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El hombre de rojo

Tiempo de lectura 4 min.

11 de septiembre de 2014. 01:14h

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11/9/2014

Nada estuvo jamás por encima de la empresa. Ni siquiera sus pasiones más cercanas. Emilio Botín fue un furibundo aficionado al deporte y un generoso mecenas de multitud de clubes o eventos deportivos pero el dinero de los patrocinios siempre fue contemplado como una inversión del banco y no, al contrario de lo que ocurre con frecuencia, como un medio para halagar el ego de quien hace el desembolso. Amante de su tierra por encima de todas las cosas, los dirigentes del Racing de Santander de fútbol, del Balonmano Cantabria o de los Lobos de Torrelavega de baloncesto se dolían por tener que buscar en la caja de ahorros de turno la ayuda que les negaba Botín. Los motivos de esta aparente paradoja son sencillos de entender: mientras el banquero cuidaba con celo el capital de los accionistas, el político engolfado en el consejo de administración por cuotas regalaba el dinero de los contribuyentes.

Practicante asiduo de la vela (esta semana se disputa en aguas del Cantábrico un mundial de clases olímpicas patrocinado por el Banco Santander) y del ciclismo, Botín fue sobre todo un entusiasta jugador de golf. Su hija Carmen se casó con Severiano Ballesteros y su nieto Javier hace hoy sus pinitos como profesional a despecho del enorme peso que supone llevar el legendario apellido del de Pedreña. Cuentan sus próximos que se levantaba varios días a la semana para hacerse unos hoyos antes de trabajar pero ni por ésas le dio por invertir en torneos profesionales. Quizás lo disuadía el hecho de que, como el del Racing, el color característico de este deporte es el verde, antípodas cromáticas de la imagen corporativa del Santander, que tomó el rojo y el blanco de la bandera cántabra. Eso sí, don Emilio siempre encontraba un hueco para participar en alguno de los torneos del circuito de golf solidario para accionistas que su banco organizaba por todo el mundo. Indefectiblemente, claro, jugaba con su característico polo rojo.

Botín quería que su banco transmitiese desde los terrenos deportivos la excelencia que lograba en los balances contables. Por ello se embarcó en la última década en dos proyectos de patrocinio de primer nivel. En el fútbol, no pudo hacerse con el «naming» la Liga española, que se denomina desde hace unos años Liga BBVA igual que la Premier League porta el nombre de Barclays. Pero en 2008, y debido a la enorme presencia del banco en Latinoamérica, la Copa Libertadores pasó a llamarse Santander Libertadores y la entidad financiera emprendió una campaña de publicidad mundial para revitalizar la «Champions» americana. Desde entonces, el legendario Pelé es el embajador del torneo y ya no comparece en público de amarillo «canarinha» ni de blanco «santos», sino ataviado de riguroso rojo Santander, patrocinador personal también del barcelonista Neymar, principal estrella del fútbol brasileño contemporáneo.

El rojo por antonomasia en el deporte mundial es el «rosso» Ferrari. Emilio Botín siempre fue un gran aficionado al motor y en 2010 cumplió su sueño de patrocinar los coches del «cavallino rampante». El leitmotiv de este acuerdo (una inversión de 250 millones anuales recientemente prolongada hasta 2017) fue que «el mejor banco y la mejor escudería» unían sus fuerzas. Lo hacían en torno a la figura de Fernando Alonso, amigo personal del banquero con el que a menudo se dejaba ver paseando en bicicleta o en cualquier acto comercial. Como en un guiño sarcástico del destino, ayer se conocía también la destitución de Luca di Montezemolo, el manager que facilitó el acuerdo entre los dos gigantes con el fichaje del piloto asturiano. En Maranello, fue sin duda uno de esos días rojo oscuro casi negro.

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