Mike Tyson y la primera muesca del pitbull más fiero

El estadounidense es el campeón del mundo de los pesos pesados más joven de la historia gracias a su triunfo sobre Trevor Berbick hace 34 años

MIke Tyson noquea a Trevor Berbick hace 34 años
MIke Tyson noquea a Trevor Berbick hace 34 años FOTO: Ap. La Razón

Aunque el listado de campeones del mundo del peso pesado de boxeo es largo, y está encima ampliado por la profusión de asociaciones, son muy pocos los púgiles que alcanzan el rango de leyenda. Durante este siglo, en concreto, ninguno ha logrado convertirse en los mitos vivientes que fueron Joe Louis, Primo Carnera, Rocky Marciano, Mohamed Ali, Joe Frazier o George Foreman, por citar a los más célebres. Acaso el último fue Michael Gerard Tyson, Mike en los carteles o Malik Abdul Aziz desde su abrazo al Islam, un chico malo de Brooklyn que pulverizó todas las plusmarcas de precocidad durante la década de los ochenta.

Mike Tyson permanece vivo en su caricatura: algunos vídeos que cuelga en las redes endiñándole mazazos al saco cuando ya ha enfilado los sesenta o la autoparodia a la que se prestó en la película «Resacón en Las Vegas», en la célebre escena del tigre. Es uno de los casos en los que el personaje ha devorado al inmenso deportista que fue, un pegador impenitente que, con apenas 178 centímetros de altura, tumbaba a armarios que le sacaban dos palmos. Aunque sus apodos hacían referencia a su pegada (”Kid Dinamite”, “El Chico de la Dinamita”) o a su carácter (”The Baddest Man on the Planet”, “El Hombre más Malo del planeta”), sobre el cuadrilátero siempre desprendió la imagen de un pitbull enfurecido.

Criado en una familia desestructurada e inquilino habitual de los reformatorios neoyorkinos, Tyson pertenece a la larga estirpe de peleadores surgidos de los bajos fondos. A los doce años, ya había sido arrestado una cuarentena de veces y su vida cambió cuando un exboxeador profesional lo vio pegarse con otro recluso en un centro de detención juvenil. No había cumplido los quince cuando el célebre entrenador Cus D’Amato lo tomó bajo su ala, recién obtenida la libertad condicional, y lo puso a trabajar junto al portorriqueño Wilfredo Benítez, un chico un par de años mayor que él y que con el tiempo sería campeón mundial del peso wélter.

Su etapa como aficionado fue corta y turbulenta, ya que su boxeo demoledor no era apto para el reglamento amateur, y ni siquiera ganó el preolímpico estadounidense para participar en Los Ángeles 84, donde su compatriota y verdugo, Henry Tillman, ganó la medalla de oro. El joven Mike era una máquina de noquear. Desde su debut, los combates de Tyson fueron un evento televisivo nacional y fue encadenando triunfos por KO hasta que el Consejo Mundial (WBC) le ofreció desafiar al jamaicano Trevor Berbick, campeón universal del peso pesado.

Hacía justo treinta años que Floyd Patterson detentaba el récord de precocidad en el título supremo –poco menos de 22 años– y nadie dudaba de que Tyson se lo iba a arrebatar. La velada, en el hotel Hilton de Las Vegas, fue anunciada como «El día del juicio» y el neoyorkino, en efecto, envió a su adversario al infierno de la lona en el segundo asalto... a pesar que estaba disminuido por un ataque de gonorrea y tras haber pagado diez mil dólares de multa por usar una indumentaria demasiado parecida a la del campeón. En sus dos primeros años como profesional, había ganado sus veintiocho peleas, veintiséis de ellas por KO y veinte antes del tercer round.

Este gusto por tumbar al oponente lo mantuvo Mike Tyson durante toda su carrera, que fue corta y accidentada por interrupciones para ingresar en prisión –violación, entre otros cargos– o por retiradas de licencia a causa de episodios «gore», como cuando le arrancó de un bocado un trozo de oreja a Evander Holyfield y escupirlo al ring. Ninguna de estas polémicas, como nada de lo que ha hecho tras retirarse en 2001 –incluida una bancarrota pese a haber declarado 300 millones de dólares de ganancias–, podrá oscurecer su gloria como leyenda del pugilato. Es y será algo así como el Maradona del boxeo.