Opinión

El poder absoluto y la socialdemocracia
El problema con Sánchez es el propio Sánchez y su voluntad de seguir en el poder a cualquier precio
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Pedro Sánchez cerró el Congreso del PSOE con los mensajes y las imágenes que necesita para el futuro. Todo indica que hay un horizonte electoral más o menos cercano y que el presidente ha decidido «tunear» el producto para darle la vuelta a las encuestas que pronostican mayoría absoluta al centroderecha y castigan a la extrema izquierda. Quiere ser ahora un PSOE de mix total, español, socialdemócrata, verde y feminista. La apuesta por la moderación. Uno que, según el relato del presidente ante el plenario, puede presentar una hoja de servicios extraordinaria en la gestión de la pandemia y de la crisis económica. La recluta para la causa de referentes casi irreconciliables como Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, el abrazo público, sirve a la narrativa del partido unido y fuerte. La reivindicación de la socialdemocracia, de su sello ideológico para las siglas y de su propia adscripción a ese ideario son piezas del mecano que Sánchez pretende articular con la centralidad como acicate con el que alborotar el voto ante un declinante Unidas Podemos. Tira del manual con el que los socialistas han pescado siempre en caladeros propios y alguno ajeno para abrochar mayorías. Y radicalidad cuando convenga para abrir melones imposibles y peligrosos como el de la reforma constitucional o anunciar la derogación de la reforma laboral y de la Ley de Seguridad Ciudadana y la abolición de la prostitución. Todo ello bajo su poder absoluto en el Gobierno y en el partido, que ya son la misma cosa, con la presencia en la Ejecutiva de seis ministros. Ese 95% de refrendo al PSOE de Sánchez retrata un dominio omnímodo. Hasta aquí lo que el líder habló, pero, como suele suceder, lo mollar es lo que calló. Con Sánchez es una constante, más que sus palabras, o la falta de la misma, lo definen, mejor lo rebaten, los hechos. Ha sido el congreso del partido del gobierno en el que la gente, su sufrimiento, las necesidades, han estado ausentes. Ni palabra de la factura de la luz, ni de tantos españoles que se han quedado atrás, ni de esas ayudas anunciadas y celebradas que siguen en el limbo de las promesas hueras. Ni de la calamitosa y sombría gestión de la pandemia, la peor del mundo occidental, de los muertos oficiales y de los otros. Tampoco del paro, ni siquiera del juvenil, atroz, menos claro de la deuda y del sablazo fiscal que llega. En fin, Sánchez habló desde el pedestal sobre un mundo de ficción, la fábula de una socialdemocracia fantasmal, la suya, sepultada bajo la indignidad de las alianzas con los comunistas, los independentistas más fanáticos del Europa y los legatarios de los terroristas mientras se criminaliza a la oposición como antisistema. Lo hizo para los convencidos y los descarriados, como engrasa el voto clientelar en los Presupuestos. El problema con Sánchez es el propio Sánchez y su voluntad de seguir en el poder a cualquier precio.