En una democracia no se exalta a asesinos

Europa ve en los actos de homenaje a etarras una legitimación del terrorismo.

La Comisión de Libertades Civiles, Justicia e Interior del Parlamento Europeo ha introducido en su informe anual una severa crítica a la permisividad de las autoridades españolas frente a los reiterados homenajes que la izquierda abertzale, bajo diferentes disfraces, rinde a los asesinos etarras que alcanzan la libertad tras el cumplimiento de sus condenas. La Cámara comunitaria denuncia que dentro de la Unión se hayan producido actos que «legitiman el terrorismo, amenazan nuestra democracia y humillan a las víctimas», en una descripción tristemente exacta de unos hechos despreciables que ninguna sociedad democrática toleraría. Porque, en definitiva, nos hallamos ante una claudicación en la defensa de los derechos humanos y las libertades, que hay que incluir entre las anomalías en la praxis democrática que la Unión Europea trata de corregir.

Es, precisamente, la falta de voluntad política para erradicar unas conductas que, por supuesto, están convenientemente tipificadas en el Código Penal, lo que confiere mayor gravedad al espectáculo de unos asesinos desalmados recibidos como héroes por quienes, en el fondo, se convierten en cómplices objetivos del terror. Es el desistimiento de quienes están más obligados a cumplir y hacer cumplir las leyes lo que favorece la humillación permanente de la víctimas y da oxígeno a unos partidos políticos que nunca han aceptado la naturaleza criminal y liberticida del terrorismo vasco, que se adhieren a sus fines y que rechazan cualquier responsabilidad. Que uno de esos partidos, Bildu, heredero directo de los que conformaron el entramado de ETA, haya sido aceptado como interlocutor por el Gobierno que preside Pedro Sánchez indica hasta qué punto se está pervirtiendo la acción política en nuestro país y explica las reacciones de asco y rechazo de la gran mayoría social.

Porque lo que viene a decir una Europa que tiene larga experiencia en totalitarismos es que en una democracia no se exalta a los asesinos y que quien lo hace debe estar fuera de la legítima práctica política. Sin más consideraciones, excusas o falseamientos de unos hechos que no admiten interpretaciones sobrevenidas. Simplemente, no se pueden tolerar los homenajes a los etarras, como, tampoco, admitir la persistencia de grupos que mantienen viva la intimidación en las calles del País Vasco contra quienes pretenden ejercer sus derechos ciudadanos. Mucho menos, admitir en un plano de igualdad a quienes se niegan a condenar la violencia y nunca han reconocido la legitimidad de las instituciones constitucionales. Existen, como señalábamos al principio, los suficientes instrumentos legales para poner fin a esta anomalía democrática, pero hay que tener la voluntad de hacerlo.