paripé. Triunfa la copia, el souvenir, el recuerdo de usar y tirar. Por más que el precio de la entrada dé para hacerse con la discografía completa de los artistas y/o para asistir a un centenar de recitales en bares de cuarta fila de gente que arranca y que, quién sabe, a lo mejor tienen algo y bueno que contar. Estamos a medio minuto de que las películas también recluten a los héroes del cine negro o que los demócratas sustituyan al chalado de Bernie Sanders o al muermo de Joe Biden por el holograma de Franklin Delano Roosevelt. Y era cuestión de tiempo que ante la sosería de las factorías canoras impulsadas por los concursos de talento en televisión, narcolépsicas canteras al servicio de Broadway, alguien recordase que puestos a dar el pego el holograma de Houston canta mejor.

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