Opinión

Otra gestión ante la nueva amenaza

Demorar las decisiones es jugar con fuego, como ya ocurrió en otras fases de la pandemia

FOTO: Alberto Pezzali AP

La nueva variante surafricana del covid ha puesto de nuevo en alerta a las autoridades del mundo. Ciertamente, la alta incidencia del virus en determinados países con pobres porcentajes en vacunación había desatado ya la inquietud sobre una nueva ola en invierno. Pero la irrupción de la novedosa variable del coronavirus de Wuhan, con múltiples mutaciones, algunas nunca vistas, y una positividad disparada en tres semanas, ha multiplicado la prevención y ha acelerado la respuesta. Aún es pronto para conocer en detalle el comportamiento de esta amenaza, su capacidad de transmisión y, sobre todo, su potencial evasor de las vacunas, pero si algo hemos aprendido, o deberíamos haberlo hecho, es que resulta más práctico, y a lo largo más eficiente, plantearse el escenario menos favorable y responder en consecuencia. Europa ha decidido activar los frenos de emergencia y promover la suspensión de los vuelos con la región del sur de África afectada. El Gobierno hará lo propio a partir del próximo martes. Se mantendrá la puerta abierta al bicho surafricano cinco o seis días más sin necesidad alguna. Hay que considerar que este virus ya está en Europa, con un caso en Bélgica. En todo caso, demorar las decisiones es jugar con fuego, como ya ocurrió en otras fases de la pandemia. Y ese es un riesgo no menor, el de repetir los errores de la que está considerada entre las peores gestiones de la infección en el mundo desarrollado, un baldón que acompañará para siempre la memoria del gabinete socialista comunista. Esos 140.000 muertos por coronavirus nos han colocado en un funesto podio, amén claro del colapso económico que ha provocado el desastre. Un Gobierno prudente y responsable habría hecho al menos un mínimo examen de conciencia y una auditoría interna de sus decisiones para aprender y mejorar. En momento alguno ha estado sobre la mesa, especialmente porque la autocrítica no ha existido ni se han reconocido errores. Más bien al contrario. Ni siquiera las estadísticas atroces de estos meses han activado cautela y pudor en Pedro Sánchez, que ha vendido el papel de su gabinete contra el virus como una historia de éxito, con ese salimos más fuertes o el nadie se quedará atrás. Hasta el punto de apropiarse como suyo del extraordinario esfuerzo de las comunidades en la labor de inmunización que ha situado a nuestro país como uno de los punteros en población vacunada. Hay miedo, incluso pánico y sobre todo desconfianza frente la incertidumbre y el desplome bursátil de ayer lo testimonia. El inminente futuro nos aboca a nuevas restricciones, que algunos países como Portugal ya han detallado. El desorden en la regulación del pasaporte covid ha refrendado la incapacidad del Gobierno para desarrollar un mínimo de coordinación y ha desnudado las contumaces insuficiencias de un liderazgo volcado en la propaganda y no en la realidad. Se trata de aplicar la experiencia y el conocimiento, la prevención y la proporcionalidad con las urgencias precisas. Otra gestión, en suma.