Medvedev gana la Copa Masters tras derrotar en la misma semana al uno, dos y tres del mundo

El ruso, que había superado a Djokovic en la fase de grupos y a Nadal en semifinales, se impuso en la final a Thiem (4-6, 7-6 [7/2] y 6-4)

Medvedev, con la copa de campeón del Masters, tras derrotar en la final a ThiemANDY RAINEFE

Un puño al aire en dirección a su banquillo o, como mucho, una raqueta contra el suelo en las semifinales ante Rafa Nadal para que rebote y volver a cogerla. O algún grito, no muchos. Pero, en general, ni se inmuta. Así es Medvedev, el campeón de la Copa Masters tras superar a Dominic Thiem en otro partido extenuante en el que volvió a remontar (4-6, 7-6 [7/2] y 6-4). Pero él como si nada. El ruso es un tenista de un solo rostro, pero de mil caras... tenísticas. Porque puede hacer de todo en una pista de tenis. Si hay que defender, corre y mueve sus 198 centímetros con una comodidad pasmosa. Es difícil de desbordar porque tiene mucha facilidad para golpear a la pelota estirado, y su envergadura más la raqueta lo hacen eterno. Pero si eso no le funciona también juega encima de la línea y saca al rival a palos. No es un tenista de golpes ortodoxos. Su revés más o menos sí, pero la derecha la da medio saltando y medio desmontándose, pero tiene veneno. Tampoco es que sea un experto en la volea, pero también se le ve por la red para cerrar los puntos y para sorprender, como hizo ante Thiem en el tercer set para lograr el break que resultaría definitivo para el triunfo. Estaban jugueteando los dos, que si un cortado por aquí, que si una pelota floja por allá, a ver quién perdía antes la paciencia, y en un momento de confianza del austriaco, el ruso ya estaba encima para acabar el golpe en la zona de ataque.

Thiem se quedó otra vez a las puertas de ser maestro, como el año pasado ante Tsitsipas. Dio la impresión de que llegó algo justo al duelo definitivo, aunque él es así. Como se deja la vida en cada golpe, transmite esa sensación de energía y de respiración profunda después de finalizarlo, pero se recupera pronto. Pareció lo mismo contra Nadal en la ronda de grupos y contra Djokovic en semifinales, pero se llevó ambos partidos, jugados al límite. Contra Medvedev ya no pudo. El encuentro del austriaco pasaba por no llegar al tercer set. Empezó bien y ganó el primer parcial y tuvo contra las cuerdas a su rival en el segundo, pero si él es de los que no se rinde, tampoco lo hace el ruso, que se agarra a la pista como una garrapata y gana puntos imposibles con esa sensación de calma, aunque haya metido un tiro a la línea cuando parecía desbordado en una posición antinatural.

Ha culminado un final de curso espectacular, con la conquista del Masters 1.000 de París-Bercy y la Copa Masters, que ha ganado con pleno de triunfos. En los últimos siete días ha podido con el número uno del mundo, Djokovic, en dos sets corridos sin despeinarse; con el dos, Rafa Nadal, pese a que el español tuvo su servicio para llevarse el partido, y se lo rompió en blanco; y al número tres en la final otra vez viniendo desde atrás. Pero él tan tranquilo: media sonrisa y el puñito levantado.