Así fue el primer fogonazo del relámpago Bolt

Unos meses antes de su explosión en los Juegos de Pekín, Usain Bolt batió el récord del mundo de los cien metros

Usain Bolt con su marca de 9.72 en los 100 que logró el 31 de mayo de 2008 en Nueva York
Usain Bolt con su marca de 9.72 en los 100 que logró el 31 de mayo de 2008 en Nueva York FOTO: Bill Kostroun AP

Para un joven de la parroquia de Trelawny, en la Jamaica rural, la vida puede resultar la mar de cómoda una vez que están cubiertas las necesidades primarias: buen tiempo, cerveza, comida rápida y horas muertas jugando al fútbol o al cricket, los dos deportes nacionales de la isla… Usain Bolt era, entre siglos, uno de estos muchachos despreocupados, pero a él lo habían dotado los dioses con el gen de la velocidad, así que se planteó correr los cien metros. «Too tall» (demasiado alto), sentenciaron los gurús de la JAAA, la todopoderosa federación jamaicana de atletismo, antes de programarlo para romper moldes en 200 y 400: sería el Michael Johnson caribeño.

En edad cadete, batió con 20.61 en el doble hectómetro y 47.12 en la vuelta a la pista los registros de Johnson, aunque su actitud diletante llevaba a mal traer a las autoridades jamaicanas. El mismísimo primer ministro, Percival James Patterson, dispuso que se mudase a Kingston para integrar la estructura federativa que debía moldear «al mejor velocista que ha dado esta isla» y lo preparase para el Mundial júnior de 2002, cuando se impuso en los 200 con 20.58. Los primeros éxitos le sentaron fatal a Bolt, que se entregó a la vida muelle, y sufrió frecuentes lesiones que lo llevaron a fracasar con estrépito en su estreno olímpico, Atenas 2004, donde no superó las series.

El chico talentoso necesitaba a un entrenador que, a la vez, se convirtiese en una referencia de comportamiento y ese hombre fue Glenn Mills, venerado técnico al que llamó tras la decepción ateniense. En 2007, ya lo había convertido en un atleta de élite, como demostró quebrando la plusmarca nacional de 200 (19.75 para mejorar un récord de Donald Quarrie vigente desde los años setenta) y obteniendo la medalla de plata en el Mundial de Osaka, donde sólo lo superó Tyson Gay. Al terminar esa temporada, técnico y pupilo acordaron comenzar a prepararse para los cien metros porque «las cargas de trabajo para el 400 son muy pesadas. Quiero entrenar menos». Lo de Usain Bolt y la línea recta fue un flechazo, un amor a primera vista. En sus primeras tres carreras, apenas una toma de contacto, se dio cuenta de que podía ir muy rápido porque paró el reloj en 10.03 y en la cuarta prueba, un mitin nacional en Kingston, ganó con la segunda mejor marca de todos los tiempos, 9.76, a dos centésimas del récord mundial que ostentaba su compatriota Asafa Powell, otro purasangre de la cuadra Mills. Los organizadores estadounidenses, que siempre están a la que saltan, se apresuraron a invitarlo a un duelo contra Gay en el Icahn Stadium. Daba igual que fuese un Grand Prix, un mitin de segunda categoría, porque el tartán iba a arder.

Esa noche neoyorkina, húmeda y calurosa, fue la de la explosión definitiva de Usain Bolt, el atleta más fabuloso de cuantos han pisado los estadios. Por la calle 4, camiseta blanca, interpuso una distancia sideral entre su estela y Tyson Gay: rebajó en dos centésimas el récord del mundo de Powell (9.72) para inaugurar su reinado aún inconcluso. En los Juegos de Pekín se apropió de los otros dos récords de velocidad, que en el Mundial de Berlín 2009, su mejor año, dejó fijados con tiempos de 9.58 y 19.19 que tardarán décadas en mejorarse. En el 4x100, con el relevo corto de Jamaica, su plusmarca de 36.84 data de Londres 2012 y el segundo registro de todos los tiempos es casi tres décimas más lento, una barbaridad en una prueba de velocidad pura.

Usain Bolt se colgó nueve oros olímpicos, aunque le fue retirada la del 4x100 en Pekín por el positivo de su compañero Nesta Carter. Ese incidente le impidió igualar las nueve preseas doradas que obtuvieron en su día Paavo Nurmi –El finlandés volador– y Carl Lewis –El hijo del viento–, aunque sus once títulos mundiales engrandecen ese palmarés hasta cotas inalcanzables. Descalificaciones aparte, sólo perdió una carrera, la última que disputó: los cien metros del Mundial de Londres 2017, cuando fue tercero tras Justin Galtin y Christian Coleman.