Juegos Olímpicos

Cuatro años del bronce de Mireia Belmonte en los Juegos Olímpicos de Río: así lo vivió su madre Paqui

Fue la primera medalla que consiguió España en la cita brasileña

Paqui García, (dch), madre de Mireia Belmonte, (izq), se emociona mientras asiste a la ceremonia en la que su hija recoge la medalla de bronce
Paqui García, (dch), madre de Mireia Belmonte, (izq), se emociona mientras asiste a la ceremonia en la que su hija recoge la medalla de bronce

El 6 de agosto de 2016 Mireia Belmonte estrenaba el medallero de España en los Juegos Olímpicos de Río con un bronce increíble después de una remontada agotadora. Era la tercera medalla olímpica de Mireia (dos platas en Londres 2012) y todavía le quedaba el gran premio, el oro en los 200 mariposa, que llegaría días después. LA RAZÓN vivió junto a la familia de Mireia cómo consiguió ese tercer puesto. Fue así:

Mireia Belmonte ya tiene una medalla en Río, la primera de España en los Juegos. Fue bronce en los 400 estilos en una final que LA RAZÓN vivió al lado de su madre, Paqui. Suya fue la brazada que le permitió subir al podio por 15 centésimas en una última piscina de vértigo.

«Es inevitable», decía Paqui García, la madre de Mireia, unos minutos antes de que empezase la sesión nocturna de natación en el Estadio Acuático de Río. Lo que era inevitable eran los nervios. Paqui sabía que le iba a tocar sufrir con su hija y que seguramente acabaría llorando, de alegría o de pena. Quedaba todavía más de una hora para que compitiera Mireia y ya estaba nerviosa. Quizá el padre, José, lo estuviese más, callado a su lado. Era fácil reconocer a Paqui, su hija es un calco. Los genes de los que tanto habla la nadadora no sólo la hicieron una campeona, también le hicieron igual que su madre. La hija terminó el calentamiento y charló con su entrenador, Fred Vergnoux, con una sonrisa. Parecía preparada. «El sufrimiento que aguanta ella no lo aguanta cualquiera. Y no es sólo el entrenamiento, es descansar, comer bien...», decía Paqui. «Todo el trabajo de cuatro años, para luego estar bien el día y en el momento adecuados», añadía. Ya tenía las manos juntas entre las piernas y antes del gran momento su madre desveló algunas claves de Mireia, que empezó a nadar por unos problemas de espalda y pronto descubrió que quería competir, pese a su alergia al cloro y a que es asmática. «Siempre ha sido muy disciplinada, y todo lo que se ha propuesto lo ha conseguido», aseguraba Paqui. «Apenas hace falta que nos metamos en nada. Se aplica con los estudios, con los entrenamientos, y nunca le he oído decir que estaba cansada», proseguía. Motivos para estarlo le sobran, porque la preparación para llegar es brutal. Tras las series de la mañana, los padres de Mireia no hablaron con ella. «Tiene que concentrarse», afirmaba Paqui. Sólo hay un pequeño saludo de la nadadora antes de entrar a vestuarios.

«Siento orgullo de ella», admitía la madre. «No ha cambiado, es buena deportista, pero es mejor por dentro», proseguía. Hubo un momento para comentar con los padres la jornada, sin medallas españolas hasta entonces.

Quedaba poco para la primera. Las uñas de Paqui estaban pintadas de rojo y en algunos dedos había una franja amarilla que formaba la bandera de España. Las uñas de Mireia tienen dibujados los aros olímpicos como por trozos. Si junta los dedos, se forman los cinco aros completos. Paqui frotaba la bandera de España que tenía entre las piernas y la mostraba y agitaba cuando pasaba la cámara. No estuvieron en Londres, donde explotó el potencial de Mireia con dos platas, pero sí en los de Pekín. Aplaudió de forma nerviosa a los primeros ganadores de la noche. Se acercaba el momento y comenzó una historia de sufrimiento en dos etapas: la de la piscina y la de la grada.

Mireia agitaba las manos. Paqui las juntaba en sus rodillas. Sacaba una pancarta con su nombre. José se fue a las primera filas, a vivirlo más aislado. «Vamos», gritó la madre por primera vez. Después lo hizo muchas más. Mireia se echó agua en el pecho para entrar en acción. La madre empezó a balancearse y ya no pudo parar. Mireia se ajustó las gafas. La madre juntó las manos. Sonó la salida. Cuarta tras los primeros 50 mariposa. Paqui se tocó el pelo. Remontó una posición su hija y se puso tercera. «Vamos, va, va, va», dijo varias veces la mamá. El tramo de espalda la llevó al quinto lugar. Perdía terreno. Paqui se llevó las manos a la cara. Puro instinto. José miraba entre la barandilla donde estaba apoyado. Mireia seguía detrás tras la braza: cuarta, a un segundo de la medalla. Hosszu volaba desde el principio: ganó con récord del mundo. Pero hubo carrera para las otras dos medallas. Cada pocos metros, un «vamos» de Paqui y un centímetro más cerca Mireia de la británica Miley en el tramo de crol. Quedaban 50 metros, una piscina, y empezó la remontada. Imposible aguantar de pie. Paqui y José se levantaron. La piscina hervía, pero, por un momento, todo pareció en silencio. Fue un suspiro, una brazada, unos últimos metros hechos por la hija sin respirar, tirándose a por todo en el instante final. Tercera. Un grito: «¡Sí!». Empezaron los abrazos y las felicitaciones. Madre e hija se miraron por primera vez. La medallista lanzó un tímido hola con las manos. Su progenitora se abanicó con la bandera y se fue calmando. «Estoy en una nube», admitió. Incluso un rato después tuvo que pedir algo para el dolor de cabeza. «No soy nadie, el mérito es de ella», se oía decir a José. Su teléfono no tardó en llenarse de mensajes. El orgullo de Paqui se multiplicó: «Sobre todo por el arrojo y la fuerza para hacerlo posible, algo que he intentado inculcarle desde pequeña».

Llegó la ceremonia de entrega de medallas. La bandera de España estaba al lado de la de Hungría, por Hosszu, y más allá figuraba la de Estados Unidos, por la medallista de plata, Maya Dirado. Había otra bandera de España: la sujetaba José. Paqui grababa con el móvil la entrega de premios. Era la vuelta de honor y Mireia se paró un momento frente a ellos. «Guapa», le gritó el padre. Lloraba. Paqui también. Llegó el presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, y les dio un abrazo. Tocaba irse, pero querían ver a su hija antes. A ella todavía le quedaba un rato por el control antidopaje y los compromisos con la Prensa. Lograron colarse por donde fuera. Volvieron al rato. Lo consiguieron. «Está muy contenta», reconocían. «Hemos cogido la medalla y pesa mucho», desveló Paqui.

Así vivió una madre el éxito de su hija. Detrás de un deportista hay mucho que lo sustenta y por eso Procter & Gamble, que permitió pasar este rato con los padres de Mireia, está haciendo una campaña llamada «Gracias, mamá», en la que acompaña a madres de deportistas en su viaje por Río. Paqui es una de ellas. Lo pasó mal, pero mereció la pena.