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Lucas Eguibar: «No dependo de un resultado para ser feliz»

El abanderado español habla de su deporte, el snowboard cross, y de cómo el accidente de su hermano le cambió la vida

  • Lucas Eguibar, con dos años, ya estaba sobre unos esquís. Cuando tenía quince se pasó al snow
    Lucas Eguibar, con dos años, ya estaba sobre unos esquís. Cuando tenía quince se pasó al snow / Eurosport

Tiempo de lectura 4 min.

09 de febrero de 2018. 01:22h

Comentada
Francisco Martínez 9/2/2018

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Lucas Eguibar (San Sebastián, 9/2/1994) tendrá hoy un cumpleaños especial: es el abanderado español en la ceremonia inaugural de los Juegos de Pyeongchang. Será su segunda cita olímpica. Antes de la anterior, sucedió un acontecimiento que le cambió la vida: su hermano Nicolás tuvo un grave accidente de moto, le dieron seis horas de vida, pero salió adelante y juntos se hicieron una promesa: uno, de sobrevivir casi; y el otro, de intentar ser el mejor en su deporte, el snowboard cross, una carrera «surfeando» en la nieve, en una bajada con obstáculos de un minuto más o menos en la que alcanzan los 90 kilómetros por hora y hacen saltos de hasta 45 metros. Lucas aspira a medalla en estos Juegos, que se retransmiten por Eurosport y DMax.

–¿Es verdad que hubo una promesa con su hermano?

–Sí, algo así. El accidente a mí me hizo reaccionar, pensar si lo estaba haciendo bien... No sé, me hizo replantearme quién era yo, qué iba a hacer y cómo lo iba a hacer. Me ayudó en eso, me hice las preguntas, que esto se puede acabar en un momento, puede ser hoy, mañana, igual dentro de 40 años... Y me hizo replantearme: ¿si me pasa como a mi hermano y tengo un accidente, voy a estar a gusto con mi vida? Y dije: «Mira, tengo la oportunidad de hacer snow y de hacerlo muy bien, así que voy a por todas». Y luego, como todo salió bien con él, me puse más feliz, empecé a entrenar; y él, cuando yo hacía carreras siempre iba a verlas, de hecho las sube a Facebook y las comenta, y se pone muy contento, y más cuando gano. Tiramos mutuamente uno del otro.

–¿Hay un Lucas antes y después de aquello?

–Por supuesto. Lo que más he notado ha sido como persona, me importa mucho más la gente y lo que me rodea. Al final no dependo de un resultado para ser feliz. Lo que intento ahora es llegar feliz a las competiciones, porque con eso y una mentalidad positiva tengo más oportunidad de hacer algo. Y valoro más el deporte, la vida que llevo.

–El año pasado, otro golpe: poco después de que usted ganara dos medallas en el Mundial, fallece su entrenador, Israel Planas...

–La temporada pasada fue bonita por una parte, pero muy triste. Fue una montaña rusa, la recuerdo como dura. Primero los resultados no salían, de repente llega el Mundial y gano dos medallas y a los dos días el entrenador... Fue raro, no sé, muy difícil. Con mi hermano aprendí mucho y con esto, más.

–¿Por qué cambió los esquís por la tabla de snow?

–Me gusta mucho, y también fue un poco el cansancio. Con cinco años empecé a competir en esquí y estuve hasta los 15. Estar compitiendo 10 años, y con tu padre como entrenador, lo que significa que estás entrenando 24 horas, acabé cansado. El snow se parecía, empecé a probar, hice varias competiciones que me salieron bastante bien, luego me dieron una oportunidad de ir al equipo nacional y empecé a mejorar poquito a poquito...

–Creo que casi gana una de las primeras carreras...

–No, qué va. En la primera quedé el último, pero recuerdo que en la primera temporada quedaba el 80, luego el 75, el 60... Veía la mejora. En la segunda temporada cambié de entrenadores y en la última carrera quedé como el 35 de la Copa de Europa. Al año siguiente, pasé del 35 a ganar el circuito europeo. Fue increíble, nos pusieron ahí las pilas. Empecé a ir a la Copa del Mundo, fui a los Juegos... Di el salto. Hasta ese momento, casi no veía un euro.

–¿Vive de su deporte?

–Nosotros dependemos de resultados, vivimos año a año, por eso hay que tener la cabeza fría para estar tranquilo en las carreras, no pensar en eso, porque hay presión. Pero el deporte es así, no sólo el mío, sino muchísimos. A ver, con los resultados del año pasado, por ejemplo, me da para vivir y para ahorrar, pero éste podría pasar de 10 a 3.

–¿Cómo definiría su deporte?

–Quizá la gente lo ve como muy alocado, pero desde dentro es otra cosa. Si tienes un circuito y tienes la capacidad de estar tranquilo, para nada es alocado. Cada circuito tiene su tiempo: hay un momento para adelantar, otro para que te adelanten... Eso sí, también hay muchas caídas.

–¿Es un deporte exigente?

–Necesitas de todo. Puedes ser el mejor técnicamente, pero si no tienes un físico que te haga aguantar toda la bajada, porque a veces estamos a 2.500 metros y bajas un minuto 20 segundos, no vas a llegar a ningún lado, porque vas a empezar a equivocarte. Y luego lo que te hace estar en la cima es la cabeza: saber qué hacer, no ponerte nervioso... Y conocer los circuitos y los puntos débiles de los rivales.

–Es abanderado...

–Me lo tomo como un regalo. Estoy superagradecido y con mucha ilusión. En Sochi no desfilé, me han preguntado si voy a estar nervioso o no... Pues no lo sé, supongo que un poco sí.

–¿Cuántos tatuajes tiene?

–Perdí la cuenta.

–¿Qué significan?

–Hay de todo, alguno me lo hice con un amigo y no significa nada; luego hay otros, por ejemplo uno de los primeros, en el que hay unas montañas con una tabla de snow, me lo hice después de momentos malos por temas familiares: yo lo único que quería era irme a la nieve, todavía no me dedicaba profesionalmente a esto, pero para mí ir a la nieve era salirme de todo. El snow en ese momento significó mucho, y ahora, más.

–¿Sigue siendo liberador?

–Sí, sí. En la nieve olvido totalmente lo que está pasando fuera. Puede haber algún lío, algo que no me gusta, que mi madre me eche la bronca... Pero luego llego a la carrera, me centro en mi bajada y me va todo muy bien.

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