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Thomas, el galés errante, gana en París su primer Tour, con victoria para Kristoff en la última etapa

El ganador del Tour ama el rugby, la cerveza, pero sobre todo la bicicleta. Su palmarés hasta ahora tenía más caídas que victorias

  • Geraint Thomas, a la izquierda, con el maillot amarillo, junto a Chris Froome en los Campoes Elíseos tras proclamarse campeón del Tour de Francia 2018. (AP Photo/Laurent Rebours)
    Geraint Thomas, a la izquierda, con el maillot amarillo, junto a Chris Froome en los Campoes Elíseos tras proclamarse campeón del Tour de Francia 2018. (AP Photo/Laurent Rebours)
París.

Tiempo de lectura 4 min.

29 de julio de 2018. 19:33h

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Ainara Hernando .  París. 29/7/2018

El británico Geraint Thomas (Sky) se ha proclamado vencedor de la 105 edición del Tour de Francia una vez disputada la vigésimoprimera y última etapa entre Houilles y París, de 116 kilómetros, en la que se impuso el noruego campeón de Europa Alexander Kristoff (Emirates).

Kristoff se impuso en París por delante del alemán John Degenkolb (Trek) y del francés Arnaud Demare (Groupama), con un tiempo de 2h.46.36.

Geraint Thomas entró en meta brazos en alto y al lado de Chris Froome, quien no pudo lograr su quinto Tour.

Subirán al podio Thomas como maillot amarillo, el holandés Tom Dumoulin (Sunweb), segundo, y el británico Chris Froome (Sky), tercero.

En las clasificaciones complementarias el francés Julian Alaphilippe (Quick Step) se adjudicó el jersey de la montaña, el eslovaco Peter Sagan (Bora) el maillot verde, el francés Pierre Latour (Ag2r) el blanco de mejor joven y por equipos se impuso el Movistar. EFE

La primera victoria de Thomas

«Mis amigos rozan el alcoholismo y tienen barriga de tanto beber. A mi me salvó el deporte». Así se resume Geraint Thomas. «G». Así lo llaman quienes lo conocen. Su vida es una continua huida. Una escapada constante hacia lo inusual. Así es él, siempre diferente. Viene de Cardiff, la capital de Gales. Una nación enajenada por el rugby y la cerveza. A «G» siempre le han gustado ambas cosas. Pero sin excesos. El rugby para verlo, la cerveza para disfrutarla hasta su punto justo. Siempre le gustaron las bicis.

En vez de pedir en casa que le llevasen a ver a los Lions, él no paró hasta que su padre instaló Eurosport para ver las carreras ciclistas. Niño rarito. En su país sélo había hasta él un precedente en cuanto a participar en el Tour. Fue Colin Luweig, el primer y único galés que había corrido la ronda gala. Él es el segundo y ya lo tiene en el bolsillo. Suyo. «Es algo surrealista, voy a tardar tiempo en darme cuenta de que lo he ganado», decíaminutos antes de subirse al cajón más alto de los Campos Elíseos, ese que esta reservado para unos pocos. Los más grandes de la historia del ciclismo de la que Thomas ya forma parte.

El camino hasta París ha sido largo. Con 12 años Thomas ya destacaba encima de la bicicleta, pero en otro ciclismo. El de la pista. El velódromo de Mandy Flyers de Cardiff fue testigo de sus primeros triunfos. Ganaba a niños mayores que él. Talento. Thomas ha sido tres veces campeón del mundo de pista y tiene dos medallas de oro olímpicas en persecución por equipos, en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y en Londres, cuatro años después. Con eso le hubiera bastado para ser considerado casi un «Sir». Pero él quiso más. En 2006 dio el salto a la carretera. Con su culo gordo y su físico de pistard. A afinar. Un año después debutó en el Tour con el Barloworld. Allí conoció a otro chaval, blanquito lechoso y tan desconocido como él y que también estaba empezando en esto de la bici, Chris Froome. Desde entonces se hicieron amigos.

Ese año, Thomas, como Froome, conoció el Tour. Se dio de bruces contra él. Acabó penúltimo, pero su director en el equipo sudafricano se quedó prendado de su capacidad de sufrimiento en las montañas para llegar a París. «Aquello me enseñó muchísimo». Once años después ha domado el Tour. «Nunca hubiera podido imaginar conseguir algo así, siempre he intentado ir cumpliendo pasos. Ahora con la victoria en mis manos es como si un muro se hubiera derribado de golpe. Es insensato. Surreal». Thomas ha sabido mejor que nadie esperar su momento. Hasta ahora, su palmarés estaba más plagado de caídas que de victorias. El año pasado se la pegó en el Giro, donde corría por primera vez con galones compartidos con Mikel Landa, y también en el Tour. También se cayó hace un mes en el prólogo del Dauphine que después ganó. Y en el Tour de 2016, en un escalofriante incidente que asustó a los médicos. Cuando fueron a auxiliarle y le preguntaron su nombre él contestó que se llamaba Chris Froome. Hasta que no empezó a reírse los galenos no rebajaron su pánico.

El humor negro e irónico que lo caracteriza es marca de la casa. Y su inteligencia. De ella ha tirado también para ganarel Tour. «Aquí no cuentan solo las piernas, la diferencia la hace la cabeza». La suya no sólo ha sido la más fuerte, también la más tranquila. Siempre ha sabido mantener la calma y la compostura y en ningún momento entró en posibles guerras con Chris Froome por el liderato dentro del equipo Sky. El keniano, un caballero como siempre acostumbra, se lo ha cedido sin miramientos. «Sería estúpido que hubiéramos perdido la carrera por una pelea interna».

De su Tour, dice Geraint Thomas, «me quedo con la victoria en Alpe d’Huez. No lo esperaba y es una cima mítica. Me dio mucha confianza porque sufrí mucho durante la etapa, me sentí vulnerable, pero mantuve la calma». Después, en los Pirineos, nadie logró ponerlo en apuros.

«Esto es como un torbellino», asegura. «Lo voy a celebrar comiéndome una hamburguesa y una cerveza». En eso sí que Geraint Thomas es un galés típico.

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