Editorial

Cambian de sitio un cadáver, no la historia

Si en algo coinciden el franquismo y la actual dirección socialista es en la manipulación a efectos políticos del cadáver de una víctima de la guerra civil.

José Antonio Primo de Rivera
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La exhumación, traslado y entierro de los restos de José Antonio Primo de Rivera, fusilado el 20 de noviembre de 1936 en el penal de Alicante tras su condena a muerte por «auxilio a la rebelión», dictada por un Tribunal Popular, y el «enterado» del líder socialista Francisco Largo Caballero, a la sazón presidente del Gobierno de la II República, con sede en Valencia tras su huida, apenas 15 días antes, de Madrid, probablemente, no tendrá la menor influencia en los resultados electorales del próximo 28 de mayo, entre otras cuestiones, porque la inmensa mayoría de los españoles se encuentran muy lejos de las posiciones maximalista y sectarias de esa parte de la izquierda que cree ciegamente que el borrado material de los vestigios «franquistas» absuelve al bando perdedor de sus responsabilidades en el desencadenamiento del peor conflicto civil de la historia, al tiempo que se pretende marcar con el estigma del franquismo a unos partidos políticos del centro derecha, impecablemente democráticos, y que, en todo caso, tienen la misma vinculación con las camisas azules que los padres y abuelos de muchos de la actuales dirigentes y militantes de la izquierda.

Es más, el fusilamiento de José Antonio, que llevaba encarcelado desde marzo de 1936, se produjo bajo un gobierno del PSOE, el mismo partido que, 86 años después, ha propiciado el quinto entierro del fundador de la Falange Española. Porque si en algo coinciden el franquismo y la actual dirección socialista es en la manipulación a efectos políticos del cadáver de una víctima de la guerra civil que no llegó a ver cumplida su profecía de que la siguiente dictadura militar vendría adornada con la «coreografía de nuestras camisas azules».

Por supuesto, no se trata de entrar en cansinas especulaciones históricas sobre qué hubiera ocurrido de haberse impuesto la voluntad de otros socialistas, como Indalecio Prieto, contrarios a una condena basada en «los potenciales delitos que pudiera cometer el reo», en apreciación de Julián Zugazagoitia, director en la época de «El Socialista», porque lo cierto es que Franco aprovechó la épica y la estética de la Falange para dar un barniz ideológico a su régimen. Pero de ello, ninguna responsabilidad alcanza al fusilado.

Finalmente, cabe discutir si la opción planteada por el Gobierno de trasladar sus restos a otro punto de la Basílica del Valle de los Caídos, como otra víctima más de la guerra, es decir, sin nombre que identificara la tumba, podía haber sido una mejor solución que su nuevo entierro en la Sacramental de San Isidro de Madrid. Pero, en este caso, la disputa cede ante el derecho de la familia a elegir el nuevo lugar de reposo, junto a sus hermanos Miguel y Pilar, y en un túmulo con su nombre y apellidos que, de pronto, se han hecho presentes entre unas generaciones de españoles que apenas sabían de su peripecia política y vital.