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Cómo un juguete de la infancia me llevó a...

Un modelo de máster revolucionario

Érase una vez un juguete

Cuando tenía 6 años, mi abuelo Manuel, que siempre había sido un apasionado del motor, me regaló un coche teledirigido. Supongo que, para entonces, sería el juguete de lo más puntero, ya que recuerdo que era el único entre mis amigos que no dependía de un cable. Era la máquina más perfecta del mundo y, durante un tiempo, surqué las aceras y el pueblo con mi deportivo rojo, sabiéndome el niño más feliz del mundo. Y conmigo, mis amigos, con los que organizaba turnos para poder teledirigir esas 4 ruedas por los circuitos que erigíamos con chapas y mochilas.

Tanto juego le dimos en la plaza de mi pueblo que, al cabo de unos pocos meses, el coche teledirigido murió: ya no respondía al mando ni al cambio de pilas y mi corazón, que en esos 6 años de vida había tenido una existencia muy feliz, se partió en mil pedazos.

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“Has sido tú”

Mi abuelo Manuel, que volvía entonces de trabajar, me vio en la cocina con el coche bocarriba, entre las manos, y me preguntó: “¿Ya no juegas con el cacharro, Davicín?”. Yo miré hacia arriba, porque entonces mi abuelo Manuel era un gigante, y le conté lo que le había pasado al coche teledirigido, con un poco de ese miedo infantil de herir sus sentimientos como los míos estaban heridos.

“Eso seguro que es el contacto”, me dijo mientras cogía el cochecito de entre mis manos y se ponía las gafas que le colgaban del cuello. Yo me incliné sobre la mesa para poder ver más de cerca y me asusté cuando mi abuelo lo abrió y expuso todas las tripas electrónicas de aquel juguete.

Davicín, esto es un circuito muy sencillo”, me dijo mi abuelo Manuel, a lo que yo respondí algo así como que se equivocaba, que había muchos cables, y que, además, cómo iba a ser sencillo algo que saltaba esos bordillos y hacía esos derrapes. Mi abuelo se rió y se quitó las gafas para verme mejor. Con toda la paciencia del mundo, se echó hacia atrás en la silla de la cocina y me dijo:

“El que ha hecho todas esas cosas que dices no ha sido el coche, has sido tú”.

El futuro pasa por nosotros

Tardé unos años en entender lo que me quería decir mi abuelo Manuel, pero cuando lo hice, me sirvió muchísimo.

Además de mi coche teledirigido, también me gustaba mucho hacer cálculos. En cuanto supe cómo hacerlos, me pasaba la vida hablando en porcentajes: “al 50% de esta familia no le gustan las lentejas”, “3 de cada 4 amigos del pueblo son del Barcelona FC”… Por eso, cuando llegó el momento de elegir hacia dónde ir con una carrera universitaria, siempre lo tuve claro. Y así me gradué en estadística con distinción de honor.

Aunque la universidad me había encantado, sentía que todavía me quedaba mucho por aprender. Es más, que había muchos campos aún por explorar. Me había encantado estudiar estadística, pero también había sentido fascinación al descubrir todo lo que los datos podían hacer por nosotros, sobre todo, aplicándolos a la tecnología.

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Cuando empecé a trabajar en una consultora fue cuando comprendí las palabras de mi abuelo Manuel: la innovación, las herramientas tecnológicas, los avances más vanguardistas… no son nada sin las personas. Hay que humanizar la tecnología, puesto que el futuro, con todo lo que conlleva, pasa por nosotros, ya que para interpretar los datos, necesitamos de nuestra mente; para aplicar la inteligencia artificial, nos basamos en nuestros códigos humanos; y para comunicarnos y aprender, utilizamos nuestra lengua. La tecnología nos necesita tanto como nosotros a ella.

Así que decidí que ese iba a ser mi futuro y empecé a buscar cómo conseguirlo.

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La hoja de cálculo que empezó todo...

Cualquier persona, a la hora de buscar un máster, siempre desea escoger el mejor. No solo por la inversión que supone, sino también porque se trata de un año académico muy exigente, de una altísima especialización en un campo que marcará, con suerte, el resto de la vida profesional. 

En mi caso, además, era una apuesta personal por perfeccionar mi vocación.

Por eso, cuando llegó el momento, miré, llamé y me informé de todas las instituciones que ofrecían algo que me llamase la atención. ¡Hasta lo recogí todo en una hoja de cálculo! En ella, rellené todos los campos que me interesaban: el campo de investigación, el precio, las becas, las herramientas a usar o las habilidades a adquirir, por ejemplo. 

Introduje estos datos, los combiné, los filtré, los excluí… hasta que me di cuenta de lo que había disfrutado creando ese documento, interpretando los números, buceando entre las cifras… 

Y así tuve claro en qué quería profundizar. ¡Datos!

“Parece que lo han diseñado para ti”

Entonces me acordé de mi amigo Carlos. Carlos es el mayor de la pandilla y el que siempre se encarga de encontrar las mejores opciones cuando nos vamos todos de viaje, el mejor restaurante cuando vamos a comer y, no sé si estará relacionado, pero el mejor compañero de mus. Él fue quien me habló de EAE Business School por primera vez antes de que yo decidiera volver a estudiar. Esta escuela  había sido destacada como la segunda escuela española más innovadora, según el ranking de América Economía y contaba con múltiples iniciativas muy innovadoras en materia de emprendimiento, desarrollo sostenible y nuevas oportunidades. A él acudí cuando empecé a informarme sobre cómo mejorar mi empleabilidad.

Ni te lo pienses”, me dijo por teléfono. “Te acabo de enviar un email. Parece que lo han diseñado para ti”. 

En el email, Carlos me enviaba la información sobre el máster en Data Science for Finance de EAE Business School. Un ambiente internacional, con profesionales senior de instituciones líderes, que enseñaban a perfeccionar los procesos relacionados con la toma de decisiones, a traducir datos en forma de estrategia y a desarrollar una visión de negocio global. También, esta escuela contaba con una proyección nacional junto a varias escuelas internacionales como la Shangai University, la UC Berkeley y la London School of Economics.

Sin pensarlo dos veces, les contacté y la respuesta no me pudo gustar más. Además de contar con un plan de estudios puntero y una plantilla de formadores de referencia, también me ofrecieron la posibilidad de personalizar el máster, a la medida de mis intereses y de la trayectoria personal que yo tenía en mente.

Pero no solo eso: la experiencia de aprendizaje también era totalmente novedosa, con un modelo híbrido que sirve de equilibrio entre lo práctico y lo estimulante y enriquecedor del grupo presencial.  Gracias a su concepto de deslocalización, el aula pierde identidad y se transforma en otros conceptos como la calle, el museo, la empresa.. Y, por último,con la actualización continua, cobra valor la figura del mentor y los modelos modulares y apilables.

Preparados para el futuro

Antes de terminar el máster, pude sacar provecho de una de las más de 2.000 ofertas de empleo con las que cuenta EAE Business School y cambié de trabajo a una empresa internacional en la que me he podido estrenar como Data Scientist. Estoy muy agradecido de que hayan apostado por mí y disfruto cada día de mi trabajo como si fuera el primero.

Para el futuro, estoy dándole vueltas a una idea de negocio relacionada con el mundo del motor. Para ello, por supuesto, para esta fórmula de emprendimiento contaré con EAE Lab, la incubadora de proyectos de la escuela, y el mejor asesor posible: mi abuelo Manuel. Él pone los conocimientos de electrónica y mecánica y yo, los datos y la tecnología. Y a rodar.

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