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La vida se acabará en el Monumental

Boca y River se anularon en la ida de la final de la Libertadores y serán los últimos noventa minutos los que coronen al campeón.

  • Jugadores de River celebran el empate luego de un autogol de Carlos Izquierdoz, de Boca Juniors. EFE/Juan Ignacio Roncoroni
    Jugadores de River celebran el empate luego de un autogol de Carlos Izquierdoz, de Boca Juniors. EFE/Juan Ignacio Roncoroni

Tiempo de lectura 4 min.

11 de noviembre de 2018. 23:41h

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José Manuel Martín Madrid. 11/11/2018

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La mitad de la final del siglo pasó sin decidir nada. Los hinchas seguirán desvelados los trece días que quedan hasta el sábado 24, la cita definitiva para coronar al rey de América y llevar a la depresión a la otra mitad del país. Ninguno se fue a casa pensando que la cosa se le ha puesto de cara. Es verdad que los siguientes noventa minutos serán en el Monumental de River, pero como no hay valor doble de los goles fuera de casa, el empate lo deja todo equilibrado. Es verdad que los de Gallardo tendrán el aliento de su hinchada en lo que queda por jugar y también lo es que Boca no aprovechó el fervor de La Bombonera para ponerse en ventaja. Su estadio es una caja infernal para los rivales y en días como el de ayer, todo el barrio tiembla cuando su equipo salta a la cancha. Vibró el universo amarillo, aunque el equipo que mejor entró en escena fue River, gracias en mucha parte al movimiento de su entrenador. Gallardo, ausente por sanción, pobló su defensa con un central más, pero lo que en realidad consiguió fue ganar el centro del campo con sus carrileros. El clásico nació siendo de River y fue un actor inesperado el que sostuvo a Boca. Rossi, el portero suplente, cuestionado desde que se lesionó el titular, hizo tres paradones casi antes de empezar a sudar.

El círculo lo cerró su colega Armani en el último minuto del partido, con una «tapada» a Benedetto que hubiera sido el 3-2 y la ilusión para los bosteros. En medio de estas dos actuaciones transcurrió una vida, con sus alegrías y sus tristezas. Fue una montaña rusa según llegaban los goles, cantados con alivio entre tanta presión. Gritó Ábila, la torre que domina el ataque de Boca, y le respondió Pratto, el gladiador encargado del remate en River. Otra vez todo igualado, y la respiración contenida entre las hinchadas.

La lesión de Pavón previa le había permitido al técnico local corregir su pizarra, meter a Benedetto y equilibrar la zona ancha. El Pipa, agrandó su leyenda en esta recta definitiva de la Libertadores. En semifinales hizo dos tantos en la ida y otro en la vuelta. Ayer, cabeceó el 2-1 para que La Bombonera se fuera incendiada al intermedio. La gente cantaba para espantar los miedos y deseaba que se acabara todo ya. Estaban por delante del eterno enemigo, del vecino de enfrente y del compañero de trabajo. Un alivio que sólo era un espejismo, ya que quedaba mucho y Boca no supo aguantar el resultado. Equilibró River con un tanto en propia puerta de Izquierdoz y la cosa entró ya en el terreno del cuerpo a cuerpo, de la batalla contra el rival y el miedo a perder lo que se tenía.

A cada minuto que pasaba, River se sentía más feliz con el empate y Boca quiso darse una oportunidad más. Los mellizos Barros Schelotto metieron a Tévez, el ídolo local, hincha desde pequeño y multicampeón vestido de amarillo y azul. La tuvo el Apache, se la acunó con dulzura a Benedetto, que delante de Armani se acordó de su mamá fallecida. Falló, sigue el empate. Sigue el suspense.

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