Defender al Rey es defender la democracia

Sólo desde los socios de Sánchez puede entenderse la campaña contra Felipe VI

No se entenderá por qué el acoso y derribo de la Monarquía parlamentaria se está produciendo bajo un gobierno presidido por el PSOE si no se tienen en cuenta las circunstancias de enorme debilidad de su titular, Pedro Sánchez. Se debe partir de un hecho incuestionable: Sánchez llega al La Moncloa a través de una moción de censura apoyada por todos los partidos antimonárquicos del Congreso. Se trata de formaciones confesas de querer liquidar el «régimen del 78», lo que supone acabar con la Carta Magna y abrir un nuevo proceso constituyente que instaure una república inspirada no se sabe en qué modelo, aunque sus precursores más fervorosos, Podemos e independentistas, nos dan algunas pistas que auguran volver a las peores experiencias que ha vivido este país.

La imposibilidad de entender nuestra historia reciente por parte del equipo dirigente socialista, les ha situado, de nuevo, en el lado equivocado de la Historia: la Monarquía parlamentaria es ahora mismo el gran factor de cohesión nacional y el que puede mantener el espíritu de tolerancia y antipartidismo que requiere el momento. Pero es precisamente en una crisis sanitaria de las dimensiones del coronavirus, con unas consecuencias económicas que supondrán un retroceso en puestos de trabajo, cualificación, producción y descomposición de los sectores que hasta ahora más han aportado al PIB cuando una parte del Gobierno ha decidido plantear una ataque frontal contra Felipe VI. No dudemos de que lo ha podido hacer porque Sánchez lo ha permitido y preferido la sumisión a sus socios antes que reforzar la Jefatura del Estado. Estas últimas semanas hemos vivido capítulos bochornosos para la Corona, rebajando su papel institucional a un mero acompañamiento del Ejecutivo, confundiendo el hecho de que «los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno» (art. 64 de la Constitución) con el hecho de que los actos del Gobierno puedan convertirse en actos de Estado a través de la rúbrica del Rey.

La situación ha llegado a niveles de perversidad nunca vistos hasta ahora en la política española, como que defender a la Corona de ataques que la sitúan como institución contraria a las democracias liberales es condenarla en tanto que una parte del arco parlamentario la está empujando a tomar parte. Convendría retroceder al otoño de 2017, cuando, el 3 de octubre, Felipe VI pronunció un discurso en el que vinculó de manera indivisible la defensa de la Constitución y la democracia de la propia Monarquía. Es lo que ahora está en juego, no un cambio de régimen, si no abrir un proceso cuyo final desconocemos. Defender al Rey es defender la democracia.