El último gran servicio de Juan Carlos I a España

Para la historia grande, la única que al final cuenta, la figura de Juan Carlos I estará indisociablemente ligada al período más complejo, difícil y fecundo vivido por la Nación española desde finales del siglo XIX. Porque la España que hoy conocemos, con todas sus tribulaciones actuales, es, sin embargo, uno de los escasos países del mundo donde habita la democracia plena, donde sus ciudadanos gozan de las libertades de una Constitución conformada en el espejo de la declaración de los Derechos Humanos y que, con las limitaciones materiales que se quieran aducir, ofrece a todos el amparo de las instituciones y la seguridad de sus leyes para desarrollar aspiraciones y proyectos de vida.

A quienes vivieron aquellos años febriles de la Transición poco hay que explicarles de la decisiva labor de Don Juan Carlos. A las nuevas generaciones, nacidas ya en la libertad y, por ello, menos conscientes de su valor y del esfuerzo continúo que exige su defensa, bastará con recordarles que el viejo Rey, hoy convertido en carne de injuria y de maledicencia, se enfrentó a todos los obstáculos que las fuerzas del pasado, ni pocas ni débiles, alzaron contra su ambición de hacer de España una Nación libre.

Se ha abierto un proceso paralelo contra la figura de Don Juan Carlos, antes de que se se abriera un proceso legal, que es al que debería responder si hubiese razones jurídicas que las sustenten. El ataque contra el Rey emérito es difícil de aguantar sin dañar a la propia institución monárquica a Felipe VI. Pero, no nos engañemos, se trata de una operación desbocada e irresponsable que apunta directamente contra la legitimidad del actual Rey desde los sectores más radicales de la vida política española, los que han buscado con ahínco la ruptura de la unidad de la Nación y acabar con la Monarquía parlamentaria. Falta mesura, sensatez y equilibrio en un momento tan difícil.