Bruselas no está por la alegría fiscal

Paga, también, Calviño el hecho innegable de que es la titular económica de un país al borde del rescate financiero, que presenta las peores perspectivas de futuro de toda la Eurozona, con la mayor caída prevista del PIB

Probablemente, en otras circunstancias, la candidatura de la vicepresidenta tercera del Gobierno, Nadia Calviño, a la presidencia del Eurogrupo hubiera salido adelante con una mayoría cómoda. No sólo porque se trata de una economista prestigiada y reconocida por una larga década al servicio de las instituciones comunitarias, sino porque su principal rival y ganador a la postre, el ministro de Finanzas irlandés, Paschal Donohoe, liberal apoyado por el Partido Popular Europeo, no hubiera contado con apoyos de gobiernos socialistas como, a todas luces, ha sido el caso. Vaya por delante que el carácter secreto a ultranza de la votación no permite asegurar la naturaleza de cada sufragio, incluso, aunque se haya expresado su sentido públicamente antes de la elección, pero no es descabellado suponer un alineamiento de los gobiernos de la llamada «Europa del norte», más bien reacios a conceder un puesto influyente a un socio que no ha disimulado lo más mínimo su apuesta por la alegría fiscal, a cuenta de los fondos comunitarios de reconstrucción.

Paga, pues, Nadia Calviño el coste de una política interior de corte populista, con excesivo protagonismo del ala ultraizquierdista del Ejecutivo, que los respaldos externos e internos no han podido neutralizar. En este sentido, nada puede reprochar Pedro Sánchez a los partidos de la oposición del centro derecha, PP, CS y VOX, que apoyaron inequívocamente la candidatura de la ministra de Asuntos Económicos, y sí, por el contrario, preguntarse si entre sus socios de la moción de censura ha encontrado el mismo respaldo. Paga, también, Calviño el hecho innegable de que es la titular económica de un país al borde del rescate financiero, que presenta las peores perspectivas de futuro de toda la Eurozona, con la mayor caída prevista del PIB, incremento forzoso de la deuda pública y grave deterioro del mercado laboral.

Son argumentos que explican la pérdida de peso de España en el tablero comunitario, pero que no son suficientes para comprender en toda su complejidad el alcance de lo ocurrido. En primer lugar, porque Nadia Calviño partía con el peso indudable del apoyo de las dos grandes potencias de la Unión, Francia y Alemania, que, a la postre, no han podido cambiar una aritmética que funciona en dos planos, al parecer, irreconciliables, entre aquellos países que ven en la emergencia de la pandemia una oportunidad para reforzar los vínculos políticos y económicos, también fiscales, de este proyecto que llamamos la Europa unida, y que, en consecuencia, apuestan por un mayor esfuerzo presupuestario que permita a los socios más golpeados, como España e Italia, recuperarse con el menor daño posible, y esos otros miembros de la eurozona, principalmente, a los que se denomina «frugales», poco dispuestos a ayudar a quienes han demostrado poco interés por mantener la disciplina presupuestaria y afrontar las reformas económicas recomendadas de larga data por la Comisión.

Que el presidente del Eurogrupo sea el ministro de Finanzas de un país como Irlanda, de los más laxos en sus políticas fiscales, dice mucho del actual equilibrio de fuerzas. Por supuesto, con independencia de la peripecia personal de Nadia Calviño y sin pretender caer en inútiles agravios patrios, creemos que lo ocurrido es una mala noticia para el conjunto de la Unión Europea. Aunque sólo sea porque trasluce resistencias bien arraigadas a seguir avanzando en la integración, al tiempo que se mantienen esos estereotipos nacionalistas que dividen a los europeos en buenos y malos socios, desde simplificaciones conceptuales que provocan vergüenza ajena. Toca, ahora, la parte más difícil. La negociación de los fondos comunitarios y sus condiciones de acceso. Y Nadia Calviño todavía tiene mucho que decir.