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  • El primer ministro sueco, Stefan Löfven, y la secretaria del Partido Socialdemócrata, Carin Jämtin, despositan una corona de rosas en la tumba de Olof Palme
    El primer ministro sueco, Stefan Löfven, y la secretaria del Partido Socialdemócrata, Carin Jämtin, despositan una corona de rosas en la tumba de Olof Palme

30 años sin Olof Palme

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Sobre el autor

Pedro G. Poyatos

Periodista especializado en información de la Unión Europea y politólogo en ciernes.

“Una herida que permanece abierta”. Así se refería ayer el primer ministro sueco, Stefan Löfven, al asesinato hace 30 años de Olof Palme depositar una corona de rosas rojas sobre su lápida del cementerio Adolf Fredrik. A escasa distancia de donde descansan hoy sus restos mortales, el líder socialdemócrata fue tiroteado la noche del 28 de febrero de 1986 cuando él y su esposa Lisbet regresaban a casa sin escolta después de salir del cine.

Tras tres décadas de pesquisas, el caso ocupa 250 metros de estanterías. La Policía ha interrogado a 10.000 personas y 133 se han declarado culpables, pero el caso permanece sin resolver. El Parlamento sueco tuvo que aprobar en 2010 una ley “ad hoc” para que no prescribiera el crimen con la esperanza de que el “grupo Palme” pueda arrojar algún día luz sobre este misterio. “Es mi esperanza y mi objetivo. Pero no estoy preparado para prometer nada”, reconocía esta semana el inspector Hans Melander, jefe del grupo investigador, compuesto por seis personas.

Lo cierto es que la investigación de la muerte del primer ministro comenzó como un cúmulo de errores y torpezas que arruinaron la reputación de las Fuerzas de Seguridad suecas. Las autoridades permitieron que cientos de personas contaminaran la escena del crimen, que no fue acordonada debidamente. Tampoco decretaron una alerta en las fronteras y aeropuertos del país para evitar la huida del asesino tras cometer el crimen. La sociedad sueca asistía conmocionada al primer magnicidio desde que que el rey Gustavo III fue asesinado en un baile de máscaras en 1792.

Durante estos treinta años, las teorías y conspiraciones no han dejado de crecer como setas. Las pistas kurda y surafricana y el complot de la extrema derecha o los servicios secretos suecos se convirtieron rápidamente en callejones sin salida. El único sospechoso juzgado por el asesinato, Chister Petterson, un toxicómano y delincuente de poco monta detenido tras ser identificado por Lisbet Palme, fue puesto en libertad por falta de pruebas. Antes de morir en 2004, reconoció haber confundido al Palme con un traficante de armas. Para muchos, el actual primer ministro incluido, Petterson fue el verdadero asesino.

Lo cierto es que el carismático Palme fue un líder que se ganó numerosos enemigos durante su exitosa carrera política. La derecha sueca no le perdonó nunca que hubiera abrazado la izquierda tras haber nacido en una acomodada familia burguesa. Mientras, en el exterior, sus críticas a la guerra de Vietnam, la ocupación de Afganistán, la segregación racial en Suráfrica o la carrera nuclear irritaban tanto a Estados Unidos como a la Unión Soviética.

El líder socialdemócrata sueco también se implicó muy activamente en la Transición española. En las postrimerías del franquismo, salió a las calles de Estocolmo hucha en mano para recaudar dinero para la oposición española contra un Franco al que tildaba de «asesino satánico». De esta época nació una estrecha amistad con Felipe González, al que acompañó en diciembre de 1976 en Madrid en el primer Congreso en suelo español del PSOE.

Luchador por la paz y los derechos humanos en todo el mundo, en política doméstica diseñó el actual Estado del Bienestar sueco. Bajo su Gobierno, se universalizaron las guarderías públicas, se proclamó el derecho al aborto o se promovió la integración laboral de las mujeres con los permisos de maternidad.

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