La «desgobernanza» que conduce al caos

«El Gobierno pretende mutualizar el desgaste mientras la calle arde»

Pool MoncloaPool Moncloa

Distintas capitales padecieron graves altercados en la noche del viernes. Santander, Burgos, Valencia, Zaragoza y Barcelona, principalmente, sufrieron la ira de grupos de encapuchados que protestaban contra el toque de queda y el Estado de Alarma en una convocatoria de tintes negacionistas que posteriormente derivaron en matonismo y saqueos. La segunda oleada del coronavirus ha impactado contra una sociedad cansada, angustiada y empobrecida después de meses de una gestión catastrófica, catalogada como la peor del mundo tanto en lo sanitario como en lo económico. Llueve pues sobre mojado en este nuevo periodo de excepcionalidad de seis meses que el Ejecutivo socialcomunista se ha asegurado con la complicidad de sus aliados y de alguna formación sumida en el desconcierto como Ciudadanos. Moncloa manejó la incidencia social de los primeros meses de contagio con la habilidad del buen propagandista, el control de la narrativa y el letargo de una población en shock entregada al sacrificio por resignación. El panorama actual es diferente y los peligros ya no son únicamente para la salud o la prosperidad de las empresas y las familias, sino que amenazan la convivencia y la seguridad porque el hambre y la desesperación son un combustible letal en comunidades otrora acomodadas. Los brotes vandálicos de este fin de semana no se pueden tomar a la ligera ni con la displicencia del gobernante al que, soberbio y calculador, le desagrada estar en esa primera línea para la que fue votado. Hay un desasosegante clímax en el que cualquier tea puede prender un reguero de pólvora hacia la involución y el caos, que es todo lo contrario de lo que necesita nuestro país. En realidad, la amenaza, con ser significativa, sería menos inquietante con un férreo liderazgo político del que España carece porque Pedro Sánchez ha decidido apartarse para que el incendio lo chamusque lo menos posible. Esta abulia calculada de la bicefalia, con la envenenada delegación de sus competencias a las autoridades regionales, ha sumido a los españoles en el desconcierto, la desesperanza, el temor y la indignación. Sin una autoridad única y fuerte, lo que se ofrece al ciudadano es la imagen de un estado en descomposición y por tanto vulnerable y proclive a respuestas contra su inepcia que hace unos meses parecían imposibles. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias juegan con fuego al calor de los consejos áulicos, y las proféticas visiones sobre la hegemonía que vendrá en un horizonte en el que el desgaste inherente a la depresión que llega se comparta con los regidores autonómicos. La cogobernanza era pues «desgobernanza». El presidente está obligado a cumplir con sus deberes constitucionales en la crisis más severa, pero se niega. Desatender sus obligaciones lo señala y lo desacredita en tiempos ya de agitación y puede que de cólera.