Un gran éxito que hay que aprovechar

Las próximas generaciones de españoles podrán decir que su país estuvo allí, entre quienes apostaron por el europeísmo y se negaron a la resignación de una Europa que volvía a encerrarse en las viejas fronteras»

Yerran quienes, sin duda desde la mejor voluntad, plantean que es prematuro cantar victoria tras el acuerdo alcanzado por los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 en la maratoniana cumbre de Bruselas. Ciertamente, quedan muchos puntos por ajustar y surgirán dificultades y desencuentros en la distribución final de las partidas presupuestarias y en la definición y aprobación de los proyectos incluidos en los fondos de ayuda directa. Todo ello es cierto, pero no puede opacar el alcance histórico de lo conseguido. Tanto en lo que se refiere al conjunto de la Unión Europea, como en el ámbito de los intereses nacionales.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, frente a un escenario nada fácil, ha hecho un buen trabajo y es de justicia reconocerlo. Porque, más allá de las cifras resultantes, del regateo poco presentable por una parte menor de los socios, lo que importa es que, en graves momentos de dificultad, cuando la tentación del «sálvese quien pueda» era más fuerte, la Europa unida ha sido capaz de reinventarse y ha logrado un hecho poco frecuente en el devenir de la humanidad. Ha conseguido, ni más ni menos, no repetir los errores del pasado, cuando estalló la crisis financiera internacional, desoyendo las voces que reclamaban austeridad y sacrificios imposibles de afrontar para unas economías duramente golpeadas, cuando no devastadas, por la tragedia de la pandemia. Cabe preguntarse si los resultados de la cumbre hubieran sido los mismos de haber permanecido el Reino Unido en la comunidad. Es, créannos, una pregunta legítima porque lo que ha ocurrido, a la postre, es un ejercicio de solidaridad comunitaria, de apoyos mutuos, como no se veía desde los ilusionados momentos de la fundación de la nueva Europa.

Si hemos de avanzar por el camino de la integración, si estamos obligados a derrotar los embates de unos nacionalismos recidivos que, siempre, recuperan el aliento al calor de los problemas; si hay, en definitiva, que neutralizar unos populistas que se alimentan del miedo y la inseguridad en el futuro de las sociedades en crisis, que no le quepa duda a nadie de que este largo fin de semana de julio de 2020 será la fecha que se recordará en los anales como un paso de gigante. Y las próximas generaciones de españoles podrán decir que su país estuvo allí, entre quienes apostaron por el europeísmo y se negaron a la resignación de una Europa que volvía a encerrarse en las viejas fronteras. Es, hay que insistir en ello, un gran éxito que no podemos desaprovechar. España, como el resto de nuestros socios, tiene una oportunidad única de modernizar su economía, de reforzar y, en su caso, crear las estructuras tecnológicas que nos permitan acometer la última fase de la convergencia con las naciones más desarrolladas de Europa. Y podrá acometer la tarea sin la servidumbre de todo tipo que supone la falta de una financiación adecuada.

No será fácil. Habrá que llevar a cabo reformas que son imprescindibles para sanear las cuentas públicas, pero no tendrán que hacerse con la soga al cuello de unas condiciones draconianas, como ocurrió en la pasada crisis. El Gobierno, por supuesto, pero también la oposición y los distintos sectores sociales están llamados a un trabajo común, que identifique claramente nuestras carencias y arme los proyectos de modernización digital y energética que demanda el inmediato futuro. Hay que confiar en nuestras propias capacidades, que no son pocas, como demuestran día a día las grandes empresas multinacionales de matriz española. Europa ha sabido cambiar el paso y rectificar con el objetivo puesto en una unión reforzada, que se desea irreversibles. España está obligada a seguir el mismo camino, que es el que augura un futuro mejor para todos.