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El Sevilla acaba con el sueño del Leganés y jugará la final de Copa

El equipo de Montella se enfrentará por el título al ganador del Valencia-Barcelona.

  • El Sevilla acaba con el sueño del Leganés y jugará la final de Copa

Tiempo de lectura 4 min.

08 de febrero de 2018. 07:44h

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Lucas Haurie 7/2/2018

Terminó la maravillosa aventura en la Copa del Leganés, que no pudo repetir en el Sánchez Pizjuán las gestas de Villarreal y el Santiago Bernabéu. Cobardón e inofensivo, el conjunto pepinero no supo jugar con las dudas de un Sevilla que encaraba la vuelta en un estado cercano a la depresión y sale de ella eufórico, disparado hacia su novena final en doce años. El ganador confirmó su asentamiento en la grandeza, incluso en una temporada convulsa y con groseros errores en la planificación. El modesto apuró hasta las heces el cáliz de la ilusión pero habrá de conformarse con lo hecho.

El miedo se palpaba en los primeros minutos en ambos conjuntos, un pánico cerval, jindama absoluta de los unos, porque sabían que estaban ante una oportunidad pintiparada para enderezar una temporada enrarecida, y canguelo máximo en los otros, conscientes de que vivían la única ocasión de sus vidas para llevar a un modesto a las puertas del cielo. Ese miedo impedía que los veintidós hombres se soltasen y corrían como pisando huevos. Sobre todo los defensas, asustados por la posibilidad de cometer un fallo decisivo. Así, Escudero no le entró a El Zhar a los dos minutos y el marroquí aprovechó para meter un centro raso que cazaba Beauvue en el primer palo para ejecutar un remate avieso que rozó el larguero.

La réplica, antes del cuarto de hora, fue bingo para el Sevilla. Muriel le ganó la partida a Rico con un cambio de ritmo pero la jugada habría terminado en Bustinza si su cruce, miedoso, hubiese sido mínimamente contundente. El colombiano se quedó con el rebote y sirvió un pase de la muerte a Correa, que abría el marcador a placer. El goleador andaba echándole ojeadas al banquillo desde el primer minuto, quejoso de un dolor en el muslo que hizo calentar a Sandro, pero desapareció en cuanto marcó y acabó disputando todo el encuentro.

La desventaja paralizó al Leganés, incapaz de crear nada en la media hora siguiente, en la que los locales le entregaron balón y espacio, pero no supieron qué hacer con ellos. Apenas un tiro lejano de Gabriel Pires sobre el que se acostó Sergio Rico, una parada saludada por una ovación del respetable a mitad de camino entre el alivio y el choteo. Al contrario, los sevillistas asustaron a Champagne con dos remates, uno de Banega y otro de Escudero, que salvó Tito ambas veces a portero batido.

Asier Garitano no varió su estrategia un ápice en el regreso del descanso. Su obligación era marcar un gol y eso puede ocurrir en el minuto uno, en el noventa o en el añadido. El plan consistía en macerar al Sevilla en su propia incertidumbre para arañar el tanto salvador en cualquier despiste. Pudo hacerlo nada más volverse del camerino, con un libre directo de Beauvue que lamió la cruceta, pero lo cierto es que esperó a los veinte minutos finales para lanzarse de verdad a por la igualada.

El paso adelante generó espacios para los sevillistas, pero el reloj marcaba que el tiempo de las precauciones había concluido. Cada carrera de Muriel, que ha sufrido una feliz metamorfosis en el último mes, era una amenaza seria para el Leganés. Champagne mantuvo con vida a los suyos al detener un disparo centrado de Sarabia y así llegó a sus deseados minutos finales con el recurso de Mantovani como ariete al más puro estilo Alexanko. No tuvo opción el argentino ni ninguno de sus compañeros porque el despeje del primer balón colgado cayó en Sandro, que sirvió al Mudo Vázquez, aún con gasolina para ganarle la porfía a Siovas y certificar la clasificación sevillista con un zurriagazo al techo de la red.

Como en una metáfora de lo vivido, el capitán leganense, el hombre que llegó al club en Segunda B y quería acompañarlo hasta la final de Copa, terminó el encuentro con la cabeza abierta y manando abundante sangre tras un choque con Mercado. Intentó volver al campo, pero ya no merecía la pena, pues todo estaba resuelto. No había tiempo para nada. Es la imagen de un equipo indesmayable que persiguió la gloria mucho más allá de los límites del deber. Por una vez, loor al vencido.

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