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Emery, de jugador a míster en cinco horas

Era lateral del Lorca en Segunda B y le ofrecieron ser técnico. Cuando se decidió se compró una enciclopedia de psicología

  • 13 años han pasado entre estas dos fotos. A la izquierda, el Emery técnico del PSG. A la derecha, sus inicios en el Lorca, donde pasó de jugador a entrenador de un día para el otro
    13 años han pasado entre estas dos fotos. A la izquierda, el Emery técnico del PSG. A la derecha, sus inicios en el Lorca, donde pasó de jugador a entrenador de un día para el otro

Tiempo de lectura 4 min.

13 de febrero de 2018. 02:56h

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José Aguado 13/2/2018

Aitor Huegun detiene cinco minutos su taxi para contestar al teléfono. A Emery le preguntaron cómo había resuelto la crisis de los penaltis entre Neymar y Cavani y puso a Aitor como ejemplo. «Con naturalidad, como hice desde la época del Lorca. Le cuento: yo era compañero de Huegun y luego pasé a ser su entrenador. Él era el especialista en tirar los penaltis, pero su efectividad no era alta. Era mi amigo, pero tomé la decisión de que no los tirara. Se enfadó»... A Aitor se le llenó el teléfono de bromas sobre esas palabras. «¡Si yo nunca tiraba los penaltis!», dice entre risas. «Nunca tuvimos esa discusión».

Huegun era el delantero del Lorca en la temporada 2004-05. A finales de diciembre su compañero, Unai Emery, un veterano extremo izquierdo reconvertido a lateral, se convirtió en su entrenador. El equipo buscaba un revulsivo. Su director deportivo, Pedro Reverte, hoy director deportivo del UCAM, apostó por ese futbolista tan preparado. «Estaba al día de todo y se preocupaba de los rivales. Ver un jugador así es raro, normalmente los futbolistas no se interesan por tantas cosas. Es complicado que un jugador en activo ya tenga el nivel y haya pasado los exámenes para entrenar».

«Era un “pesao”», resume más gráficamente Huegun, que le tuvo como compañero de habitación antes que de jefe. «Siempre había sido un entrenador encubierto. Era una enciclopedia, sabía estadísticas de los rivales, se leía la prensa... Decía: “He visto un vídeo no sé dónde”. Pedro Reverte le pedía consejo cuando aún era futbolista», asegura. Ofrecerle entrenar fue un paso natural, pese a que Emery sólo tenía 33 años: «Me reúno con él y se lo comento. Él no lo espera y me dice que le dé un día para tomar la decisión. No pasaron cinco horas antes de que me dijese que sí».

El 19 de diciembre de 2004 el Lorca había perdido contra el Ceuta, el 28 de ese mes, Emery entrena al equipo por primera vez. Físicamente, es un Emery muy parecido al de ahora, más flaco, pero con la misma determinación. El problema es que sus compañeros antes de Navidad ahora eran sus subordinados y la relación ya no podía ser la misma. «Claro», dice Reverte, «tienes que ser más distante, tienes que alinear once y dejar a alguien fuera, te tienes que distanciar». Con el propio Reverte hacía kilómetros y kilómetros en coche para ver rivales y asegura que Unai hizo lo que tenía que hacer: «Crear una distancia con sus ex».

Hay quien recuerda, sin embargo, que Unai cambió de forma de ser. «No tengo nada que hablar de él», asegura un ex futbolista del Lorca que no quiere dar su nombre, pero que no ha podido olvidar. «Engañaba a la gente, prometía una cosa y luego no la cumplía». Huegun reconoce que también se llevó un «chasco» inesperado de su excompañero. «Ocurrió porque no fue claro conmigo. Tenía mucha relación y en una ocasión le dije: “No estás siendo sincero conmigo”, él me decía que sí, pero no, no lo fue».

Huegun lo recuerda sin rencor porque, más allá del aspecto personal, reconoce la valía de Emery como técnico: llevó al Lorca a Segunda e hizo un trabajo espléndido. «Nada más nombrarle se compró una enciclopedia de psicología de no sé cuántos tomos. Y desde el primer día empezó con los vídeos. Ojo, que en esa categoría, en esa época, sin medios, se las apañó para conseguir resúmenes de las jugadas de estrategia de los rivales y te corregía en los entrenamientos. Hasta entonces no dábamos importancia a ese trabajo y con él, sí».

Han pasado ya 13 años y su dedicación sigue intacta.

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