Acabar con Ayuso a costa de politizar la muerte

La orden era “sacudir” a la Comunidad de Madrid y sus nuevas directrices hasta presentarlas como poco menos que suicidas e injustas

Minutos antes de que la Comunidad de Madrid hiciera pública la ampliación de las restricciones a ocho nuevas zonas básicas de salud, el ministro Salvador Illa se precipitó a contraprogramar las decisiones de Isabel Díaz Ayuso en el enésimo ejercicio de este Gobierno en el papel de feroz oposición de la oposición. Si algo había caracterizado a la comunicación del Ejecutivo socialcomunista en la gestión de la pandemia, fue el oscurantismo que manifestaron hasta el punto de convertir sus presencias públicas en un festival de medias verdades y enormes vacíos como el del fantasmal comité de expertos, la mortalidad de la infección o la adquisición del material. A Illa se le había ponderado por su aparente prudencia, pero ayer se enfundó la camiseta del militante socialista que es. La orden era “sacudir” a la Comunidad de Madrid y sus nuevas directrices hasta presentarlas como poco menos que suicidas e injustas. Era situar la diana política en la espalda de la presidenta. El prudente Illa emergió como el bombero pirómano y divulgó que las recomendaciones de su departamento eran el cierre de Madrid y de los municipios con más de 500 contagios por cada 100.000 habitantes, entre otras. Y así se encargó por orden de Moncloa de dinamitar el presunto clima de entendimiento y colaboración sellado en la cita entre los presidentes de la Puerta del Sol. En realidad, quedó negro sobre blanco la impostura y la deslealtad de quienes dirigen los destinos de España, los mismos que se regodean arrogantes entre su fracaso contra el virus y las decenas de miles de víctimas, muchas de ellas no reconocidas. Hoy, el enfermizo propósito de la gestión de los Sánchez, Illa y compañía pasa por acabar con Díaz Ayuso a cualquier precio, incluida la salud de los ciudadanos de la Comunidad de Madrid, que es un medio para ellos, pero no un fin. Politizar la muerte desnuda sobre todo la inmundicia y la mezquindad de aquellos que rebasan el mínimo límite moral en el ejercicio de sus deberes públicos.