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Artur Mas: La penúltima bala

Tiempo de lectura 4 min.

27 de septiembre de 2015. 04:31h

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Pilar Ferrer 27/9/2015

Nació un treinta y uno de enero, festividad de San Juan Bosco, nombre que le gustaba mucho a su madre, Montserrat Gavarró, para el hijo primogénito. Pero finalmente se impuso la tesis del padre, Artur Mas Barnet, que le inscribió en el Registro Civil como Arturo. Así le llamaban todos en el Liceo francés de Barcelona y en la Escuela Europea donde recibió una educación elitista en varios idiomas. En aquellos años, según algunos compañeros de la época, su lengua primordial era el castellano, aunque dominaba a la perfección catalán, francés, inglés y algo de alemán. Era un chico que deseaba ser un buen economista y se definía como liberal de talante moderado. Pero su trabajo con uno de los hombres fuertes de Jordi Pujol, el todopoderoso Lluis Prenafeta, y su entrada en la órbita política nacionalista, le hicieron cambiar su inscripción natal. Fascinado por la personalidad de Jordi Pujol, a quien conoció por su padre, pasó a ser Artur Mas i Gavarró y comenzó una nueva vida.

Era el mayor de cuatro hermanos, en una familia acomodada de la industria textil en Sabadell y metalúrgica en el Poblenou. Un día, tras licenciarse en Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona, su padre le presentó al fundador de Convergència Democrática, pues mantenía estrecha relación con Florenci Pujol, el abuelo de la saga. El tiempo ha demostrado la magnitud de aquella relación, al publicarse que el padre de Mas fue testaferro de muchos negocios del progenitor de Pujol, algo que Artur Mas siempre ha negado. «Aquí te traigo a mi hijo, tiene madera», le dijo Mas Barnet a Jordi Pujol. Y así empezó Artur a trabajar en empresas de Prenafeta y a captar inversiones para la Consejería de Comercio y Turismo de La Generalitat de Cataluña. Empezaba la gran rueda del tinglado económico convergente para quien todos llamaban «el niño de Prenafeta».

Ingresó en CDC en el año 82, fue concejal del Ayuntamiento de Barcelona y se granjeó la simpatía de la influyente Marta Ferrusola y sus hijos. Rápidamente fue nombrado Consejero de departamentos que manejaban dinero: Política Territorial y Obras Públicas, Economía y Primer Consejero de La Generalitat. Un ascenso meteórico, siempre a la sombra del clan pujolista. «Era el chico que les llevaba la maleta», dicen ahora con desprecio en el entorno de la familia, donde le acusan de tibieza ante los escándalos de corrupción que les afectan. Ni Marta Ferrusola, ni sus hijos, podrán nunca olvidar aquellos años. En especial el delfín político, Oriol Pujol, con quien Mas trabajó codo a codo y trabó una estrecha amistad personal. Su imputación le apartó de la carrera y Artur fue designado sucesor. Las presiones de la «dona» Ferrusola y sus hijos forzaron a Pujol a nombrarle «el hereu», tras haber caído en desgracia otros nombres como Miguel Roca, Josep María Cullel o Joaquin Molins, y sus dos lugartenientes salpicados por la corrupción, Maciá Alavedra y Lluis Prenafeta.

Su gran giro político y camino hacia el delirio se inicia cuando Pascual Maragall pronunció la frase maldita: «Ustedes tienen un problema y se llama el tres por ciento». Aquel día crujieron los cimientos de Convergència y afloró el gigantesco entramado de prebendas, comisiones ilícitas y turbios manejos del cortijo convergente. Veteranos dirigentes del partido coinciden en que, de todos los posibles sucesores de Pujol, Artur era «el más mediocre». Ahogado por la crisis económica tras una gestión desastrosa, salpicado por la corrupción que atenaza a CDC, Mas decidió «echarse al monte». Tensó al máximo su desafiante relación con Madrid, dio un giro radical hacia la independencia, fagocitó a su propio partido en manos de organizaciones callejeras, se entregó a Esquerra Republicana y la extrema izquierda, llevando a Cataluña a una división sin precedentes y una hoja de ruta disparatada. «Ha hecho un enorme daño, se lo ha cargado todo», lamentan antiguos colaboradores hoy muy críticos hacia la deriva secesionista.

La actitud y personalidad actuales de Mas enlazan con un análisis psicológico antes que político. Una conducta mesiánica, inmolado como el salvador del pueblo catalán, en vez de una racionalidad política. Es la opinión de todos cuantos le han conocido en otro tiempo y observan ahora sus movimientos. Incluso el propio Jordi Pujol lo ha confesado en privado: «No era esto, no era esto». En su círculo próximo recuerdan que el ex presidente jamás habría llegado tan lejos para acabar dinamitando el partido que fundó, escondido en una lista bajo el poder de un comunista, ERC, la ANC y Omnium. Un auténtico dislate cuyo objetivo fundamental ha sido distraer la atención sobre su pésima gestión como presidente y los numerosos escándalos en los que Convergència está implicada. «Pedir la secesión para encubrir la corrupción», aseguran estas fuentes.

Dicen que ahora ya no deja tiempo ni para la lectura, una de sus antiguas pasiones. Amante declarado de la literatura francesa, en especial de autores como Baudelaire, Verlaine o Victor Hugo, sólo tiene una obsesión, la independencia, bajo un discurso agitado, fuera de tono, como cuando habla de «indios» desde Madrid. Alguna noche sale a un cine de Las Ramblas con su mujer, Helena Rakosnik, y habla de música con sus tres hijos, Albert, Patricia y Artur, este último afincado en Estados Unidos. A primera hora de la mañana acude a un gimnasio para nadar, le gusta estar delgado y cuida mucho su dieta, aunque quienes le tratan le ven inquieto, muy cambiado. Hasta físicamente su figura se asemeja a la de un nuevo Moisés con los brazos abiertos, escoltado por esteladas y gritos separatistas para salvar al pueblo catalán. Como el actor Charlton Heston en la mítica película «Los Diez Mandamientos», en actitud extasiada para abrir el Mar Rojo. Artur Mas ha roto en pedazos las tablas de la ley, de toda norma constitucional, pero a diferencia de Moisés, no le queda ninguna tierra prometida.

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