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El día que Kobe Bryant dijo a sus hijas: “Será la última vez”

Fueron varios años los años que pasé cubriendo a la Mamba Negra y prefiero recordarlo como ser humano, no como leyenda.

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Esto no ha pasado. No puede ser que esta tragedia sea verdad, que el rostro de Kobe esté ocupando mis redes sociales por una razón tan irreal. Trato con estas líneas de darme un par de cachetadas para despertar del mal sueño. Uso al lector como excusa para bajar a la realidad y pellizcarme; porque sí, ha pasado. Kobe Bryant se ha ido para siempre junto a una de sus cuatro hijas y varias personas más. No sé cuántas, no he tenido la valentía de leer los detalles todavía pero probablemente entre las víctimas también se encuentre su escolta. Desconozco si será el de siempre.

Cuánta fragilidad. Esta vez, Kobe no ha podido despedirse como lo hizo al final de su carrera: a lo grande. Anunció su retiro con casi toda la temporada por delante para decir adiós con sosiego, con el metódico objetivo de saborear los estadios, los aficionados y los equipos rivales contra los que había jugado durante sus 20 años de carrera. En 2016, paseó su grandeza por cada rincón de Estados Unidos antes de su transición al mundo de las ideas, al ámbito estelar, también, de Hollywood. Fue en aquel momento cuando conocí al Kobe más humano, al más familiar, al más inquieto con la realidad e interesado en diferentes maneras de guionizar historias, porque le entusiasmaba contar historias tanto como jugar al baloncesto. Me topé con el Kobe más reflexivo y muy diferente al de antes de sus lesiones, cuando solo pensaba en ganar y eso de hablar en castellano de manera continuada le incomodaba.

Antes de partir a Nueva Orleans el siete de abril de 2016, le hizo una promesa a sus dos hijas, Natalia y Gianna, quienes por aquel entonces tenían 13 y nueve años de edad: “Será la última vez”. Y se marchó consciente de que el fin de una etapa antológica marcaba el comienzo de una nueva vida guiada por la ilusión. Nos lo confesó a un grupo de periodistas en el vestuario de los Lakers después de un partido contra Los Angeles Clippers. Era la última vez que se iba de casa durante días, la última ocasión en la que las niñas echarían de menos a su padre. Se acabó el verle por televisión deseando que entrara por la puerta.

Nueva Orleans, Houston y Oklahoma fueron los destinos de aquella última gira de Kobe Bryant. El equipo era un desastre pero las derrotas en cada uno de esos feudos fueron secundarias porque la atención estaba en las incansables despedidas y homenajes a la Mamba Negra. Cuánto se le quiere. Hay jugadores que caerán mejor o peor, pero el respeto se gana a base de grandeza y a Kobe se le respeta. Su enormidad tiene que ver con su ética de trabajo, con su capacidad para usar los fracasos como trampolín hacia sus éxitos. Incluso en los peores años de la historia de los Lakers, Kobe era el primero que llegaba a los partidos para calentar su muñeca como cuando era un niño y Michael Jordan le dijo que en la NBA se viene a currar, que no solo vale con el talento.

No solo hoy, pero a menudo me llegan flashes de aquellos años en los que cubrí a unos Lakers que se arrastraban por el parqué después de la época de los campeonatos. Por supuesto, Kobe acapara casi todos los pensamientos. Durante su última gira, antes de su partido de despedida en el Staples Center frente Utah Jazz, el equipo visitó a los Oklahoma City Thunder. Tras el encuentro, el público rugía por la victoria, pero los alaridos iban dirigidos a la Mamba Negra.

Todavía impresiona cómo la intensidad de los gritos de los aficionados incrementaba mientras Kobe se acercaba al túnel de vestuarios. Primero, el eco de los que reclamaban su atención desde el graderío. No veíamos a Kobe, pero lo sentíamos. Los camarógrafos encendían las cámaras y los focos, y los reporteros abríamos los ojos ante su penúltimo paseo antes de su retirada. Luego llegó la algarabía del respetable y su inminente aparición. Lo hizo seguido del séquito que estaba grabando su documental, ‘Muse’. Tenía el hombro derecho cubierto por una bolsa de hielo. Su operación era relativamente reciente.

No olvidaré su rostro tras el penúltimo baño de masas. Los ojos brillantes y una sonrisa de satisfacción que todavía no he visto reproducida en ninguna otra persona. Nuestras miradas se cruzaron un instante.

“Uno más”, me dijo en perfecto castellano y como suspirando. Sólo le quedaba un partido más, el de los inimaginables 60 puntos ante los Jazz.

“Uno menos”, le rebatí con guasa. Un partido menos para que puedas seguir aprendiendo castellano sentado con tu suegra y viendo telenovelas, pensé. Porque así aprendió Kobe a hablar la lengua de Cervantes que tanto le conectó con el público hispano. Me contó la anécdota en algún momento de 2014, cuando tras varias negativas, decidió concederme un ratito en otro idioma distinto al inglés.

Y es así como me apetece recordarlo en este instante. No levantando títulos, ni envuelto en champán, no haciendo del baloncesto una danza imposible, ni abrazado a Pau Gasol, ni siquiera puedo rememorarlo envolviendo con sus brazos a su mujer, Vanessa, Natalia y ‘Gigi’ en la pista llena de confeti después del último encuentro de su carrera. Prefiero imaginármelo sentado en el sofá con las piernas estiradas, compartiendo un plato de palomitas recién salidas del microondas junto a su suegra de origen mexicano viendo ‘Sábado Gigante’.

No he encontrado otra manera de humanizar a la leyenda. Aunque duela.