La estrategia de China que Estados Unidos necesita

El presidente Joe Biden debería trabajar por un gran acuerdo con los aliados democráticos de Estados Unidos

DAMIR SAGOLJREUTERS

El logro de la Administración Trump fue reconocer la amenaza autoritaria de China. La tarea de la Administración Biden será decidir qué hacer al respecto.

El instinto de Donald Trump era que Estados Unidos dirigiera esta lucha sin ayuda. Los viejos aliados eran secuaces, no socios. Mientras Joe Biden prepara su estrategia para China, debería elegir un camino diferente. Estados Unidos necesita hacer un gran trato con países de ideas afines para aunar esfuerzos. Los obstáculos para una alianza tan nueva son grandes, pero los beneficios serían mayores.

Para ver por qué, considere en qué se diferencia la guerra fría contra China de la primera. La rivalidad con la Unión Soviética se centró en la ideología y las armas nucleares. El nuevo campo de batalla de hoy es la tecnología de la información: semiconductores, datos, redes móviles 5G, estándares de internet, inteligencia artificial y computación cuántica. Todas esas cosas ayudarán a determinar si Estados Unidos o China no solo tienen la ventaja militar, sino también la economía más dinámica. Incluso podrían dar a uno de los rivales una ventaja en la investigación científica.

La primera guerra fría creó mundos de espejo separados. Los protagonistas de la segunda están interconectados. Eso es en parte el resultado de la integración de China en la economía global, especialmente después de que se uniera a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001. Pero también se deriva de la eficiencia de la red de muchas empresas tecnológicas, que recompensan el tamaño y la difusión. Y refleja lo difícil que es para un país dominar la gama completa de especialidades en la economía tecnológica. En chips, digamos, los diseños estadounidenses o británicos se pueden hacer en plantas taiwanesas, utilizando equipos japoneses y holandeses con lentes alemanes antes de ser ensamblados en fábricas chinas. No es casualidad que la Corea del Norte autárquica pueda construir armas nucleares, pero no computadoras avanzadas.

El Partido Comunista de China ha entendido que la tecnología es el camino al poder. China está bendecida con un vasto mercado, ambición y mucho talento trabajador. El partido sobrealimenta los esfuerzos de las empresas chinas con subsidios y espionaje industrial. Consciente de la importancia de la escala, China está promocionando sus tecnologías asegurando contratos de exportación, promocionándose como una potencia digital utilizando la Iniciativa Belt and Road y llevando a cabo una campaña de establecimiento de estándares pro China en organismos globales.

La abrasiva respuesta individual de Trump ha tenido algunos éxitos. Ha intimidado a algunos aliados para que dejen de comprar equipos para redes 5G de Huawei, una empresa china. Y, al amenazar con sanciones a los fabricantes de chips que suministran a Huawei, lo ha dañado.

Pero a la larga, este enfoque favorece a China. Ya ha acelerado los esfuerzos de China para crear su propia industria de chips de clase mundial, aunque eso podría llevar fácilmente una década o más. Más importante aún, si un Estados Unidos acosador siempre se enfoca únicamente en sus propios intereses estrechos, alejará a los mismos aliados que pueden ayudarlo a mantenerse a la vanguardia en tecnología. Europa es cada vez más reacia a dejarse abierta a la presión estadounidense.

El más alto tribunal de la Unión Europea ha restringido dos veces la transferencia de datos a Estados Unidos, donde pueden ser recogidos por las agencias de inteligencia. Y los políticos europeos han anunciado planes para imponer reglas en la nube, imponer impuestos digitales a los gigantes tecnológicos estadounidenses y limitar las adquisiciones extranjeras, incluidas, potencialmente, las estadounidenses.

Un gran trato convertiría ese conflicto con Europa en colaboración. En lugar de ser consumidos por disputas, los aliados podrían compartir un enfoque sobre temas como impuestos, reglas de adquisición y cadenas de suministro. Por ejemplo, el reglamento general de protección de datos de Europa (GDPR) está en camino de convertirse en un estándar de facto fuera de Europa. Con una colaboración más estrecha en inteligencia, la alianza podría estar más alerta a las amenazas a la seguridad de los piratas informáticos y las empresas de tecnología chinos.

Al coordinar sus esfuerzos en tecnologías críticas, podrían especializarse en lugar de duplicar la investigación. Al diversificar las cadenas de suministro y examinar cada eslabón, pueden protegerse de interrupciones accidentales o malévolas. Al trabajar juntos en estándares técnicos como Openran, que utiliza principalmente hardware estándar para redes 5G, pueden crear un entorno favorable para sus propias empresas. Fundamentalmente, al colaborar en las normas éticas sobre, digamos, el reconocimiento facial, pueden proteger sus sociedades.

En lugar de dejar a Estados Unidos aislado, un gran trato lo ayudaría a mantenerse a la vanguardia en la carrera por el dominio tecnológico al brindarle los beneficios de una cooperación más estrecha con países de ideas afines. Toda la alianza se vería impulsada por los formidables efectos de red de la industria tecnológica. Un trato también dejaría a Estados Unidos más abierto a la colaboración científica transfronteriza y la inmigración, algo vital para un lugar que prospera con las contribuciones de estudiantes extranjeros, muchos de los cuales se quedan para realizar investigaciones o trabajar en tecnología. Esa apertura es una fuerza de la que carece China.

Algunas personas argumentan que la cooperación de este tipo necesita un tratado, una institución como la OTAN o la OMC. Pero eso llevaría mucho tiempo configurarlo. Lo que poseería en gravedad carecería de flexibilidad. Una alianza como un G-7 ampliado sería más adaptable y menos torpe.

De cualquier manera, llegar a un gran trato será difícil. Por un lado, Estados Unidos tendría que reconocer que no es tan dominante como lo era cuando estableció la gobernanza global después de la Segunda Guerra Mundial. Tendría que estar dispuesto a hacer concesiones a sus aliados en este momento -sobre privacidad, impuestos y algunos detalles de la política industrial, por ejemplo- para proteger su sistema de gobierno a largo plazo. Para que la estrategia sea creíble en el exterior, sería necesario un consenso bipartidista en Washington.

Los aliados de Estados Unidos también tendrían que hacer concesiones. Tendrían que confiar en un país que, con Trump, a veces ha mirado con desprecio la alianza transatlántica. Algunos europeos tendrían que moderar su sueño de convertirse en una superpotencia que se distinga tanto de China como de Estados Unidos.

Sin embargo, ese sueño europeo siempre ha parecido descabellado. Y si algo puede superar las divisiones en Washington, China puede hacerlo. Además, los sacrificios valdrían la pena. Un gran trato ayudaría a centrar la competencia con China en la tecnología, lo que podría permitir la distensión en áreas donde la colaboración es esencial, como frenar el calentamiento global, la salud y, como ocurre con la Unión Soviética, el control de armas. Un gran trato podría hacer que el mundo sea más seguro al hacerlo más predecible. Cuando las superpotencias se ponen en curso de colisión, eso es algo profundamente deseable.

© 2020 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos están reservados. Desde The Economist, traducido por Pedro García Poyatos bajo licencia. El artículo original en inglés puede encontrarse en www. economist.com