Un separatismo enfermo de deslealtad

Lo de Torra es una ceguera, por causas bien diagnosticadas, que puede causar graves daños a quienes viven en Cataluña, pero, también, al resto de los españoles. Es, pues, una inaceptable muestra de insolidaridad que, por supuesto, la mayoría de los catalanes no comparte»

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FOTO: Rubén Moreno EFE

Ni desde la lógica política ni desde un mero planteamiento práctico se entiende la posición del presidente catalán, Joaquim Torra, ante la declaración del estado de alarma. Por supuesto, era predecible, lo cual es la peor crítica que se puede hacer a un gobernante que antepone sus prejuicios ideológicos a las exigencias de los hechos, mucho más, cuando éstos suponen un riesgo cierto para la vida y la salud de los ciudadanos. La expansión del coronavirus es una realidad que, según el diagnóstico más optimista de los epidemiólogos, no remitirá hasta finales del mes de abril, con casos ya más infrecuentes hasta junio.

El panorama, sin que guardemos la menor intención de fomentar el miedo, es, cuando menos, incierto y va a depender de que el conjunto de la sociedad española sea capaz de mantener en el tiempo, que es lo más difícil, el compromiso de lucha y de solidaridad que imponen las circunstancias. Nada peor, casi criminal, que por razones de interés político, en este caso, la presión independentista en algunas partes del territorio español, se animara a la desobediencia desde las propias instituciones públicas. Si ya le va a costar al Gobierno de la nación recuperar la plena confianza de la opinión pública en su gestión de la crisis, no sólo por la inacción de las primeras semanas, sino por la imagen de pugna interna que trasmite el Gabinete de coalición, no parece que abrirle un frente en la cansina línea secesionista vaya a servir para otra cosa que para distraer a las autoridades y a la sociedad del objetivo que de verdad importa. Pero es que, además, el presidente de la Generalitat de Cataluña peca, seguramente desde la ignorancia de la soberbia, de una imprudencia que, a la larga, puede resultar suicida para la mala causa que defiende. Debía haber atendido al jefe del Gobierno vasco, Íñigo Urkullu, quien, tras la protesta oficiosa de rigor y tras reivindicar su condición de representante del Estado en las Vascongadas –¡quién nos lo iba a decir!– se mostró dispuesto a aceptar las decisiones del equipo ministerial. O a la intervención de la presidente madrileña, Isabel Díaz Ayuso, reclamando del equipo de crisis los medios para garantizarla seguridad de los trabajadores sanitarios, que están en primera línea de frente y de quienes depende el éxito de la empresa, conocedora del riesgo de colapso del sistema de salud, aunque sea fuerte como el de Madrid. O, también, la del presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, quien, desde una sensatez aplastante, señaló la evidencia de que coordinar no significa sentarse a conversar, sino que haya alguien capacitado que dé las instrucciones pertinentes. En realidad, si quisiéramos ser cínicos, señalaríamos que todos ellos intervinieron en la videoconferencia de presidentes desde el principio de precaución, pero también seríamos injustos, porque, en general, lo que se trasluce es la convicción de la gravedad del problema y de la inutilidad de enfrentarlo en solitario.

La asistencia de Urkullu y Torra a una reunión de este tipo, alejada de bilateralidades, explica lo que decimos. De ahí que resulte inicuo el rechazo de Torra al estado de alarma, que es un instrumento, desde el punto de vista de los derechos individuales, más lesivo en potencia que el artículo 155, pero que no pone en duda la estructura del Estado de las autonomías. Con el agravante de que ni él ni nadie puede, a día de hoy, pronosticar cuál va a ser la evolución de la epidemia y con qué intensidad afectará a unas regiones o a otras. Es decir, dónde y en cuál momento deberá aplicarse el mayor esfuerzo. En definitiva, la lucha contra el coronavirus es una, la libra todo el pueblo español y a todos se nos pide por igual que estemos dispuestos a servir a la nación, que es lo mismo que servir a nuestros conciudadanos. Lo de Torra es una ceguera, por causas bien diagnosticadas, que puede causar graves daños a quienes viven en Cataluña, pero, también, al resto de los españoles. Es, pues, una inaceptable muestra de insolidaridad que, por supuesto, la mayoría de los catalanes no comparte.