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Alcaraz-Nadal, tabaco negro y güisqui

Djokovic, ahora, es el Antonio Mairena con quien nunca peleó Camarón

Carlos Alcaraz y Rafael Nadal conversan durante el partido este viernes en la Caja Mágica.
Carlos Alcaraz y Rafael Nadal conversan durante el partido este viernes en la Caja Mágica. FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Juan Vargas Pérez era un aficionado cabal que ya le había puesto su apellido a la Venta Eritaña, una taberna a la entrada de San Fernando que regentaba su familia desde la década de los veinte. Manolo Caracol, en la cima de su fama, era el monarca absoluto de los cantaores y podría haber dicho, como un Luis XIV del arte jondo, «el flamenco soy yo». Aquella noche de 1959, le presentaron a un mocoso de pelo color paja del que se decía en la Isla que estaba poseído por el duende: «Que cante el rubillo», pidió Caracol. Se quedó impresionado.

Pasaron diez años y José Monge Cruz, aquel gitanito rubio ya había adquirido cierto renombre en el tablao madrileño de Torres Bermejas, donde se ganaba la vida anunciándose como Camarón de la Isla. En la Venta Vargas se celebraba, a finales de agosto de 1969, un homenaje a Pericón de Cádiz al que asistía Caracol, sexagenario y ya retirado de los escenarios. El joven se fue derechito a su reservado para retar a quien le triplicaba la edad con toda la insolencia de los 18 años. En la pequeña habitación, que sus ocupantes llamaban «el cuarto de los cabales», el maestro y sus amigos juergueaban entre güisqui a palo seco y humo de tabaco negro.

El consagrado, cuenta Antonio Lagares en su libro dedicado al mítico establecimiento, «Venta de Vargas», le pidió al Niño de los Rizos que pusiera la cejilla en el tres; el joven replicó en el cuatro y Caracol todavía tuvo arrestos para rematar un fandango con un tono más, en el cinco. Pero cayó exhausto en su silla mientras Camarón le dedicaba un cante en el seis y otro en el siete, antes de irse con el cetro del flamenco en su poder. El relevo se había consumado a la vista de todo el mundo.

Al terminar ayer el primer set del partido que enfrentó a Nadal con Alcaraz en la pista Manolo Santana, cualquier aficionado al tenis con una mínima noción de flamenco rememoraba aquel episodio despiadado que tan bien ilustra la brutalidad de cualquier cambio generacional. Paso a quien se abre paso. En el penúltimo punto del tercer juego de la segunda manga, sin embargo, el adolescente murciano –el jueves cumplió los 19– tropezó en un desplazamiento lateral y se torció el tobillo. «Haz que llueva», cuentan que le pedía Rafa de niño al tío Toni cuando veía que se le complicaba un partido y sólo un aplazamiento por un chaparrón podía salvarlo.

Durante una hora, incluida una larga interrupción por el vahído de una espectadora que tuvo que ser atendida en la grada, parecía que los poderes sobrenaturales de la familia Nadal detendrían la escabechina. El mallorquín entró como un ciclón por el resquicio de debilidad de su rival, más pendiente de su pie que de no encadenar errores y de un sumarísimo 1-6, con veinte puntos ganados por su rival sobre los veintidós últimos del set. Era una historia mil veces repetida: Rafa, cuando no lo rematan, sale del sepulcro para protagonizar una remontada siquiera inimaginable para cualquier otro tenista. Excepto que esta vez...

Esta vez, estaba Camarón al otro lado de la red, repartiendo palos (de saque, de revés, de drive...) con la fuerza del que canta, eso mismo, todos los palos por derecho: bulerías, peteneras, martinetes... Ni Dios, que es omnipotente, puede detener el paso del tiempo y cuando lo nuevo irrumpe, lo viejo desaparece inexorablemente por admirado y venerable que sea. Hoy juega Alcaraz con Novak Djokovic, que es el Antonio Mairena con quien jamás se enfrentó aquel niño rubio de la Isla.