El fin de la historia y el principio de lo mismo

El liberalismo ha sido el responsable de un impulso sin precedentes en la historia y de que las sociedades, salvo excepciones, sean más prósperas y justas, pero ahora está acosado y todo corre peligro

Francis Fukuyama
Francis Fukuyama

Francis Fukuyama, americano de origen japonés, saltó a la fama en 1992 con la publicación de un libro de título atractivo: «El fin de la historia y el último hombre». El Muro de Berlín había caído hacía poco y el comunismo mostraba su desnudez, su crueldad y su fracaso absoluto. Fukuyama defendía la tesis entonces de que la historia había concluido, entendida como una contienda de ideologías. Al mismo tiempo proclamaba el triunfo de la política y economía de libre mercado. Sus teorías fueron muy discutidas, pero durante unos pocos años incluso pudieron parecer acertadas.

Con el transcurso del tiempo, el propio autor matizaría muchos asuntos, pero cuando están a punto de cumplirse 30 años de la aparición de «El fin de la historia», Fukuyama mantiene un cierto prestigio y es un ensayista notable, pero también forma parte de la legión de falsos profetas sociales, incluido el mismo Karl Marx, que tanto ensalzan algunos en la parte de Unidas Podemos del Gobierno de Pedro Sánchez y, por supuesto, ese nuevo y reconvertido tertuliano llamado Pablo Iglesias, sin duda mucho más cómodo ante los micrófonos de alguna emisora de radio que en la tribuna del Congreso de los Diputados.

Fukuyama anunció el triunfo del liberalismo, con los matices que se quiera, y sobre todo del liberalismo occidental. Pues bien, casi un tercio de siglo después los enemigos del liberalismo gozan de excelente salud y parecen juramentados para destruirlo. Populistas extremos de izquierda y de derecha han declarado la guerra al liberalismo. Han ganado batallas importantes y controlan posiciones estratégicas. Además, la nueva gran potencia, China, se burla del liberalismo «por ser egoísta, decadente e inestable», como precisa el semanario «The Economist», que advierte sobre «la amenaza de la izquierda iliberal».

En España, está claro, sería Unidas Podemos, pero también ERC más allá del independentismo, la CUP y los más radicales del PSOE. A todos ellos se uniría la «derecha iliberal», nutrida sobre todo de lo más extremista de Vox, el partido de Abascal, en donde solo una parte de la cúpula –y no toda– abraza un credo hasta cierto punto liberal. El desorbitado debate sobre el incremento –que es un problema, es cierto– del precio de la luz es un ejemplo paradigmático de la aversión liberal de una parte de la sociedad española que, desde un malestar comprensible, reclama soluciones tan intervencionistas que, incluso a medio plazo, agravarían el problema.

Desde hace 250 años, el liberalismo ha impulsado un progreso sin precedentes en la historia de la humanidad y todavía hoy, a pesar de la Gran Recesión y de la pandemia de la COVID-19, el mundo –salvo excepciones como la afgana de los talibanes– es mejor, más próspero y más justo que el que describió Fukuyama cuando cayó el Muro de Berlín. En esos dos siglos y medio el liberalismo tuvo que lidiar sobre todo con el comunismo y con el fascismo que, más o menos disfrazados y en versiones incluso digitales, sueñan con otro mundo. La derecha trumpiana en Estados Unidos, la deriva autoritaria de Orban en Hungría y la trayectoria de Putin en Rusia son algunos ejemplos y también modelos para iliberales. Pero también están ahí las utopías fracasadas de Cuba y Venezuela, que demuestran que el fin no justifica los medios.

«The Economist», que dice que «ser un auténtico liberal es un trabajo duro», rescata una frase de Milton Friedman: «La sociedad que antepone la igualdad a la libertad terminará sin ninguna de las dos». Ese suele ser el resultado de los populismos –siempre antiliberales– de izquierdas y de derechas que ahora también intentarán aprovechar la nueva era del fin del dinero ilimitado y casi gratis para dar un nuevo golpe.

La Reserva Federal que preside Jerome Powell dio hace unas semanas el primer paso. El jueves el Banco Central Europeo, con Christine Lagarde al frente, siguió con el mismo camino, aunque con timidez. Tardará más o menos, pero es inevitable que el dinero vuelva a ser más escaso y caro y los populistas y sus gobierno culparán al liberalismo, que tendrá que volver a defenderse porque nadie le garantiza su supervivencia. No es el fin de la historia, como profetizó falsamente Fukuyama, sino el principio de lo mismo.

Yolanda Díaz: prologuista «inspirada» de la reedición del Manifiesto Comunista

La vice segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, firma un prólogo a una nueva edición del Manifiesto Comunista. El texto, muy elaborado y detallado, también pasó por las manos de uno de sus dos jefes de Gabinete, Josep Vendrell, un veterano del PSUC y exdiputado de Unidas Podemos-En Comú Podem. La vice, que en algún momento se declaró socialdemócrata ante varios empresarios, proclama sus convicciones comunistas y ve mágico el texto que prologa.

El gas, los metales preciosos y las «alertas rojas» de los bancos americanos

El precio del gas, con ligeros altibajos, sigue al alza y está cerca de alcanzar una revalorización del 100% este año. Contrasta con el comportamiento de los metales preciosos, que acumulan una caída del 5,7% desde principios del ejercicio. Ahí está incluido también el oro, aunque su bajada es algo menor, un 5,5%, mientras que la de plata es mayor, un 8,9%. Solo la cotización del platino ha caído más, un 9,5%. Todo mientras el dólar se ha apreciado un 3,8% frente al euro y al mismo tiempo que algunas de las entidades financieras más significativas de Wall Street han lanzado lo que se conoce como una «alerta roja» para el mercado de valores americano. Hay quienes prevén una corrección brusca del 10/15% frente a los que se decantan por una caída parecida pero a lo largo de los próximos meses.