Cine

«Django desencadenado»: La feliz reinvención del estereotipo

Dirección y guión: Quentin Tarantino. Intérpretes: Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Samuel L. Jackson. EE UU, 2012. Duración: 167 minutos. Western.

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Godard solía decir que cuando hacía películas, escribía críticas, y que cuando escribía críticas, hacía películas. Tarantino debe de conocer tan lúcido aforismo, porque al llevar el spaghetti western a su propio terreno no ha hecho más que redactar un ensayo sobre el contenido político implícito en el género y la vigencia de sus irascibles intenciones en el mundo en que vivimos. El director escribe críticas para sí mismo, y lleva bastante tiempo preparando un libro sobre Sergio Corbucci que no piensa publicar. Existe una razón poderosa para no publicarlo: para el público de a pie ese libro se titula «Django desencadenado». Desencadenar a los estereotipos de su naturaleza para comprobar si resisten el viaje, el desplazamiento en el tiempo y en el espacio, e intervenir, de paso, en el devenir histórico, ese es el objetivo de Tarantino. Y vaya si lo consigue.

«Django desencadenado» parece surgir del deseo de enmendar las debilidades de «Malditos bastardos». Otra vez un clásico de culto del cine italiano como punto de partida, otra vez la venganza, otra vez la reescritura de la Historia. Pero la coralidad de aquélla, que dispersaba el interés dramático de sus héroes, completamente desdibujados, en beneficio de un villano legendario, se equilibra mucho mejor en esta ocasión, a pesar de que Django (Jamie Foxx), el esclavo libre, acabe siendo menos que la suma del trío de secundarios que lo acompañan (extraordinarios Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio y Samuel L. Jackson). Los tres liberan una dimensión de Django y a la vez reinventan tres estereotipos del género de un modo que hace que cada escena sea sorprendente. No conforme con eso, Tarantino añade una nueva capa de significado al periplo de Django: su viaje es el de Sigfrido en busca de su Broomhilda, una relectura más de un mito, «El anillo de los nibelungos», cuya ascendencia germánica cierra el círculo de los vínculos de esta estimulante película con «Malditos bastardos». No todo funciona en «Django desencadenado». El tercer acto es precipitado y pierde la eléctrica fluidez del resto del filme, lograda gracias a un endiablado dominio del «tempo» narrativo y al tenso intercambio de réplicas que dinamiza cada rincón de las secuencias. Al final, da la impresión que Tarantino quería hacer una película más larga, aún más ambiciosa. ¿Malos tiempos para un «Django desencadenado, volumen 2»?