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El Hospital del Mar trata con estimulación cerebral a enfermos de anorexia con éxito

Una técnica pionera en Europa abre nuevas vías al 30% de pacientes desahuciados que no responde a ninguna terapia. Tras la intervención, Elisabet ha vuelto a comer después de 12 años

  • Los electrodos se instalan, con una cirugía, en dos zonas del cerebro que no controlan el hambre, sino el estado de ánimo, la ansiedad y el mecanismo de motivación y recompensa
    Los electrodos se instalan, con una cirugía, en dos zonas del cerebro que no controlan el hambre, sino el estado de ánimo, la ansiedad y el mecanismo de motivación y recompensa

Tiempo de lectura 4 min.

13 de julio de 2018. 11:15h

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Montse Espanyol. 

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Como muchas niñas a los 14 años, Elisabet Valladares hacía tonterías con la comida porque no se sentía a gusto con su cuerpo. Empezó haciendo dietas, luego se restringió algunos alimentos y a los 17 años un médico le diagnosticó anorexia nerviosa. Es la tercera enfermedad más prevalente entre adolescentes. Afecta a 1 de cada 100 jóvenes entre los 13 y los 18 años. Pero a caballo entre los años ochenta y noventa, la anorexia todavía no era una enfermedad popular. Claudia Schiffer y sus curvas eran las reinas de las pasarelas. Sin embargo, Elisabet se sentía culpable cada vez que comía.

Entre un 70 y un 80% de los enfermos de anorexia se recuperan a los cinco años con tratamientos varios. Pero Elisabet en vez de mejorar, dejó de comer. Su caso forma parte de ese 30% en los que la anorexia nerviosa se convierte en una enfermedad crónica y peligrosa. Como cuenta el doctor Víctor Pérez, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital del Mar, la anorexia nerviosa es la enfermedad con más mortalidad. Los enfermos presentan depresión, trastorno obsesivo-compulsivo y una alta tasa de suicidio. Cada diez años, muere un 5 % de estos pacientes.

Elisabet cuenta que estuvo doce años sin probar un bocado. Con 41 años, apenas pesaba 34 kilos. «Tomaba zumos, café, yogurt bebido y cacaolat, además de laxantes y diuréticos», recuerda. Tomaba, en pasado, porque tras pasar por quirófano para someterse a un tratamiento experimental de estimulación cerebral profunda, ha vuelto a comer. «Aún no me he zampado una paella, pero como pan, atún y pescado», dice. «¡No recordaba el sabor del atún!», exclamó ayer durante la presentación de esta técnica pionera en Europa que está probando el Hospital del Mar en colaboración con Sant Pau. Y lo que es mejor, «no me he vuelto a sentir culpable por comer».

Para empezar el tratamiento de estimulación cerebral, el paciente debe entrar en el quirófano. La operación consiste en colocar dos electrodos en una zona profunda del cerebro. En el zíngulo o en el núcleo accumbenes, según el paciente. Estos puntos del cerebro no estimulan el hambre, sino que controlan el estado de ánimo, la ansiedad y el mecanismo de motivación recompensa. En la misma intervención se inserta bajo el abdomen del paciente una pila que envía el estímulo a los electrodos. Aunque es una intervención aparatosa, la neurocirujana responsable del proyecto, Glòria Villalba, explica que «el riesgo es bajo y asumible en unos pacientes graves que no tienen otro tratamiento».

El éxito de la operación está en la precisión. Deben colocar los electrodos en un punto exacto, el margen de error es de medio milímetro, pero para ello, los neurocirujanos cuentan con el robot ROSA. La estimulación es permanente a través de un mando a distancia y se puede reprogramar o detener según lo considere el equipo médico. El paciente deberá volver a pasar por quirófano para cambiarse la pila, que dura unos dos años, pero el cerebro no se vuelve a abrir. Como la diabetes, la anorexia no se va, pero con este tratamiento, Elisabet ha mejorado. Al margen de ganar 3 kilos, «empiezo a ser feliz», dijo entre sollozos y agradecimientos al equipo médico.

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