El Real Madrid languidece

Empezó con entusiasmo y dominando el primer tiempo, pero en la segunda mitad se quedó sin entusiasmo y sin victoria. Sin embargo, aún tiene vida

Modric, en el Shakhtar Donetsk-Real Madrid
Modric, en el Shakhtar Donetsk-Real MadridGLEB GARANICHREUTERS

El Shakhtar lleva cinco goles en la Champions. Todos contra el Real Madrid. El Shakhtar se ha llevado un 10-0 contra el Borussia sumando lo dos partidos en los que se han enfrentado. Al Madrid le ha ganado los dos duelos. Se puede tomar al equipo ucranio como medida del conjunto de Zidane. O al menos como medida del equipo de Zidane en los días malos, que empiezan a ser peligrosamente más numerosos que los buenos y obligan a que LaLiga se vea de lejos o a que en la Champions tenga que esperar al último partido para saber qué futuro le espera. Es verdad que aún todo es posible, que queda el un episodio por escribir, pero también es cierto que el Madrid no hace más que borrones en esta temporada extraña y descorazonadora. Es, por ahora, como un desplome lento y doloroso, un adiós a alguien con el que aún compartes algunos días buenos.

Es como si al Madrid la gasolina del entusiasmo se le fuera agotando incluso cuando los jugadores saben que son días decisivos, que no puede contemporizar más porque se les estrecha el margen de maniobra de manera alarmante. El choque contra el Alavés dejó al equipo maltrecho y a la afición perpleja. Los más optimistas se agarraban a una historia que otras veces sonó bien por su final feliz: LaLiga y la Champions son competiciones diferetes y el equipo se las toma de manera distinta. Ya está claro que no. El Real Madrid de este curso es el mismo en todos los frentes y eso no son buenas noticias.

Ni siquiera cuando quiere. Porque salió motivado en Kiev, decidido, con el balón, presionando y sin dejar que el rival saliera de su campo. Asensio estaba por todos lados, como si esta vez sí que fuera a dar el paso al frente que se le pedía y Modric era luz sobre la que giraba todo el equipo. Se había concienciado y tenía el partido en la mano. Hubo un tiro a la parte posterior del palo de Asensio y en el último minuto una llegada de Mendy y Benzema. Pero no grandes ocasiones, no un partido de esos en los que el portero rival termina siendo el héroe por sacar manos que no existían. El Madrid ya no tiene ese ritmo, ni cuando la situación es desesperada. Incluso cuando juega con decisión lo hace con un biorritmo que no da para más, que no le llega para marcar cuando es mejor o para decidir los encuentros cuando debe. Intentó entrar por dentro, donde Odegaard se movía en la media punta, sin mucha habilidad por ahora. Zidane quería el dominio y ataque, por eso planteó un encuentro sin Casemiro.

Incluso el equipo presionaba arriba para robar la pelota. Era un equipo lleno de buenas intenciones, como intentando evitar los reproches. Un equipo que, parece, da lo que tiene o hace lo que mejor sabe. O lo hace lo mejor que sabe. Y eso, era mucho. Antes.

El primer síntoma de fragilidad, la primera llamada a los fantasmas llegó en un error de Nacho en la primera mitad que hizo cambiar un poco el ambiente, como si el Shakhtar se diera ahí cuenta que había alguna posibilidad. Erró el central y Varane lo arregló con amarilla. No cambió nada. En ese momento.

Aguantó el Shakhtar en su campo, tímido o con un plan, hasta que terminó la primera parte y se vio intacto. Había sido peor que el Real Madrid, pero ni un triste rasguño, ni un pequeño dolor de cabeza ni un gol en contra ni ese susto que te hace temblar y plantearte el futuro.

Nada. Por eso en la segunda parte, cambió el ritmo. También necesitaba ganar y como el Madrid era incapaz de matarle, fue a por el partido. La sorpresa es que le resultó sencillo, incomprensiblemente sencillo.

Dolorosamente sencillo.

El partido ya era suyo con sólo ponerle más ganas. El Madrid tenía cara de agotamiento. Como si le pesasen los años y la tristeza de conocerse de hace mucho tiempo y no tener nada nuevo o interesante que decirse. Asensio desapareció y Modric no dio para más. Rodrygo no despunta, los demás languidecen. No había más donde agarrarse si las olas cambiaban y se atisbaba un naufragio. Otro. Taison, de repente, parecía Mike en sus buenos tiempos y dejó sin sentido a la defensa blanca. El equipo de Kiev llevaba tres partidos sin meter un gol en Champions. Hizo uno, después otro.

Zidane hacía cambios. Ya no nevaba fuera. Todo el frío estaba dentro.