Opinión

Rusia y China, ante el vacío occidental

Un Afganistán santuario de islamistas amenaza directamente a sus dos vecinos

Editorial La Razón

La diplomacia rusa no ha estado, precisamente, inactiva en el escenario afgano, pero ha sido a raíz del cambio en la política asiática de Estados Unidos, anunciado por Donald Trump y secundado catastróficamente por su sucesor, Joe Biden, cuando Vladimir Putin decidió tomar cartas en el asunto y abrió negociaciones con los insurgentes talibanes, que culminaron con una cumbre, ya pública, celebrada en Moscú el pasado mes de marzo. De la misma forma, el gobierno comunista chino, que había firmado acuerdos de seguridad y económicos con el hoy derrocado gobierno de Kabul, no sólo participó en la reunión moscovita, con los delegados talibanes en plano de igualdad, sino que abrió nuevas vías de comunicación con los insurgentes, al parecer, a través de Pakistán.

No cabe duda de que la retirada de las fuerzas occidentales de Afganistán supone un triunfo estratégico para las dos potencias que rivalizan con Estados Unidos, pero, también, serios motivos de preocupación por el riesgo que supone la instalación junto a sus fronteras de un régimen islamista forzosamente frágil a pesar de unas apariencias de dominio que son fruto de la incalificable desbandada norteamericana y en el que acaben por hacerse fuertes los grupos más extremistas del Estado Islámico y Al Qaeda, derrotados en Siria e Irak, pero aún activos en el norte de África y el propio Afganistán, donde han llevado acabo los ataques más mortíferos contra la población civil de los últimos años.

Es cierto que tanto China como Rusia tienen intereses económicos en la zona y que, especialmente, Pekín aspira a explotar las valiosas «tierras raras» y el cobre de la región de Mes Aynak, pero el objetivo principal es, para Putin, prevenir la influencia del Estado Islámico en las república aliadas de Tayikistán, Uzbekistán, Turkmenistán, y para el gobierno chino impedir el refuerzo de las milicias islamistas uigures en Xinjiang. Así pues, Occidente, como ya hemos denunciado, no sólo ha perdido ignominiosamente el crédito político, dejando a su suerte a millones de afganos, sino que deja de ser un actor decisivo en una región que no sólo está muy lejos de garantizar la estabilidad, sino que puede caer en el abismo de otra de sus recurrentes guerras civiles. Rusia y China tratarán de ocupar el vacío impelidos por sus propios intereses de seguridad, pero el final último perseguido, acabar con el terrorismo antioccidental de corte islamista está muy lejos de haberse cumplido.