Obituario

Semenova, un mito de 2,13 que sufrió la condena de ser demasiado grande

Fue la jugadora más determinante del baloncesto mundial en los años 70 y 80 del siglo pasado. Ha fallecido con 73 años

Uliana Semenova durante un partido con el Tintoretto Getafe REMITIDA / HANDOUT por FEB Fotografía remitida a medios de comunicación exclusivamente para ilustrar la noticia a la que hace referencia la imagen, y citando la procedencia de la imagen en la firma 09/01/2026
Uliana Semenova, durante un partido con el Tintoretto GetafeFEBEuropa Press

Uliana Semenova tenía 73 años y problemas de movilidad derivados de la enfermedad que la convirtió en una jugadora de baloncesto tan determinante. Sufría acromegalia, una producción excesiva de la hormona que la llevó a un crecimiento físico descontrolado en sus primeros años de vida, lo que se dejaba notar ya en los modestos pupitres de las escuelas soviéticas.

Semenova medía 2,13. Lo mismo que Fernando Romay, sólo ocho centímetros menos que Vladimir Tkachenko, otra leyenda del baloncesto soviético de la época. Con 16 años ya ganó la Copa de Europa con el Daugawa Riga. Después llegaron diez más, ocho de ellas de manera consecutiva, y una Copa Ronchetti, el equivalente entonces a la Copa Korac masculina. Ligas soviéticas fueron 15 en 17 años. Entre 1968 y 1984 sólo dejó de ganar las de 1974 y 1978.

Con la selección tampoco le fue mal. Ganó dos oros olímpicos, en Montreal 76 y en Moscú 80; tres Mundiales y diez Europeos que llegaron de manera consecutiva.

La apertura de la URSS antes de que cayera el Muro de Berlín le permitió vivir una breve experiencia en el baloncesto español con el Tintoretto de Getafe en la temporada 1987/88.

Llegó con la temporada empezada, pero en seis meses llevó al modesto equipo madrileño a ser subcampeón de Liga y una leyenda que dice que era mejor persona que jugadora, a pesar de ser la más determinante del mundo.

Cuando llegó a España tenía ya 35 años y un tobillo deformado, demasiado castigado por cargar con el peso humano de una leyenda. Con el tiempo, ya retirada, tuvieron que amputarle el pie y vivió sus últimos años postrada en una cama.

Las normas de la URSS hicieron que ni siquiera su aventura en España le fuera rentable económicamente. El estado soviético se quedaba con el 95 por ciento de su sueldo. Al menos a ella le quedaba el consuelo de poder disfrutar de una casa, un dúplex que pagaba el club, que nunca hubiera podido tener en su Letonia natal bajo el manto soviético.

Las penurias económicas le impidieron reformar su casa para adaptarla a su reducida movilidad. Pudo hacerlo con la ayuda de sus antiguas rivales del Clermont francés, que recaudaron fondos para que en los últimos años fueran más amables para un mito demasiado humano.