El Ego de un gigante

«El crítico. Si supiera cantar me salvaría». Autor: Juan Mayorga. Director: Juan José Afonso. Escenografía y vestuario: Elisa Sanz. Reparto: Juanjo Puigcorbé, Pere Ponce. Teatro Marquina. Madrid.

Incomprensiblemente, la noche del estreno de «El crítico. Si supiera cantar, me salvaría», la reacción del público fue algo fría, o si prefieren, insuficientemente cálida para una función entre amigos. Acaso el respetable entendiera que estaba ante una obra compleja, inclasificable. ¿Es teatro comercial? ¿Es teatro de autor? El nuevo título de Juan Mayorga se ajusta a ambas etiquetas en esa justa medida que el mercado a veces es incapaz de asumir. De lo que no me cabe duda es de que estamos ante una cumbre creativa, un texto de una madurez y profundidad dolorosas, de perfecta construcción y repleto de líneas y diálogos enormes, que confirma al autor de «Cartas de amor a Stalin», «Himmelweg» y «La tortuga de Darwin» –son sólo algunos de los escalones en su progresión–, como un dramaturgo para la posteridad, por más que cada época no siempre reconozca a sus gigantes y proliferen las envidias.

«El crítico» es una operación a corazón abierto a la condición humana. Cierto, habla de teatro, del encuentro entre dos antagonistas: un dramaturgo de éxito y un crítico feroz que siempre ha castigado sus obras. La disección de Mayorga de las razones que llevan a uno y otro a desempeñar sus pasiones nos sitúa en una inteligente equidistancia: que nadie piense que ha ajustado cuentas. En ese sentido, su Volodia es un hombre polvoriento, solitario y temido, aunque también es humano y se guía por una ecuanimidad que clama empatía, como el inolvidable Anton Ego de «Ratatouille». Pero hay mucho más en este combate de boxeo a los puntos: un pulso de amor y poder, una teoría del ejercicio de la libertad y una reflexión sobre la escritura: Mayorga abraza a Scarpa: sus obras no han llegado a ser geniales porque se ha vendido al aplauso, pero comprendemos su desesperación, su necesidad de aprobación, en otro gesto de humildad y solidaridad gremial de un autor –Mayorga, que no Scarpa– que no necesita medirse a sus críticos.

Hay en escena una sobria y efectiva dirección de Juan José Afonso, ambientada en una habitación de necesario corte clásico, que lo juega todo al talento del actor; tan sólo se permite, hacia el final, un momento onírico, muy bello; y hay dos actores redondos, Juanjo Puigcorbé, como el crítico feroz pero atribulado, y Pere Ponce, enorme como la explosión de autoafirmación que es Scarpa. Pero, sin menospreciar sus trabajos, permítanme empezar y acabar por el autor: no todos los días se estrena un texto perfecto.