Violencias en las escuelas, un problema real que no debemos obviar ni padres ni profesores

Estas vivencias están repletas de violencias, más o menos evidentes, y es preciso destaparlas y tratarlas para evitar su perpetuidad.

Los menores tienen más riesgo de sufrir ‘bullying’. El miedo a que se rían de ellos es atroz. El superpoder de los papás es potenciar su autoestima.
Los menores tienen más riesgo de sufrir ‘bullying’. El miedo a que se rían de ellos es atroz. El superpoder de los papás es potenciar su autoestima.Kike Taberner

Resulta complicado gestionar aquello que envuelve a la infancia por demasiados motivos. Entre otros, porque las propias vivencias infantiles de las personas que tienen trato con las niñas y los niños en la actualidad, muy previsiblemente, no están ni sanadas ni revisadas. Otro factor que influye es el hecho de que continuamos sintiendo que las personas menores, sólo por el hecho por serlo, nos pertenecen y que deben hacer siempre lo que las adultas disponemos. Adentrarse profundamente en los universos de la crianza y de la educación puede resultar todo un camino de vida para quien lo transita.

Hablemos de las personas que deciden dedicarse profesionalmente al acompañamiento de la infancia. Siempre me he cuestionado las vocaciones, quiero decir, si realmente existen más allá de un conjunto de circunstancias y sistemas que nos empujan hacia lo que creemos que elegimos libremente. Si entendemos la vocación como “inclinación a una profesión para la cual se presenta interés, disposición y habilidades”, actualmente no me cabe ninguna duda de que es requisito previo para quienes desean iniciarse en los ámbitos educativos. Entiendo que es urgente y preciso, no hay alternativa posible, abordar profesionalmente y de forma responsable el ejercicio de la educación desde el lugar que se ejerza (personal docente y no docente, dirección, coordinación, inspección, diferentes cargos en la administración…). Una persona que quiere trabajar en una escuela en contacto directo con el alumnado tendría que plantearse trabajar: con y por vocación, habiendo sanado su propia infancia, estando en formación y revisión constantes y ofreciendo a niñas y niños el trato que merecen (como las personas de pleno derecho que son). Respecto a este último punto hay una fórmula extendida para saber cuándo estamos ejerciendo abuso de poder hacia los menores: traslada la frase (o acción) que estás diciendo (o efectuando) a la adultez, pregúntate si hablarías (o tratarías) de la misma manera a una persona adulta y semejante.

De algunos de estos malos tratos y abusos de poder me gustaría hablaros, nombrar determinadas situaciones que continuamos padeciendo en la actualidad en las escuelas y que no deberíamos permitir que sucedieran ni tan siquiera en una única y excepcional ocasión. Estas vivencias están repletas de violencias, más o menos evidentes, y es preciso destaparlas y tratarlas para evitar su perpetuidad:

- Las ratios oficiales, especialmente en la educación infantil, son demasiado elevadas para atender las necesidades de las personas que se encuentran en esta etapa (entre 3 y 5 años). Del volumen de usuarios en las aulas que asisten al grupo de edad 0-3 años ni hablemos, no se pueden atender las necesidades reales de este grupo con las ratios propuestas oficialmente. Sólo esta cuestión ya puede marcar la diferencia a la hora de acompañar en un ambiente más relajado y sostenible, con menos estrés y apremio.

- La comida y las extrañas normas no escritas sobre ella. Se sigue viviendo diariamente que las personas adultas (a veces ni siquiera son personal docente) instan a las menores en las escuelas a terminarse sus meriendas y/o platos de comida. Esta es una cuestión tan alarmante como anticuada, supongo que es la herencia de otros tiempos, no tan lejanos por otra parte, en los que no era raro pasar hambre. El obligar a las niñas y niños a terminar todo lo que está en el plato antes de ir a jugar, es una agresión. Introducir cualquier objeto, en este caso comida, en el cuerpo de otra persona, en contra de su voluntad, es violencia. Manipular a la otra persona para que coma contra su voluntad, también es violencia. Chantajear, amenazar, engañar, aunque sea (supuestamente) “por su bien”, también es violencia. Continúa habiendo niñas y niños maltratados en los comedores escolares, y esto no se puede permitir.

