Elecciones contagiadas de Covid

Si el coronavirus de Wuhan será decisivo en el resultado de las elecciones lo conoceremos cuando finalice el escrutinio y se evalúe la influencia de una desacostumbrada o no participación

España afronta otro episodio singular por insólito en estos tiempos extraños y excepcionales marcados por la pandemia. Vascos y gallegos acuden a votar en las elecciones autonómicas que fueron suspendidas precisamente por el impacto del coronavirus que provocó el estado de alarma y el confinamiento. Con ambos condicionantes superados, las autoridades, incluidos el Supremo y la Junta Electoral, han considerado que se dan las circunstancias adecuadas para que los ciudadanos puedan acudir a ejercer su derecho al voto en los colegios previstos, esas mismas instalaciones que han permanecido clausuradas más de tres meses. Como este país ha sufrido casi como ningún otro y aún lo hace, hay que confiar en que las administraciones públicas no harán correr el menor riesgo a los electores y que todas las medidas de prevención y profilácticas se habrán adoptado para salvaguardar la salud individual y la colectiva.

Está por dirimirse, sin embargo, hasta qué punto han calado en la voluntad y la razón de las personas los mensajes tranquilizadores y si el estado de ánimo se habrá recobrado lo suficiente después de tanto dolor y tragedia para cumplir con uno de los deberes medulares de la democracia liberal. No estamos ante una incógnita menor, sobre la que puede haber pesado la aparición de rebrotes inquietantes en ambas comunidades hasta el punto de que en una suerte de jeribeque de cuestionable legalidad se ha prohibido aproximadamente a medio millar de infectados vascos y gallegos con prueba de PCR acudir a depositar su papeleta. Esa especie de alcaldada con carencias e inconvenientes, que habrá que fundamentar legalmente, se cierne como un preámbulo del interrogante del que hablábamos, la incidencia de la pandemia, de las lógicas cautelas frente a un virus letal, en la participación en estos comicios.

A nadie se le puede escapar a estas alturas que la afluencia de electores puede ser un factor de distorsión clave en los resultados de unas elecciones con desenlaces que parecen cantados conforme a todas las encuestas publicadas hasta la fecha. Ese favoritismo de los actuales mandatarios en ambas comunidades parece que sólo podría quedar en entredicho en un escenario de anómala presencia de votantes, es decir, que un rasgo definitorio de la que han denominado «nueva normalidad», que es la desconfianza y el miedo, podría trastocar la lógica en territorios políticos conservadores en cuanto a los liderazgos. Pese a todo, los gobiernos autonómicos, también el del Estado, han considerado que cronificar la excepcionalidad que habría supuesto demorar hasta no se sabe cuándo la cita con las urnas resultaría más nocivo para la vitalidad democrática y la moral pública que la amenaza que subsiste sobre un contagio parece que contenido, pero para nada doblegado o superado. En este clima perturbado y confuso, los ciudadanos tienen ante sí la responsabilidad de dirimir la aritmética parlamentaria que encauzará la gobernabilidad.

El voto es un acto supremo en democracia, el que define y rubrica el encaje y el engarce del ciudadano en el sistema de libertades, y lo es con Covid-19 y sin él. La responsabilidad individual determinará el cumplimiento de los protocolos de seguridad en las dependencias electorales y será una obligación colectiva atenerse a las normas. Si el coronavirus de Wuhan será decisivo en el resultado de las elecciones, lo conoceremos cuando finalice el escrutinio y se evalúe la influencia de una desacostumbrada o no participación. Lo que parecía hecho queda hoy al albur de afectaciones más emocionales que políticas o de gestión institucional. Al fin y al cabo, la pandemia no ha impactado como un vector inocuo en nuestra cotidianidad social. Ahora está por ver hasta dónde y cómo hemos cambiado. Si es que lo hemos hecho. En cuanto a la siglas, un desenlace positivo para el constitucionalismo en ambos territorios será un elemento de estabilidad frente al futuro azaroso que se presiente. Que el discurso proetarra llegue a condicionar el porvenir de los vascos resultará frustrante y peligroso. Las urnas mandan.

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