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La devaluación del peso amenaza con dejar a Argentina sin reservas en un año

El cambio en la política económica de Kirchner genera un clima de «psicosis financiera»

La presidenta argentina Cristina Fdez. de Kirchner abraza a Axel Kicillof en su investidura como ministro de Economía
La presidenta argentina Cristina Fdez. de Kirchner abraza a Axel Kicillof en su investidura como ministro de Economía

Hasta hace unas semanas, cuando preguntabas a los economistas si se podría volver a repetir una situación parecida a la vivida en 2002, cuando Argentina se declaró en bancarrota, la respuesta era: «No, todavía nos quedan 30.000 millones de dólares en las reservas». Sin embargo los sorpresivos anuncios del viernes han generado psicosis y un clima apocalíptico para las finanzas.

El viernes el país se despertó con un radical giro en la política cambiaria del Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Después de más de dos años aumentando las restricciones a la compra de dólares, el uso de tarjetas de crédito en el extranjero o el comercio on-line en sitios web del exterior, el jefe de gabinete anunció que a partir de mañana se volverá a permitir la adquisición de dólares para el ahorro. Quedan muchas dudas por disipar pero lo cierto es que el peso sufrió su mayor devaluación en 12 años, encendiendo las luces de alarma en La Casa Rosada.

En el Banco Central ya se ajustan los cinturones y admiten que de aquí a mediados de marzo las reservas bajarán unos 3.000 millones de dólares, hasta un nivel nunca visto en casi 8 años: 27.000 millones de dólares, a los que habría que restar los 10.000 millones que el Gobierno pretende entregar al Club de París para el pago de la deuda. Además, la Administración tiene pagos pendientes en materia energética con países como Bolivia o Qatar, por lo que las reservas podrían bajar a 20.000 millones de dólares. Con una sangría de 1.600 millones por mes, y con el cepo flexibilizado, el país podría quedarse sin reservas en un año. Si es verdad que Dios es argentino, una buena cosecha podría salvar al país. Se espera ingresar unos 3.000 millones de dólares de la soja, que alejarían a Argentina del abismo momentáneamente. Paños calientes en una herida abierta.

La prima de riesgo aumenta y los créditos de fondos internacionales se cierran. Con Venezuela quebrada y China a medio gas, Argentina está sola ante el peligro. Es por esto que el Gobierno peronista intenta mostrar su lado más amable, saliendo a negociar la deuda externa e indemnizaciones con empresas como la española Repsol, antes de volver a tocar la puerta de los organismos internacionales en busca de plata.

Los economistas coincidieron ayer en advertir de que la devaluación traerá «pérdida de poder adquisitivo, más inflación y recesión». El ex ministro de Economía Jorge Remes Lenicov advirtió de que «siempre que uno devalúa, que es una decisión fuerte de la política cambiaria, tiene que haber coordinación con la política monetaria, la fiscal y la de ingresos». Pero aclaró que «si se devalúa porque el tipo de cambio está atrasado y no se hace nada con el déficit fiscal, hay riesgo de que la devaluación vaya directamente a precios».

La inflación en Argentina es una de las más grandes del planeta. Según analistas consultados por LA RAZÓN, en 2014 podría superar el 35%. No hay que olvidar que los «funcionarios K» tienen todavía que sentarse a negociar las subidas salariales, y algunos grupos sindicales –verdaderos grupos de poder en el país-, ya solicitan incrementos superiores al 35%. También faltan por definir los aumentos de los subsidios, el sello fundamental de la era kirchnerista, y puro combustible para la inflación.

A todo esto hay que sumar un país sin las infraestructuras adecuadas, con la corrupción institucionalizada y en donde la falta de seguridad jurídica ha espantando la inversión externa. Hasta ahora, el fuerte consumo interno mantuvo a las empresas españolas, pero tras la devaluación del peso y con las tarifas de los servicios congeladas, es difícil que Argentina siga siendo un país atractivo para las compañías ibéricas. En breve, volverán a sentirse nuevos efectos colaterales en las bolsas. Y es que mientras los cimientos del país se tambalean vuelve a escucharse ese tango porteño que dice: «Cada 10 años una crisis». Echen cuentas porque ya toca.