Una moción inútil y equivocada

Era lógico y sensato que allanar la senda a la bicefalia socialcomunista con munición parlamentaria tan de grueso calibre, pero al fin de fogueo, no podía ser respaldado por el PP

El interés y la expectación del pleno extraordinario en el Congreso para informar de los últimos Consejos Europeos celebrados el 23 de abril, el 19 de junio y entre el 17 y el 20 de julio y sobre el fondo de reconstrucción europeo acordado en la última reunión de hace una semana decayeron de forma inesperada al mismo tiempo que emergió el anunció del líder de Vox, Santiago Abascal, de una moción de censura contra el presidente del Gobierno en septiembre. La discusión sobre la asistencia financiera comunitaria, la condicionalidad, la supervisión, con ese mecanismo del freno de emergencia, las reformas y los ajustes sujetos a cada partida de dinero europeo, incluso el teatro un tanto bochornoso de una bancada socialista repleta en contra de la más mínima cautela sanitaria, ovacionando a su líder, palidecieron en el instante en que se hizo pública la maniobra del partido de Santiago Abascal con la que ya había amagado en alguna intervención previa. Lo primero que debemos dejar sentado es que hablamos de un acto escrupulosamente reglamentario, para el que cuenta con los diputados necesarios. Y que, desde el punto de vista de la ortodoxia parlamentaria, es plenamente legítimo, más allá de su alcance, consecuencias, sentido, oportunidad e intencionalidad, que son variables de esta ecuación que nos parecen insostenibles si el propósito primero es el bien común.

Abascal fundamentó su movimiento en que «aún estamos a tiempo para que España no caiga en la ruina y en la muerte que este Gobierno nos traen» y el tiempo elegido en la «responsabilidad», ya que «no pueden entender en estos momentos de tácticas políticas y no se puede esperar más». Todo esa narrativa es del todo inconsistente y bien parece el argumentario de un manual de estilo, pues, desde el punto de vista de la práctica política, esas razones oficiales se reducen a la nada, se vacían de contenido desde el instante en el que desde Abascal al último parlamentario saben que las opciones de esta moción de censura son cero. Ninguna. Que se plantee una apuesta de esta envergadura para perderla no resulta en sí un error, pues los réditos de la misma pueden no estar sujetos al resultado aritmético y sí al instrumento y al procedimiento. Pero es que ni siquiera en el caso de que Vox entendiera que esta borrascosa iniciativa era el medio para recuperar posiciones en el tablero nacional y frenar el ascenso electoral del PP a costa en buena medida de su base de votantes justificaría una resolución cortoplacista de vuelo bajo en una encrucijada crítica, con un gobierno desnortado y desgastado por su negligencia y desavenencias internas y una mayoría Frankenstein en nítida descomposición. Más bien, el marco hostil para la coalición que se atisba en el futuro y que ya le pasa factura en los sondeos hallará en esta moción de censura una rama tendida a la que agarrarse para detener su hundimiento.

Pedro Sánchez, envalentonado, habló ayer de una «legislatura larga y fructífera», avalado en que «el proyecto con el que iniciamos» la andadura «es el mismo que tenemos hoy. Lo reivindicamos». El presidente del Gobierno quiere llegar hasta el final como sea y al precio que sea, y una moción de censura fallida en origen no le complica su objetivo, sino todo lo contrario. Era lógico y sensato que allanar la senda a la bicefalia socialcomunista con munición parlamentaria tan de grueso calibre, pero al fin de fogueo, no podía ser respaldado por el PP. Que se desmarcara de esta distracción sin recorrido cuando España se enfrenta a una crisis de salud y económica de efectos devastadores era obligado. Abascal y Vox deberían recapacitar sobre el grado de incomodidad de Sánchez e Iglesias ante su moción, ahora que les han regalado su papel favorito, el de víctimas de la que llaman ultraderecha.