Xavier Dolan se enreda en un largo beso sin sentido

«Matthias y Maxime», lo nuevo del joven cineasta, es la peor película vista hasta ahora en Cannes, un festival empeñado en promocionar al canadiense.

Una escena de «Matthias y Maxime», de Xavier Dolan, ayer en la sección oficial del Festival de Cannes.

«Matthias y Maxime», lo nuevo del joven cineasta, es la peor película vista hasta ahora en Cannes, un festival empeñado en promocionar al canadiense.

Con 30 años y ocho largometrajes en su haber, el canadiense Xavier Dolan ha pasado de ser «enfant terrible» a cineasta consagrado, y la culpa la ha tenido el Festival de Cannes, que, a competición o en secciones paralelas, le ha apoyado en seis ocasiones. Ni siquiera haber cortado íntegramente el papel de Jessica Chastain en su penúltima película, y única en inglés, «The Life and Death of John F. Donovan», le ha servido para pararle los pies en la alfombra roja. Por alguna razón inexplicable, que tal vez tiene que ver con su discutidísimo Premio Especial del Jurado en la infame «Solo hasta el fin del mundo», Thierry Frémaux sigue empeñado en incluirle en la sección oficial. Y aquí estamos, sufriéndolo: porque «Matthias y Maxime» es, sin duda, la peor película de lo que llevamos de festival.

Para más inri, Dolan es también el coprotagonista. Se ha reservado, como no podía ser menos, el personaje victimista. Con una mancha de nacimiento que le cruza la cara y una madre terrible de la que es cuidador exclusivo, Maxime ha decidido probar suerte en el extranjero, y está a punto de irse a vivir a Australia durante dos años. Huelga decir que Dolan vuelve a retratar las relaciones maternofiliales a golpe de histeria, aunque aquí ni siquiera se molesta en humanizar a la madre. Matthias es su mejor amigo desde la infancia. Hete aquí que, por azares del guión más bien torpes, un día tienen que besarse en la boca delante de la cámara de una estudiante de cine. Ese beso es como un cataclismo: Matthias, que tiene novia, no ve el final del precipicio, perturbado como está, suponemos, por lo que ha sentido al besar a su colega, y empieza a comportarse como un auténtico imbécil.

Feista, ruidosa e insensata, «Matthias y Maxime» lo apuesta todo a la carta de ese beso. Tal y como Dolan desarrolla a sus personajes, el asunto parece de lo más trivial, sobre todo porque relega a sus protagonistas a una adolescencia perpetua que nunca está explicada ni en el guión ni mucho menos en la puesta en escena. Podría decirse que el director de «Mommy» utiliza este antiromance para criticar la heteronormatividad en la amistad masculina, pero nos estaríamos inventando un discurso que no está en las imágenes. Uno de los defectos del cine de Dolan es el exceso de dramatismo: todo se sacrifica a la dictadura de la emoción, aunque esta se dirima, como es el caso, en «outing» carente de toda tensión narrativa.

Desplechin tampoco atina

Tampoco es que «Roubaix, une lumière», la nueva película de Arnaud Desplechin, quiera tensar la cuerda del thriller policíaco. El autor de «Un cuento de Navidad» se acerca a la ciudad más pobre e insegura de Francia como si hiciera una microversión de «Canción triste de Hill Street» o una adaptación modestísima de «The Wire». Dos policías, un comisario zen e insomne y un recién llegado, católico y entregado, sirven como hilo conductor a un polar desnudo, centrado en la investigación de un caso de asesinato de una anciana que Desplechin cuenta con milimétrica precisión.

No parece que el cineasta francés quiera hacer otra cosa que jugar con las estrategias del género policial. Como telón de fondo, palpita un tejido social degradado, pero no está en la agenda de la película poner el acento en la denuncia de un país devorado por el paro o el yihadismo. Impera una mirada realista, a veces rota por el ímpetu novelesco de Desplechin, en el retrato de la rutina de estos dos policías y de las presuntas culpables del asesinato, cuyo minucioso interrogatorio ocupa el tramo final de una película digna pero no brillante.