Baloncesto

El capellán que comía melocotones

James Naismith vació dos cestas de fruta para jugar con sus alumnos el primer partido de baloncesto de la historia el 21 de diciembre de 1891

James Naismith inventó el baloncesto en 1891. El primer partido se disputó el 21 de diciembre de ese año
James Naismith inventó el baloncesto en 1891. El primer partido se disputó el 21 de diciembre de ese año FOTO: La Razón (CUSTOM_CREDIT) La Razón

El profesor de gimnasia, teólogo y capellán de la Asociación de Jóvenes Cristianos (YMCA) de Springfield (Massachusetts), un canadiense de Ontario llamado James Naismith, ya era una celebridad entre la comunidad deportiva norteamericana cuando alboreaba la última década del siglo XIX. En 1889, fue seleccionado por el legendario entrenador-jugador de fútbol americano Amos Alonzo Stagg para formar parte de su equipo y, para proteger su deforme oreja derecha, confeccionó una chichonera de cuero y franela que se considera el primer casco de foot-ball de la historia. Durante el duro invierno de 1891, se consagró a la invención de un juego bajo techo apto para mantener a sus alumnos activos. Y, académico como era, llegó al primer partido con las reglas ya escritas.

Naismith, según relata hoy la web de YMCA en español, analizó las actividades deportivas que se practicaban en la época, cuya característica predominante era la fuerza o el contacto físico, y pensó en algo suficientemente activo, que requiriese más destreza que fuerza y que no tuviese mucho contacto físico. El canadiense recordó un antiguo juego de su infancia denominado «duck on a rock» (el pato sobre una roca), que consistía en intentar alcanzar un objeto colocado sobre una roca lanzándole una piedra y pidió al bedel de la universidad unas cajas para que sirviesen de blanco pero el hombre fue a la cocina, donde lo más parecido que halló fueron unas cestas de melocotones que el capellán mandó colgar en las barandillas de la galería superior que rodeaba el gimnasio, a una altura de 3,05 metros… a la que aún hoy siguen estando las canastas en todas las canchas de baloncesto del mundo.

En aquel partido inaugural, los equipos estuvieron formados por nueve jugadores debido a que la clase de James Naismith contaba en aquel curso con dieciocho alumnos, aunque el número de participantes se redujo enseguida a siete y, a partir de 1894, ya se jugaba en toda la Costa Este estadounidense con formaciones de cinco. Ese primer reglamento, que sólo permitía al portador del balón moverse dos pasos y no preveía aún el «dribbling» (avance con bote) tenía más similitudes con el actual korfball o balonkorf, un deporte mixto muy popular en Australia cuyos practicantes se reivindican depositarios directos de la herencia del clérigo canadiense y que llegó a integrar el programa olímpico en Amberes 1920.

La implantación del juego de las cestas fue vertiginosa y en 1904, fue introducido como deporte de exhibición en los Juegos de Saint Louis, donde se organizó un torneo entre universidades que ganó el Hiram College de Ohio, considerado así el primer campeón oficial de una competición en la historia del baloncesto. James Naismith murió en 1939, por lo que su vida se prolongó para ver a su invento convertido en un miembro de pleno derecho de la familia olímpica, en Berlín 1936, cuando Norteamérica copó el podio: oro para Estados Unidos, plata para Canadá y bronce para México. Introducido en los años veinte en Europa a través de las misiones en Francia de YMCA, aún quedaba mucho para convertirse en el deporte universal que hoy practican más de trescientos millones de jugadores de los cinco continentes.

Veinte años después de la muerte de James Naismith, en 1959, el baloncesto ya era uno de las principales disciplinas de la NCAA, la todopoderosa asociación de deporte universitario y había unificado las distintas ligas profesionales en la NBA. Así, se decidió que Springfield acogiese el Salón de la Fama y que estuviese dedicado a la memoria del inventor del juego. Fue el tercer Hall of Fame en inaugurarse en el subcontinente, después del del béisbol en Nueva York y el del hockey en Toronto, para honrar a las primeras actividades deportivas convertidas en espectáculos de masas en Estados Unidos y Canadá, respectivamente. Desde allí vela el reverendo Naismith por el bienestar de todos los apasionados por su invento de las cestas de melocotones.