- El uso del pañal y la imperiosa necesidad que tienen los centros educativos de que desaparezca a cierta edad, peculiarmente estipulada por ellos mismos en desatención absoluta a las necesidades de la infancia. El abandono del uso del pañal debe ser una elección personal y es una cuestión evolutiva de fundamental importancia, que puede suceder con absoluta normalidad en el transcurso de un período largo de tiempo (entre los 3 y los 7 años aproximadamente). Cabe recalcar que no se trata de una cuestión meramente fisiológica. El hecho de que en las escuelas no puedan usarse pañales es una incapacidad del centro, no una dificultad de su alumnado. Es violento obligar a niñas y niños de tres años a retirar el pañal sin estar preparadas para ello y sin haber tomado la decisión por cuenta propia. Cuando digo tres años quiero decir tres o menos, lo cual aumenta el estrés en las guarderías para “preparar a sus infantes para la escuela de mayores”. La retirada traumática del pañal es un maltrato y puede repercutir en posteriores dificultades de diversas índoles.

- El etiquetado es una triste constante en las aulas, probablemente derivado de la competitividad que genera el mero hecho de juntar a un grupo de personas de la misma edad que deben responder de similar manera ante idénticas cuestiones planteadas. Tanta homogeneidad convierte en extremadamente visible la diferencia, de manera inevitable. Seguimos viendo y señalando al empollón, a la gorda, al tonto, a la marimacho, etc. Podríamos decir que el etiquetado es inherente al aula tradicionalmente entendida y (todavía) actualmente organizada. Nace pues en comunidades uniformizadas y se expande al no disponer todavía de profesionales formados en áreas tan básicas como son la comunicación y la mediación en conflictos. No vamos a cambiar nada con una clase de educación emocional a la semana o celebrando la semana de la igualdad cada año en marzo (por muchos carteles de colorines que se cuelguen en los pasillos).

- La no inclusión. Porque la inclusión no existe, de verdad lamento decirlo, al menos hasta donde yo conozco. Y no será por falta de campañas y euros destinados a tal propósito, pero no funciona. Porque trabajar en inclusión (verdadera) es atender todo tipo de diferencias y necesidades en la misma aula, desde ella y para ella. No es aceptable de otra manera, no admite sucedáneos. Reunir algunas horas a la semana a ciertas personas (cada una con su qué, ninguna con lo mismo) que parece que no llegan a lo que se espera de ellas en determinadas materias para que hagan un poco de clase de refuerzo, es cualquier cosa menos inclusión, de hecho os contaré lo que seguro sucede con estas absurdas e infructuosas prácticas: aumenta el etiquetado y la exclusión. La inclusión debe abarcar la diversidad dentro del aula todo el tiempo con todos sus componentes, como sistema que somos; se trata de ver a los individuos y también al grupo, para beneficio de todos. Otra cosa es perder el tiempo y echar a perder los recursos.

- Los castigos y los premios. Dos caras de la misma moneda de uso tan habitual como sobrevalorado, el summum de las técnicas de control y manipulación de conducta y, por ende, la antítesis del auténtico aprendizaje. Decir que no tienen efecto es falso, la cuestión es para qué sirven realmente, cuáles son las consecuencias de estos métodos. Los efectos a medio y largo plazo son tan conocidos como indeseados: pérdida de la motivación intrínseca, de la autonomía, de la creatividad, de la concentración en los objetivos, etc. La supuesta ganancia momentánea sobre el control es despreciable ante tal estropicio. Todo un despropósito y ahí seguimos, señalando a las personas con pegatinas de caritas sonrientes o enfadadas.

¿Habéis vivido algo similar a lo anteriormente expuesto? ¿Os suena que os hayan contado que le pasó a alguien? Llevo más de diez años atendiendo este tipo de demandas, tan tristes como recurrentes. Para atender diligentemente a todas estas cuestiones es preciso que las familias se impliquen al máximo, conociendo de primera mano lo que sucede cotidianamente en las aulas y cómo se gestiona. Es necesario también que las escuelas puedan ofrecer la transparencia y seguridad necesarias en el ejercicio del cuidado y acompañamiento del alumnado. Y es indispensable que se reduzcan los requisitos de carácter burocrático en pos de aumentar la formación activa y la revisión de calidad para el profesorado (también para el personal no docente que esté en contacto con menores).

A mi modo de entender es muy importante dirigir también los objetivos profesionales sobre estas cuestiones que no son puramente académicas, sino mucho más importantes, ya que ayudan a conformar la base de la futura personalidad de las niñas y niños de hoy. Se trata, nada menos, de la formación de los pilares de la que será la persona adulta; de los cimientos de sus futuras capacidades, aptitudes, actitudes y habilidades; del germen de su potencialidad para procurar una vida mejor para sí mismas y su comunidad.

Rebecca Sánchez – Psicóloga y Coordinadora en EAM

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