El ocaso del «hombre ejemplar»

Siempre tuvo un cierto aire de suficiencia, distancia y altivez. Nunca simpático a primera vista, con un rostro apretado, sin fácil sonrisa. Así era Rodrigo Rato Figueredo cuando llegó al Congreso de los Diputados procedente de los jóvenes «cachorros» de Zorrilla 21. Allí, en esa calle emblemática lindante con el palacio de las Cortes, trabajaba un grupo de brillantes economistas que silbaban en las puertas de la derecha de Manuel Fraga con deseos de cambio. Eran un poco brujos de la política. Y entre todos ellos siempre despuntó este niño bien asturiano, estudiante de Derecho en Madrid, con varios máster en universidades de Estados Unidos. Brioso, espabilado, duro negociador y algo «chulito»; Rodrigo se convirtió en uno de los poderes fácticos del PP y mano derecha de José María Aznar en la refundación del partido.

El gran patrón Fraga lo definió un día: «Me gusta por lo preparado que está y la soberbia de su carácter». En efecto, aquel chico de buena familia asturiana, de cuna, dinero y linaje, fue el hombre escogido para diseñar la transición económica de la derecha hacia el poder. Esa fama de chulesco, arrogante y antipático acompañó su trayectoria pública y le convirtió en un hombre venerado y odiado. Rodrigo Rato nunca dejó a nadie indiferente, ejerció como látigo de la oposición contra el PSOE y consolidó una estructura de poder dentro del PP imbatible. Fue, junto a Francisco Álvarez Cascos, un líder temido y admirado. Aznar solía decir que Cascos apagaba fuegos, Rato los atizaba y Mariano Rajoy los templaba. Historia gráfica del perfil de los hombres que han mandado y escrito las páginas del Partido Popular.

La vida de Rodrigo Rato daría para una serie larga cinematográfica. Fue un soltero de oro en el Congreso, un auténtico «partidazo» a los mandos de su moto o su Porsche de aquellos años. Conoció a su esposa Gela en el verano del 78 en Gijón, donde ambos veraneaban. Tuvieron tres hijos y se separaron años después de mutuo acuerdo. A Rato le absorbía la política como un brebaje ineludible y se convirtió en el «milagro» económico del PP. Fue un portavoz parlamentario poderoso en el Congreso y el vicepresidente económico más influyente de la democracia. Banqueros y empresarios se peleaban por verle y hasta el PSOE apoyó su nombramiento como presidente del Fondo Monetario Internacional. Un cargo con rango de jefe de Estado, jamás ejercido por ningún otro político español, que le llevó a Washington y le convirtió, de nuevo, en un icono económico mundial. Todo un triunfador.

Pero Rodrigo se aburría en la capital federal norteamericana y, presionado por varias circunstancias personales, renunció al cargo y regresó a Madrid. Nadie lo entendió, pero lo cierto es que a partir de ese momento firmó su decadencia.

Alejado de sus antiguos amigos en el PP, optó por la vía financiera y recaló en la presidencia de Caja Madrid. Dicen que allí empezó su ocaso, porque su altivez le impidió escuchar buenos consejos y rodearse de un buen núcleo de asesores. «Bankia ha sido su tumba», asegura un veterano diputado popular que trabajó muchos años a sus órdenes. En esa etapa, Rodrigo no ocultaba críticas hacia su antiguo partido y se mostraba muy molesto porque Rajoy no le llamaba. «Tampoco él me llama a mí», comentaba con sorna el presidente del Gobierno cuando se le preguntaba por la fría relación con su antiguo compañero de filas.

La política es cruel y la hemeroteca, implacable. Rato fue un diputado caústico, acerado y agresivo. Clamaba siempre por la economía limpia, regeneración democrática, presupuestos acertados y en contra de cualquier amnistía fiscal. Fue un hábil negociador que suscribió el histórico Pacto del Majestic con los catalanes de Convergència i Unió. El mismo día que nació una de sus hijas, a la que puso por nombre Montserrat. «Creo más en la ética que en la estética», me dijo en aquellos días Rodrigo, como prueba de la limpieza de un acuerdo que sellaba la gran colaboración entre los gobiernos de José María Aznar y Jordi Pujol. Su papel como vicepresidente económico era indiscutible y muchos piensan que aspiraba a ser el sucesor de Aznar. Cuando al final resultó elegido Mariano Rajoy recuerdo bien una frase suya: «Decía un torero que lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible».

Quienes le veneraban y temían, le dan hoy la espalda. Y cuantos bien le conocen opinan que el ocaso de Rodrigo Rato es el de un hombre perdido por su carácter. Nadie sabe si sus trapicheos tributarios arrancan de hace años y los tribunales lo dirán. Pero tampoco nadie ha llegado tan alto para luego caer tan bajo. ¿Cómo se puede dilapidar tanto en tan escaso tiempo?, se preguntan ahora muchos de sus antiguos compañeros y subordinados. Habrá que recordar al Rodrigo Rato de antaño, cuando con su fría mirada alzaba las cejas y en un gesto muy suyo, soberbio y arrogante, te espetaba: «En la vida todo es relativo y yo, por encima de todo, soy un relativista».