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Han caído dos de los nuestros

La Razón
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Bernat Martínez y Dani Rivas tenían muchas cosas en común. Entre ellos y, en general, con todos los aficionados. Poseían una afición desmedida. Disfrutaban de las carreras y de la velocidad. Soñaban con los escenarios míticos del deporte del motor. Se emocionaban ante las proezas de los pilotos de más nivel que ellos, a los que emulaban en cada curva. Y, finalmente, conocían perfectamente los riesgos de su afición y asumían el precio que, en algunas ocasiones, se cobra una actividad como la que ellos desarrollaban. Todos los que nos ponemos frente a un manillar o al volante de una moto o coche de carreras lo conocemos y asumimos. Y rezamos para no vernos en una circunstancia como la que ellos han encontrado. Pero esto no implica temor, sino conocimiento profundo de la esencia de las carreras. Y lo aceptamos. Lo contrario sería ser temerario e irresponsable, cosa que ellos no eran. No tenían miedo. Si lo hubieran tenido, se habrían bajado de la moto en ese mismo instante. Eran responsables de lo que hacían a pesar de que su afición sin límites les haya costado la vida. Ambos tenían una larga experiencia en carreras del máximo nivel. Estaban en el ambiente de las competiciones de Superbikes y Supermotard. Dominaban la moto en todas sus circunstancias. Su accidente no ha sido, en ningún caso, debido a la impericia, sino a la fatalidad. La mala suerte, presente en todos los deportes pero que en algunas especialidades, como las relacionadas con el motor, puede resultar trágica. Bernat y Dani son el reflejo de miles de motoristas que sueñan con vivir la experiencia única de pasar por el «sacacorchos» de Laguna Seca, o recorrer las 178 curvas del viejo Nurburgring, o dejarse emborrachar por las estrechas carreteras y los saltos de la isla de Man. Quien no ha sentido nunca cómo se cierra el estómago en momentos como éstos no puede entender esta vida. No puede entender estas muertes.