Nadal, de no poder entrenar ni una hora a levantar el décimo tercer Roland Garros

La pandemia y las dudas sobre cuándo volver complicaron el regreso de Rafa. Carlos Moyá, figura clave: llegó en 2016 después de dos años en blanco y con él ha sumado seis Grand Slams más en cuatro años

Lo más rutinario del décimo tercer Roland Garros de Rafa llegó el día después. Subió a la azotea de su hotel con la Torre Eiffel de fondo y posó para la posteridad abrazado a su Copa de los Mosqueteros. Fue una de los pocas coincidencias con los títulos anteriores en el Roland Garros más extraño. La celebración fue más íntima que nunca en el Pullman Paris Tour Eiffel, el lugar en el que ha estado «confinado» durante casi tres semanas. Cena con la familia y el equipo en una sala reservada en exclusiva para ellos y poco más. Fotos con y sin mascarilla y vuelo de vuelta a casa. Detrás de las fotos y del trofeo está la superación de una de las etapas más difíciles para Rafa.

Meses antes de ganar en París, cuando comienza el confinamiento allá por el mes de marzo, Nadal lo pasó mal. Lo reconocen él y su entorno. De ahí el «cosas que nadie sabe» que pronunció en la conferencia de prensa después de barrer a Djokovic en la Philippe Chatrier. Se podría decir que Rafa ha sufrido como nunca para ganar como siempre. Nadal, que hace dos años y dos días estaba achicando agua en las inundaciones que sufrió Mallorca, lo pasó mal a nivel físico y mental. «No podía terminar los entrenamientos porque el frío para mis articulaciones no me viene nada bien, pero no se trata de hacer un drama de esto», afirmó en París.

Desde marzo hasta julio, cuando ya había un plan concreto para volver a competir, la reconstrucción de Rafa no ha sido sencilla. Durante el confinamiento no quedaba otra que entrenar en el gimnasio de casa y no coger la raqueta. Las dificultades llegaron luego. Había jornadas en las que no podía entrenar ni siquiera una hora y así fue durante semanas y semanas. Rafa tenía problemas físicos y eso que su umbral del dolor es extraordinario y no era capaz de encontrar la motivación adecuada. Un ejemplo: en mayo, después del confinamiento, hubo semanas en las que el entrenamiento se reducía a un par de sesiones muy suaves para que no sufriera y no se lesionara.

Carlos Moyá, su entrenador y amigo de toda la vida, relata cómo «de marzo a julio todo ha sido complicado y sobre todo a nivel mental. Nos hemos movido mucho tiempo por sensaciones y si notábamos que Rafa estaba incómodo parábamos sin hacer un drama de ello». El papel de Charly es fundamental. Desde su incorporación al clan Nadal en las Navidades de 2016, Rafa ha ganado media docena de Grand Slams después de pasar dos años (2015 y 2016) en blanco. Moyá sigue: «A Rafa el no competir le mata. Le gusta tener las cosas planificadas y no tener una fecha de vuelta para poder competir se le hacía muy, muy duro». ¿La solución? «Decidimos que lo importante entonces era olvidar que no podía entrenar al máximo. Que jugara al golf, que es algo que le gusta mucho, o que se fuera a pescar o a navegar con el barco», relata Moyá.

En el momento en que sale un calendario definitivo para lo que resta de temporada, el grupo decide que el gran objetivo tiene que ser volver a ganar Roland Garros. Se analiza la nueva fecha del torneo y se apuesta por llegar a París en la mejor forma posible. Para eso renuncian a la minigira estadounidense en pista dura –adiós al Masters 1.000 de Cincinnati y al Open USA– y fijan Roma como punto de partida. «Y nos ha salido bien», asegura Moyá.

Después de todo lo vivido, el último peaje llegó antes de la final y fue el anuncio de que se iba a disputar bajo techo. Rafa ni se inmutó. Se lo comunicaron un cuarto de hora antes de salir a la pista. Sus dos entrenadores, Moyá y Francis Roig, hablaron con los organizadores para que no se cerrara, ya que poco antes se había disputado la final de dobles femenina al aire libre. Los organizadores no cedieron. Rafa sacó conclusiones positivas de eso también: se trataba de salir y jugar muy bien y, además, si luego había que parar la final para poner el techo iba a ser peor. En el año en que él consideraba que era el que menos opciones tenía jugó la mejor final de su vida. «He sido siempre positivo y he tenido una actitud casi, casi perfecta», dijo tras la final.

Lo que no han decidido todavía Rafa y los suyos es qué van a hacer con el poco más de un mes que queda de temporada. Al ejercicio más atípico de la ATP en muchos años le restan, en teoría, diez torneos. Esta semana se disputan San Petersburgo, Colonia y Cerdeña. Luego llegarán Amberes, Colonia de nuevo, Viena, Kazajistán, París-Berçy, Sofía y, del 15 al 22 de noviembre, el Torneo de Maestros en Londres. Y, ¿qué va a hacer Nadal? Los planes antes de afrontar la minitemporada en tierra batida (Roma y París) eran acudir al Masters 1.000 de París-Berçy y luego afrontar las Nitto ATP Finals, el Masters de toda la vida. Son dos de los pocos torneos importantes que Nadal todavía no ha ganado. Pero él y su entorno no tienen claro si volverá a disputar un partido oficial en 2020. «Lo que hago es tratar de vivir el presente y lo que me gusta es jugar al tenis. Es así de sencillo. Intento dar el máximo de mis posibilidades siempre porque no entiendo el deporte de otra forma. Se trata de seguir dando el máximo para poder seguir teniendo opciones en los torneos en que compita», aseguraba Nadal después de la sesión de fotos en los vestuarios del torneo. El siguiente gran desafío, el asalto al Grand Slam número 21, será el Abierto de Australia, aunque eso ya será el año que viene.